Lord Byron - Caín



                                    LUCIFER
Somos almas que se atreven a usar su inmortalidad;
almas que se atreven a mirar al tirano omnipotente
directo a su rostro eterno, y a decirle
que su mal no es un bien. Si él hizo todo,
como dice (cosa que no sé, ni creo tampoco),
si nos hizo incluso a nosotros, no nos puede deshacer:
somos inmortales. Más aún, él nos quiso así
para poder torturarnos; ¡que lo haga! Es grande,
mas, en su grandeza, no es más feliz que nosotros
en nuestros conflictos. La bondad no habría creado
el mal; y, sin embargo, ¿qué otra cosa ha creado?
Que se siente en su vasto y solitario trono,
creando mundos a fin de hacer la eternidad
menos agobiante para su existencia inmensa
y la soledad que con nadie puede compartir.
Que amontone mundo sobre mundo: está solo,
tirano totalmente indisoluble e indefinido.
Si tan sólo pudiera aniquilarse a sí mismo,
sería éste el mejor don que jamás hubiese concedido;
pero que siga reinando, y multiplicándose en la miseria.
Los espíritus y los hombres, al menos, nos compadecemos
y, sufriendo en conjunto, hacemos a nuestros dolores,
innumerables, algo más tolerables para todos
por medio de una ilimitada compasión universal.
¡Pero él!, tan miserable en su altura,
y tan inquieto en su miseria, debe aún crear,
y volver a crear... Quizás algún día
se otorgue a sí mismo un Hijo, así como
te dio a ti un padre; y, si así lo hace,
quede dicho, su Hijo no será sino un Sacrificio.

                                        CAÍN
Me hablas de cosas que hace ya tiempo vagan
como visiones a través de mis pensamientos;
nunca pude conciliar aquello que oía con lo que veía.
Mi padre y mi madre sólo me hablan de serpientes,
de frutos y de árboles; yo veo las puertas
de lo que ellos llaman su Paraíso custodiadas
por querubines que, armados con flamígeras espadas,
les prohíben la entrada, como a mí; siento
el peso de diarias labores, y de pensamiento constante;
miro alrededor a un mundo en el cual no parezco nada,
con ideas que surgen en mi interior como con poder
para dominar todas las cosas; pero mis reflexiones
me dicen que esta miseria es sólo mía. Mi padre
está resignado; mi madre ha olvidado la mente
que la llevó a ansiar el conocimiento incluso
ante el riesgo de una maldición eterna; mi hermano
es un pastorcito diligente que ofrece en sacrificio
las primicias de su rebaño a aquel que ordena
a la tierra no cedernos nada sin sudor;
mi hermana Zillah canta un himno que precede
aun al saludo matinal de las aves; y mi Adah,
mi mujer y amada, tampoco es capaz de comprender
la elevada mente que me abruma; nunca hasta hoy
había conocido ser alguno que simpatizase conmigo.
Muy bien, será mejor que empiece a tratar con espíritus.

                                          [...]


                                    LUCIFER
Y ésa debería ser toda la suma humana
de conocimiento: saber que la naturaleza mortal
no es nada. Lega esa ciencia a tus hijos
y les ahorrarás muchas torturas.

                                        CAÍN
                                                             ¡Altivo espíritu!,
dices eso orgullosamente; pero tú, aunque orgulloso,
tienes un superior.

                                    LUCIFER
                                     ¡No! ¡Por el Cielo, que él
retiene, y el abismo y la inmensidad de mundos
y de vida, que yo retengo con él, no!
Tengo un vencedor, es cierto, pero no un superior.
Homenaje él tiene de todos, pero ninguno de mí;
combato contra él por éste, tal como combatí
en el altísimo Cielo. A través de toda la eternidad,
y de los insondables abismos del Hades,
y de los interminables reinos del espacio,
y de la infinitud de edades sin término,
¡todo, todo lo disputaré yo! Y mundo por mundo,
y estrella por estrella, y universo por universo,
todo temblará en la balanza, hasta que el gran
conflicto cese, si es que alguna vez cesará,
lo cual nunca hará, no sino hasta que él o yo
sucumbamos. ¿Y qué puede hacer sucumbir nuestra
inmortalidad, nuestro mutuo e irrevocable odio?
Él, como conquistador, llamará a lo conquistado
el mal; pero ¿qué será el bien que él dará?
Si el vencedor fuese yo, sus obras serían juzgadas
las únicas malvadas. Y a vosotros, a vosotros,
nuevos y apenas nacidos mortales, ¿cuáles han sido
los dones que os ha dado en vuestro pequeño mundo?

                                        CAÍN
No han sido sino pocos, y algunos de éstos sólo amargos.

                                    LUCIFER
Regresa conmigo, entonces, a tu Tierra, y pon a prueba
el resto de los celestiales dones otorgados a ti y a los tuyos.
El bien y el mal son cosas en su propia esencia,
y no hechas buenas o malas por aquel que las da;
mas si él os da el bien, llamadlo así,
y si de él brota el mal, no lo llaméis mío
hasta que no conozcáis mejor su verdadera fuente;
y no juzguéis por palabras, aunque de espíritus,
sino por los frutos de vuestra existencia, como debe ser.
Un buen don la manzana fatal os ha conferido:
vuestra razón; no dejéis que ésta sea oprimida
por tiránicas amenazas para forzaros a una fe
en contra de todo sentido externo y sentimiento interno;
pensad y resistid, y forjad un mundo interior
en vuestro propio pecho allí donde el exterior falle;
así estaréis más cerca de la naturaleza espiritual
y combatiréis triunfantes con la vuestra.

                                     [...]


Traducción de E. Ehrendost.


Disponible en Editorial Alastor:




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