Lord Byron - Manfred



                             UNA VOZ
Cuando la luna yazca en la ola,
    y la luciérnaga en el pasto,
y el meteoro en la tumba,
    y el fuego fatuo en el pantano;
cuando las estrellas fugaces estén cayendo,
y los búhos ululando se estén respondiendo,
y las silenciosas hojas estén tranquilas
en la densa sombra de la colina,
mi alma sobre la tuya estará
con un poder y una señal.

Aunque tu sueño pueda ser profundo
tu espíritu nunca dormirá:
hay sombras que no se desvanecerán,
hay pensamientos que no podrás desterrar;
por un poder que te es desconocido,
nunca más podrás hallar la soledad;
estás envuelto como con una mortaja,
estás atrapado en una nube,
y por siempre morarás así oprimido
en el espíritu de este negro hechizo.

Aun cuando no me veas tú pasar,
con tus ojos igual me sentirás,
como algo que, aunque invisible,
a tu lado ha estado, y aún deberá estar;
y cuando, en ese secreto temor,
hayas girado tu cabeza alrededor,
te maravillarás al ver que no soy
como tu sombra en aquel lugar;
y el poder que entonces sentirás
será aquello que siempre ocultarás.

Y un mágico verso y una voz
te han bautizado con una maldición;
y un espíritu del aire
con un lazo te rodeó;
en el viento un susurro habrá
que te prohibirá el regocijo hallar;
y por siempre la Noche te negará
de la quietud de su cielo poder gozar;
mientras que todo día un sol tendrá
que te hará desear verlo terminar.

De tus falsas lágrimas destilé
un veneno que para matar tiene poder;
exprimí luego, de tu impío corazón,
la más negra sangre de su más negro manantial;
de tu sonrisa arrebaté la serpiente
que se retorcía allí como en un matorral;
de tus labios saqué el encanto
que les dio a todos éstos su principal daño;
y, al probar cada veneno conocido,
encontré que el más fuerte era el de ti extraído.

Por tu helado pecho y tu sonrisa de cobra,
por los insondables abismos de tu astucia,
por tu mirada tan aparentemente virtuosa,
por la hipocresía de tu alma oculta;
por la perfección de tus negras artes,
que hacen que por humano tu corazón pase;
por el placer que en el dolor de los otros obtienes,
y por la hermandad que con Caín tú tienes,
¡te llamo, te llamo ahora, y te compelo
a que tú mismo seas tu propio Infierno!

Y sobre tu cabeza vierto el frasco
que te consagra a este funesto sino;
ni morir ni hallar jamás descanso
estará ya en tu destino;
aun cuando a tus deseos muy cercana parezca
la muerte, miedo, sólo miedo será ésta.
¡Ved!, a tu alrededor el hechizo ya se mueve,
la silenciosa cadena te ha atado;
sobre tu corazón y sobre tu mente
la sentencia ha pasado, ¡ahora marchítate, gusano!

                                     [...]


                              MANFRED
A partir de mi juventud
mi espíritu no caminó con las almas de los hombres,
ni pude ya mirar a la tierra con ojos humanos;
la sed de su ambición no era mía;
la finalidad de su existencia no era mía;
mis alegrías, mis aflicciones, mis pasiones y mis poderes
me hicieron un extraño; aunque llevaba su forma,
no simpatizaba con la carne viviente,
ni entre las criaturas de arcilla que me rodeaban
había sino una... pero de ella luego. Decía
que con los hombres, y con los pensamientos de los hombres,
yo no tenía sino un leve contacto; pero, en cambio,
toda mi dicha se hallaba en lo desolado, en respirar
el difícil aire de las heladas cimas de las montañas,
donde las aves no se atreven a anidar, ni alas de insecto
se agitan sobre la piedra carente de hierba;
o en sumergirme en el torrente, y nadar en el veloz
remolino de la ola que acababa de romper,
ya de río o de océano, en su fluir.
En esto encontraban gozo mis tempranas fuerzas,
o en seguir a través de la noche la marcha de la luna,
las estrellas y su revolución, o en atrapar con la mirada
a los deslumbrantes relámpagos hasta que mi vista se oscurecía,
o en observar, escuchando, a las hojas caídas
mientras los vientos del otoño entonaban sus nocturnos cánticos.
Estos eran mis pasatiempos, y estar solo;
pues si los seres de los que yo era uno,
odiando serlo, se cruzaban en mi camino,
yo me sentía nuevamente degradado a ellos,
y era arcilla una vez más. Y entonces me zambullía,
en mis solitarios vagabundeos, en las cavernas de la muerte,
buscando su causa en su efecto, y sacaba
de los blancos huesos, los cráneos, y el polvo amontonado,
conclusiones de lo más prohibidas. Luego pasé las noches
de muchos años en las ciencias, ciencias sólo enseñadas
en las edades antiguas; y con tiempo y fatiga,
y pruebas terribles, y una penitencia tal
como la que en sí misma tiene poder sobre el aire
y los espíritus que dominan aire y tierra,
el espacio, y el poblado infinito, volví
a mis ojos familiares con la Eternidad,
así como, antes que yo, lo hicieron los brujos,
y aquel que de las fuentes que tenían por morada evocó
a Eros y a Anteros, en la remota Gadara,
como yo hice contigo; y con mi saber creció
mi sed de saber, y el poder y el gozo
de esta brillante inteligencia...

                                     [...]


Traducción de E. Ehrendost.


Disponible en Editorial Alastor:




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