P. B. Shelley - Adonais



                                                  I
     Lloro por Adonais... ¡está muerto!
     ¡Oh, llorad por Adonais, aunque nuestras lágrimas
     no derritan el hielo que aprisiona una cabeza tan amada!
     Y tú, triste Hora, de entre todos los años seleccionada
     para nuestra pérdida lamentar, despierta a tus oscuras
     compañeras, enséñales tu propia tristeza y di:
     «¡Conmigo murió Adonais; hasta que el Futuro se atreva
     a olvidar el Pasado, su fama y su destino serán
un eco y una luz por toda la eternidad!».

                                                 II
     ¿Dónde estabas tú, poderosa Madre, cuando él yacía,
     cuando tu Hijo yacía, atravesado por la flecha que voló
     en la oscuridad? ¿Dónde estaba la desdichada Urania
     cuando moría Adonais? Con sus ojos velados,
     entre atentos Ecos, sentada en su Paraíso se hallaba,
     mientras uno de ellos, con suave aliento enamorado,
     volvía a encender todas las marchitas melodías
     con las que, como flores que se burlan del cadáver debajo,
había él la ya cercana sombra de la Muerte escondido y adornado.

                                                III
     ¡Oh, llorad por Adonais!... ¡está muerto!
     ¡Despierta, melancólica Madre, despierta y llora!
     Mas ¿para qué? Reprime en su ardiente lecho
     tus urentes lágrimas y deja que tu ruidoso corazón
     mantenga, como el suyo, un mudo sueño sin quejas,
     pues se ha ido a donde todas las cosas sabias y nobles
     descienden. ¡Oh!, no sueñes con que la Profundidad
     lo restituya alguna vez al aire vital: la Muerte
se alimenta en su muda voz y ríe ante nuestra desesperación.

                                                 IV
     Tú, la más musical de entre quienes se lamentan, ¡llora de nuevo!,
     ¡vuelve a lamentarte, Urania! Pues también murió otro,
     aquel que fuera el Padre de un linaje inmortal,
     ciego, viejo y solo, cuando el orgullo de su país,
     por sacerdote, esclavo y liberticida, fue pisoteado
     y burlado mediante muchos abominables ritos
     de lujuria y de sangre; él penetró, sin miedo,
     en el abismo de la muerte, pero su claro espíritu
aún reina sobre la tierra, el tercero entre los hijos de la luz.

                                                  V
     Tú, la más musical de entre quienes se lamentan, ¡vuelve a llorar!
     No todos a aquella brillante condición se atrevieron a escalar,
     y felices aquellos que conocieron su propia felicidad
     y cuyas velas aún arden en esa noche de los tiempos
     en la que soles enteros murieron; otros más sublimes,
     golpeados por la envidiosa ira ya de hombres o de dioses,
     han desaparecido, extintos en su refulgente apogeo;
     y algunos aún viven, transitando el espinoso camino
que conduce, a través de labor y odio, a la serena morada de la Fama.

                                                 VI
     Pero ahora el más joven, el más amado por ti, ha muerto,
     aquel al que amamantaste estando viuda y que creció
     como una frágil flor que, cuidada por alguna triste doncella,
     fue regada con lágrimas de amor en lugar de rocío nocturno.
     Tú, la más musical de entre quienes se lamentan, ¡vuelve a llorar!,
     pues tu mayor esperanza, la última y la más hermosa,
     la flor cuyos pétalos ya antes de abrirse se helaron,
     murió en la promesa del fruto, se ha extinguido;
caído el roto lirio yace... la tormenta ha pasado.

                                               [...]


Traducción de E. Ehrendost.


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