EL POETA
En los tiempos en que era yo un escolar,
permanecía una noche en vela
en la solitaria sala de mi casa.
Ante la mesa vino a sentarse
un pobre niño vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Su semblante era triste y bello;
a la luz del candelabro
mi libro abierto se acercó a leer.
Inclinó su frente sobre mi mano
y, pensativo, con una dulce sonrisa,
se quedó allí hasta el amanecer.
Cuando estaba yo por cumplir quince años,
caminaba un día, a lentos pasos,
por un bosque, entre brezales.
Al pie de un árbol vino a sentarse
un joven vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Le pregunté por mi camino;
sostenía él un laúd en una mano
y en la otra un ramo de eglantina.
Dirigiome un saludo de amigo
y, volviéndose un poco,
me señaló una lejana colina.
A la edad en la que uno cree en el amor,
hallábame un día solo en mi cámara
llorando mi primer miseria.
Al lado de mi fuego vino a sentarse
un extraño vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Veíase triste e inquieto;
apuntaba con una mano a los cielos
y con la otra sostenía una espada.
Por mi dolor parecía sufrir,
mas tan sólo un leve suspiro lanzó,
tras lo cual, como un sueño, se desvaneció.
A la edad en la que uno es libertino,
para beber un brindis en un festín
un día elevé mi copa.
Frente a mí vino a sentarse
un convidado vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Llevaba debajo de su capa
unos harapos de púrpura hechos jirones,
y sobre su cabeza un mirto estéril.
Su delgado brazo buscó el mío,
y mi copa, al chocar con la suya,
se rompió en mi mano débil.
Un año después, en medio de la noche,
me hallaba arrodillado junto al lecho
en el que acababa de morir mi padre.
Junto a la cabecera vino a sentarse
un huérfano vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas;
como los ángeles del dolor,
llevaba puesta una corona de espinas;
su laúd yacía en el suelo,
su púrpura era del color de la sangre,
y una espada contra su pecho sostenía.
Muy bien recuerdo yo que siempre
he reconocido a ese extraño
en todos los instantes de mi vida.
Es una extraña visión,
y sin embargo, ángel o demonio,
he visto en todos lados a esa sombra amiga.
Cuando más tarde, cansado de sufrir,
para renacer o para al fin morir,
quise exiliarme de Francia;
cuando, impaciente por marcharme,
quise partir para buscar
los vestigios de una esperanza;
en Pisa, al pie de los Apeninos;
en Colonia, frente al Rhin;
en Niza, en las cuestas de los valles;
en Florencia, en el interior de los palacios;
en Brigues, en los viejos chalets;
en el seno de los Alpes desolados;
en Génova, bajo los limoneros;
en Vevey, bajo los verdes manzanos;
en el Havre, ante el Atlántico;
en Venecia, en el inmenso Lido,
allí donde, sobre la hierba de una tumba,
encuentra su muerte el pálido Adriático;
por donde quiera que, bajo esos vastos cielos,
haya fatigado yo mi corazón y mis ojos,
sangrando siempre por una herida eterna;
por donde quiera que el rengo Tedio,
arrastrando mi fatiga delante de sí,
me haya paseado entre rejas;
por donde quiera que, alterado sin cesar
por la sed de un mundo ignorado,
haya yo seguido la sombra de mis sueños;
por donde quiera que, sin haber vivido,
haya vuelto a ver aquello que ya había visto,
el rostro humano y sus tristes embustes;
por donde quiera que, a lo largo de los caminos,
haya yo apoyado mi frente sobre mis manos
y como una débil mujer sollozado;
por donde quiera que haya yo, como un cordero
que deja a los zarzales su lana,
sentido que mi espíritu se veía despojado;
por donde quiera que haya yo querido dormir,
por donde quiera que haya yo querido morir,
por donde quiera que haya yo tocado la tierra,
en mi camino ha venido a sentarse
un miserable vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
¿Quién eres tú, tú que en toda esta vida
siempre has aparecido en mi camino?
No puedo creer, al ver tu melancolía,
que eres mi malvado Destino.
Tu dulce sonrisa encierra una gran paciencia;
tus lágrimas, un exceso de piedad.
No puedo sino amar a la Providencia cada vez que te veo;
tu dolor mismo es hermano de mi sufrimiento:
recuerda mucho a la amistad.
¿Quién eres tú? No eres mi ángel guardián,
pues jamás me vienes a advertir.
Tú observas mis males (¡es algo tan extraño!)
y sólo me contemplas sufrir.
Desde hace veinte años marchas por mi camino
y aún no sé cómo llamarte.
¿Quién eres tú, si es Dios quien te envía?
Tú me sonríes sin compartir mi alegría,
tú me lloras sin jamás consolarme.
Incluso esta misma noche te he visto aparecer.
Era una más que triste velada;
las alas del viento golpeaban mi ventana,
y yo estaba solo, inclinado sobre mi cama.
Contemplaba un lugar amado en ella,
tibio aún por un beso ardiente,
y pensaba en cómo la mujer olvida
sintiendo que era de mí arrancado lentamente
otro jirón más de mi vida.
Estaba reuniendo algunas cartas de la víspera,
algunos cabellos, algunos vestigios de amor,
y todo ese pasado me gritaba
sus eternos juramentos de un solo día.
Contemplaba esas sagradas reliquias
que hacían a mis manos temblar,
esas lágrimas del corazón por el corazón devoradas
que los ojos que las han derramado
mañana ya no las reconocerán.
Mientras envolvía en un trozo de paño buriel
esas ruinas de días más felices,
me decía que, lo que en este bajo mundo dura,
mucho más que un mechón de cabellos no es.
Como alguien que se hunde en un mar profundo,
entre tanto olvido yo así me perdía.
Por todos lados hacía girar la sonda,
y lloraba solo, lejos de los ojos del mundo,
por mi desdichado amor ya sin vida.
Iba a poner un sello de cera negra
sobre ese frágil y caro tesoro;
iba a devolverlo y, sin poder aún creerlo,
seguía todavía dudando entre sollozos.
¡Ah, débil mujer, orgullosa e insensata:
aun a tu pesar no podrás olvidar!
¿Por qué, oh Dios, faltar así a la verdad?
¿Por qué esas lágrimas, esa garganta oprimida,
esos lamentos, si ya no amabas más?
Sí, tú languideces, tú sufres y lloras,
mas tu mentira entre nosotros está.
Pues bien, ¡adiós! Contarás todas las horas
que de ti me separarán.
¡Vete, vete, y en tu corazón de hielo
llévate tu orgullo satisfecho!
Yo aún joven y vivaz el mío siento,
y muchos males aún podrán encontrar lugar
sobre el mal que tú me has hecho.
¡Vete, vete! La inmortal Naturaleza
no te lo ha querido todo dar.
¡Ah, pobre niña, que quieres ser bella
y no sabes perdonar!
Vamos, vamos, sigue tu destino;
el que pierdes no todo lo ha perdido.
Arroja al viento nuestro amor consumado.
¡Y tú, eterno Dios!, tú a quien tanto he amado:
si tú te vas, ¿para qué me has querido?
Mas súbitamente he visto en la negra noche
a una forma silenciosa deslizarse.
Por mi cortina he visto pasar una sombra;
ella vino a sobre mi lecho sentarse.
¿Quién eres tú, melancólica y pálida figura,
sombrío retrato mío vestido de negro?
¿Qué quieres de mí, triste ave de paso?
¿Eres un fútil sueño? ¿Eres mi propia imagen
que percibo en un espejo?
¿Quién eres tú, espectro de mi juventud,
peregrino al que nada ha cansado?
Dime por qué te he encontrado sin cesar
sentado en las sombras por donde he pasado.
¿Quién eres tú, visitante solitario,
asiduo espectador de mis dolores?
¿Qué has hecho para seguirme por la tierra?
¿Quién eres tú, quién eres tú, hermano mío,
que sólo apareces en mis días de aflicciones?
LA VISIÓN
Amigo, nuestro padre es el mismo.
Yo no soy ni el ángel guardián
ni el malvado destino de los hombres.
De aquellos otros que amo, nunca puedo saber
hacia dónde dirigen sus pasos
sobre este poco de fango en el que estamos.
Yo no soy ni dios ni demonio,
y tú me has apelado por mi nombre
cuando me has llamado tu hermano;
a donde quiera que vayas yo siempre estaré,
hasta el último de tus días,
cuando a sentarme sobre tu lápida iré.
El cielo me ha confiado tu corazón.
Cuando te halles sumido en el dolor,
hacia mí sin inquietud acércate;
por todos los caminos yo te seguiré,
aunque no podré nunca tu mano tocar.
Amigo, yo no soy sino la Soledad.
En los tiempos en que era yo un escolar,
permanecía una noche en vela
en la solitaria sala de mi casa.
Ante la mesa vino a sentarse
un pobre niño vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Su semblante era triste y bello;
a la luz del candelabro
mi libro abierto se acercó a leer.
Inclinó su frente sobre mi mano
y, pensativo, con una dulce sonrisa,
se quedó allí hasta el amanecer.
Cuando estaba yo por cumplir quince años,
caminaba un día, a lentos pasos,
por un bosque, entre brezales.
Al pie de un árbol vino a sentarse
un joven vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Le pregunté por mi camino;
sostenía él un laúd en una mano
y en la otra un ramo de eglantina.
Dirigiome un saludo de amigo
y, volviéndose un poco,
me señaló una lejana colina.
A la edad en la que uno cree en el amor,
hallábame un día solo en mi cámara
llorando mi primer miseria.
Al lado de mi fuego vino a sentarse
un extraño vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Veíase triste e inquieto;
apuntaba con una mano a los cielos
y con la otra sostenía una espada.
Por mi dolor parecía sufrir,
mas tan sólo un leve suspiro lanzó,
tras lo cual, como un sueño, se desvaneció.
A la edad en la que uno es libertino,
para beber un brindis en un festín
un día elevé mi copa.
Frente a mí vino a sentarse
un convidado vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Llevaba debajo de su capa
unos harapos de púrpura hechos jirones,
y sobre su cabeza un mirto estéril.
Su delgado brazo buscó el mío,
y mi copa, al chocar con la suya,
se rompió en mi mano débil.
Un año después, en medio de la noche,
me hallaba arrodillado junto al lecho
en el que acababa de morir mi padre.
Junto a la cabecera vino a sentarse
un huérfano vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas;
como los ángeles del dolor,
llevaba puesta una corona de espinas;
su laúd yacía en el suelo,
su púrpura era del color de la sangre,
y una espada contra su pecho sostenía.
Muy bien recuerdo yo que siempre
he reconocido a ese extraño
en todos los instantes de mi vida.
Es una extraña visión,
y sin embargo, ángel o demonio,
he visto en todos lados a esa sombra amiga.
Cuando más tarde, cansado de sufrir,
para renacer o para al fin morir,
quise exiliarme de Francia;
cuando, impaciente por marcharme,
quise partir para buscar
los vestigios de una esperanza;
en Pisa, al pie de los Apeninos;
en Colonia, frente al Rhin;
en Niza, en las cuestas de los valles;
en Florencia, en el interior de los palacios;
en Brigues, en los viejos chalets;
en el seno de los Alpes desolados;
en Génova, bajo los limoneros;
en Vevey, bajo los verdes manzanos;
en el Havre, ante el Atlántico;
en Venecia, en el inmenso Lido,
allí donde, sobre la hierba de una tumba,
encuentra su muerte el pálido Adriático;
por donde quiera que, bajo esos vastos cielos,
haya fatigado yo mi corazón y mis ojos,
sangrando siempre por una herida eterna;
por donde quiera que el rengo Tedio,
arrastrando mi fatiga delante de sí,
me haya paseado entre rejas;
por donde quiera que, alterado sin cesar
por la sed de un mundo ignorado,
haya yo seguido la sombra de mis sueños;
por donde quiera que, sin haber vivido,
haya vuelto a ver aquello que ya había visto,
el rostro humano y sus tristes embustes;
por donde quiera que, a lo largo de los caminos,
haya yo apoyado mi frente sobre mis manos
y como una débil mujer sollozado;
por donde quiera que haya yo, como un cordero
que deja a los zarzales su lana,
sentido que mi espíritu se veía despojado;
por donde quiera que haya yo querido dormir,
por donde quiera que haya yo querido morir,
por donde quiera que haya yo tocado la tierra,
en mi camino ha venido a sentarse
un miserable vestido de negro
que se me parecía como un hermano.
¿Quién eres tú, tú que en toda esta vida
siempre has aparecido en mi camino?
No puedo creer, al ver tu melancolía,
que eres mi malvado Destino.
Tu dulce sonrisa encierra una gran paciencia;
tus lágrimas, un exceso de piedad.
No puedo sino amar a la Providencia cada vez que te veo;
tu dolor mismo es hermano de mi sufrimiento:
recuerda mucho a la amistad.
¿Quién eres tú? No eres mi ángel guardián,
pues jamás me vienes a advertir.
Tú observas mis males (¡es algo tan extraño!)
y sólo me contemplas sufrir.
Desde hace veinte años marchas por mi camino
y aún no sé cómo llamarte.
¿Quién eres tú, si es Dios quien te envía?
Tú me sonríes sin compartir mi alegría,
tú me lloras sin jamás consolarme.
Incluso esta misma noche te he visto aparecer.
Era una más que triste velada;
las alas del viento golpeaban mi ventana,
y yo estaba solo, inclinado sobre mi cama.
Contemplaba un lugar amado en ella,
tibio aún por un beso ardiente,
y pensaba en cómo la mujer olvida
sintiendo que era de mí arrancado lentamente
otro jirón más de mi vida.
Estaba reuniendo algunas cartas de la víspera,
algunos cabellos, algunos vestigios de amor,
y todo ese pasado me gritaba
sus eternos juramentos de un solo día.
Contemplaba esas sagradas reliquias
que hacían a mis manos temblar,
esas lágrimas del corazón por el corazón devoradas
que los ojos que las han derramado
mañana ya no las reconocerán.
Mientras envolvía en un trozo de paño buriel
esas ruinas de días más felices,
me decía que, lo que en este bajo mundo dura,
mucho más que un mechón de cabellos no es.
Como alguien que se hunde en un mar profundo,
entre tanto olvido yo así me perdía.
Por todos lados hacía girar la sonda,
y lloraba solo, lejos de los ojos del mundo,
por mi desdichado amor ya sin vida.
Iba a poner un sello de cera negra
sobre ese frágil y caro tesoro;
iba a devolverlo y, sin poder aún creerlo,
seguía todavía dudando entre sollozos.
¡Ah, débil mujer, orgullosa e insensata:
aun a tu pesar no podrás olvidar!
¿Por qué, oh Dios, faltar así a la verdad?
¿Por qué esas lágrimas, esa garganta oprimida,
esos lamentos, si ya no amabas más?
Sí, tú languideces, tú sufres y lloras,
mas tu mentira entre nosotros está.
Pues bien, ¡adiós! Contarás todas las horas
que de ti me separarán.
¡Vete, vete, y en tu corazón de hielo
llévate tu orgullo satisfecho!
Yo aún joven y vivaz el mío siento,
y muchos males aún podrán encontrar lugar
sobre el mal que tú me has hecho.
¡Vete, vete! La inmortal Naturaleza
no te lo ha querido todo dar.
¡Ah, pobre niña, que quieres ser bella
y no sabes perdonar!
Vamos, vamos, sigue tu destino;
el que pierdes no todo lo ha perdido.
Arroja al viento nuestro amor consumado.
¡Y tú, eterno Dios!, tú a quien tanto he amado:
si tú te vas, ¿para qué me has querido?
Mas súbitamente he visto en la negra noche
a una forma silenciosa deslizarse.
Por mi cortina he visto pasar una sombra;
ella vino a sobre mi lecho sentarse.
¿Quién eres tú, melancólica y pálida figura,
sombrío retrato mío vestido de negro?
¿Qué quieres de mí, triste ave de paso?
¿Eres un fútil sueño? ¿Eres mi propia imagen
que percibo en un espejo?
¿Quién eres tú, espectro de mi juventud,
peregrino al que nada ha cansado?
Dime por qué te he encontrado sin cesar
sentado en las sombras por donde he pasado.
¿Quién eres tú, visitante solitario,
asiduo espectador de mis dolores?
¿Qué has hecho para seguirme por la tierra?
¿Quién eres tú, quién eres tú, hermano mío,
que sólo apareces en mis días de aflicciones?
LA VISIÓN
Amigo, nuestro padre es el mismo.
Yo no soy ni el ángel guardián
ni el malvado destino de los hombres.
De aquellos otros que amo, nunca puedo saber
hacia dónde dirigen sus pasos
sobre este poco de fango en el que estamos.
Yo no soy ni dios ni demonio,
y tú me has apelado por mi nombre
cuando me has llamado tu hermano;
a donde quiera que vayas yo siempre estaré,
hasta el último de tus días,
cuando a sentarme sobre tu lápida iré.
El cielo me ha confiado tu corazón.
Cuando te halles sumido en el dolor,
hacia mí sin inquietud acércate;
por todos los caminos yo te seguiré,
aunque no podré nunca tu mano tocar.
Amigo, yo no soy sino la Soledad.
Traducción de E. Ehrendost.