John Keats - Lamia



Hace mucho tiempo, antes de que la estirpe de las hadas
expulsara a ninfas y a sátiros de los prósperos bosques,
antes de que la brillante diadema del rey Oberón,
su cetro y su manto con gemas de rocío abrochado
alejaran con horror a las dríades y a los faunos
de los verdes juncos, los matorrales y los campos,
el siempre enamoradizo Hermes vacío dejó
su trono dorado, ardiendo en amoroso rapto;
del alto Olimpo se escabulló con presteza,
de este lado de las nubes del poderoso Júpiter,
para escapar a la vista de su gran convocador y retirarse
a un profundo bosque situado en las costas de Creta.
Pues en algún lugar de esa sagrada isla moraba una ninfa
ante la cual todos los ungulados sátiros se inclinaban,
y a cuyos blancos pies los lánguidos tritones vertían perlas
mientras en la tierra se marchitaban reverenciándola.
Velozmente por las fuentes donde ella acostumbraba bañarse,
y por aquellos prados donde en ocasiones solía vagar,
se esparcieron regalos desconocidos para cualquier Musa
aun cuando el baúl de la Fantasía abierto para elegir estuviese.
¡Ah, qué mundo de amor había a sus pies!
Así pensó Hermes, y un fuego celestial subió
ardiente desde sus alados talones hasta cada oído,
que, de una blancura tal como la de las claras azucenas,
se ruborizaron como rosas en medio de su dorada cabellera,
la cual en profusos rizos sobre sus desnudos hombros caía.
De valle en valle, de bosque en bosque voló él,
susurrando sobre las flores su nueva pasión
y recorriendo varios ríos hasta sus fuentes para descubrir
dónde esta dulce ninfa su secreto lecho poseía.
Pero en vano: la hermosa ninfa en ningún sitio podía ser hallada,
de modo que el dios descansó en un sitio desolado,
pensativo y dolorosamente celoso de las deidades
del bosque e incluso de los mismos árboles.
Y mientras allí se demoraba oyó una lastimera voz,
tal como la que una vez oída destruye, en un corazón tierno,
toda pena salvo la piedad; y así decía esta voz solitaria:
«¿Cuándo despertaré de esta tumba por guirnaldas rodeada?
¿Cuándo me moveré en un suave cuerpo apto para la vida,
el amor, el placer y la rubicunda contienda
de corazón y de labios? ¡Ah, miserable de mí!».
El dios de alados pies se deslizó silenciosamente
alrededor de árbol y arbusto, rozando a duras penas,
en su velocidad, la hierba florecida y los altos pastos,
hasta que encontró una brillante y palpitante serpiente
que, enroscada, reposaba en un umbroso matorral.

Era una anudada forma de deslumbrante colorido,
con puntos bermellones, azules, verdes y dorados,
rayada como una cebra, moteada como un leopardo,
cubierta de ojos de pavo real y de líneas carmesí,
y cargada de lunas plateadas que, cuando respiraba,
se disolvían, o resplandecían más, o entremezclaban
sus brillos con las tapicerías más oscuras de su piel.
Así, con esos flancos de arco iris, y tocada con su miseria,
parecía a un tiempo una dama élfica castigada,
la amante de un demonio, o el demonio mismo.
Sobre su soberbia cresta llevaba un pálido fuego
salpicado de estrellas, semejante a la corona de Ariadna;
su cabeza era de serpiente, pero, ¡ah, amarga dulzura!,
tenía la boca de una mujer, con todas sus perlas completas;
y en cuanto a sus ojos, ¿qué podían hacer allí tales ojos
sino llorar y llorar por haber nacido tan hermosos,
así como Proserpina aún llora por su aire siciliano?
Su garganta era de serpiente también, pero las palabras
que pronunció surgieron, como a través de burbujeante miel,
dictadas por el Amor mismo, diciendo, mientras Hermes
se sostenía en sus alas como un halcón expectante
antes de abatirse sobre su presa, de este modo:
«Bello Hermes, que aleteas coronado de plumas,
anoche soñé contigo entre espléndidas visiones:
te vi sentado en un trono de refulgente oro
en el antiguo Olimpo, entre los demás dioses,
el único apenado; pues no oías tú a las Musas
que tañían el laúd mientras entonaban sus diáfanos coros,
ni tampoco a Apolo cuando su voz cantaba en soledad,
sordo a sus largos, largos lamentos melodiosos.
Soñé luego que te veía, ataviado con purpúreos mantos,
atravesar las nubes enamorado, tal como lo hace la mañana,
y que velozmente, como un brillante dardo de Febo,
te lanzabas hacia esta isla de Creta... ¡y aquí estás!
Dime, gentil Hermes, ¿has encontrado a la doncella?».
A lo que la estrella del Leteo no demoró
su viva elocuencia y así inquirió presuroso:
«¡Oh, serpiente de suaves labios por los dioses inspirada,
belleza en espiral, criatura de melancólicos ojos!,
te daré cualquier gracia que tus deseos puedan concebir
si me dices tan sólo a dónde ha huido mi ninfa:
¿dónde respira ella?». «Brillante planeta, has hablado
–respondió la serpiente–, pero debes sellarlo con juramento,
oh bello dios.» «¡Lo juro –dijo Hermes– por las serpientes
de mi báculo, por tus ojos y por tu corona de estrellas!»
Ligeras volaron sus graves palabras entre los pétalos abiertos,
y así renovó sus acentos la brillante y femenina criatura:
«¡Demasiado débil de corazón!, esta ninfa de ti extraviada,
libre como el viento, e invisiblemente, vagabundea
por estos sitios carentes de espinas; sus placenteros días
los saborea invisible; invisibles sus ágiles pies
dejan sus huellas sobre la hierba y las dulces flores;
de los fatigados zarcillos y las inclinadas ramas verdes
arranca, invisible, la fruta, e invisible también se baña.
Y es por mi poder que su belleza se halla así velada,
para que no sea de continuo afrontada y perturbada
por las constantes miradas de amor de los indeseables ojos
de sátiros y faunos, o por los suspiros de los silenos.
Su inmortalidad comenzó a palidecer por el acoso
de tales pretendientes, y tanto se afligió ella
que sentí compasión por su persona y le ordené
humedecer sus cabellos con misteriosas pócimas
que mantendrían su belleza invisible, mas aún apta
para vagar como ella ama, en soledad.
Tú la contemplarás, Hermes, tú solo,
si, como has jurado, me concedes mi deseo».
Nuevamente dio inicio entonces el embelesado dios
a un juramento, que corrió, a través de los oídos
de la serpiente, cálido, trémulo, sincero, salmodioso.
Extasiada, ella elevó su cabeza circeana, ruborizada
con un vivo matiz damasco, y en un veloz susurro dijo:
«Yo era una mujer: concédeme nuevamente
una forma femenina, y tan encantadora como antes.
Amo a un joven de Corinto, ¡oh, felicidad!:
devuélveme mi forma de mujer y condúceme a su lado.
Agáchate, Hermes, permíteme soplar sobre tu frente
y podrás ver ahora mismo a tu dulce ninfa».
El dios, con las alas plegadas, se inclinó sereno;
ella sopló sobre sus ojos y en seguida ambos pudieron ver
a la oculta ninfa, que esbozaba, sobre el verde, una tímida sonrisa.
No era un sueño, o, aun si lo era, cierto es que reales
son los sueños de los dioses, que tranquilamente disfrutan
sus divinos placeres en un largo sueño inmortal.
Por un cálido y violento instante, suspendido en el aire,
trastornado por la belleza de la ninfa del bosque, el dios ardió;
luego, descendiendo sobre la virgen hierba, se volvió
hacia la arrobada serpiente y, con un brazo lánguido,
delicado, puso a prueba el poder mágico de su caduceo.
Hecho esto, dirigió a la ninfa sus ojos, llenos de lágrimas
y de tierna adoración, y hacia su figura caminó;
ella, como una luna menguante, se encogió ante él,
sin poder reprimir sus temerosos sollozos,
echándose al suelo y acurrucándose allí como una flor
que sobre sí misma se cierra a una hora del anochecer;
mas, al tomar el dios su helada mano, sintió ella su calidez,
de modo que sus párpados se abrieron suavemente
y, como una nueva flor bajo el zumbido matinal de las abejas,
floreció, ofreciendo hasta su última gota de miel.
Hacia los verdes reductos del bosque entonces huyeron,
y, a diferencia de los amantes mortales, jamás palidecieron.

No bien quedó sola, la serpiente comenzó a transformarse;
su sangre corría frenéticamente, su boca echaba espuma,
y el verde pasto, allí donde se veía salpicado,
marchitábase bajo rocío tan dulce y virulento;
sus ojos, inmóviles por la tortura y la aterradora angustia,
ardientes, vidriosos y muy abiertos entre resecas pestañas,
lanzaban fosfóricas chispas, sin una lágrima que los refrescara.
Con todos los colores de su largo cuerpo inflamados,
retorcíase sobre sí misma en las convulsiones de un dolor
escarlata; un profundo amarillo volcánico tomó el lugar
de toda la gracia de su figura cubierta de suaves lunas
y, así como la lava arrasa la tranquila pradera,
destruyó toda su malla de plata y su recamado de oro,
oscureció todas sus pecas, listas y rayas,
eclipsó sus cuartos crecientes y nubló sus estrellas,
de modo que, en pocos minutos, desnuda quedó
de todos sus zafiros, sus rubíes, sus amatistas
y sus esmeraldas; despojada de toda su riqueza,
nada le quedó salvo sufrimiento y horror. Aún brillaba
su corona, mas de pronto desapareció y, tras ella,
se desvaneció la serpiente; y en el aire su nueva voz,
con suaves tonos, exclamó: «¡Licio, hermoso Licio!».
Ascendiendo con las espectrales y pálidas brumas,
entre las nevadas montañas estas palabras se disolvieron
y los bosques de Creta no oyeron ya más.

                                               [...]


Traducción de E. Ehrendost.


Próximamente en Editorial Alastor:




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