Edgar Allan Poe - Ulalume



Los cielos estaban cenicientos y sobrios,
las hojas estaban crispadas y marchitas,
las hojas estaban mustias y marchitas;
era una noche del solitario octubre
de mi año más inmemorial;
era muy cerca del sombrío lago de Auber,
en la neblinosa región media de Weir;
era cerca de la húmeda marisma de Auber,
en el bosque asediado por vampiros de Weir.

Aquí una vez, a través de un paseo titánico
de cipreses, vagué con mi Alma,
entre cipreses, con Psique, mi Alma.
Eran los tiempos en que mi corazón era volcánico
como los ríos de escoria que ruedan,
como las lavas que incansablemente hacen rodar
sus sulfurosas corrientes por el monte Yaanek
en las últimas regiones del polo,
que gimen mientras ruedan bajando el monte Yaanek
en los reinos del polo boreal.

Nuestro diálogo había sido serio y sobrio,
pero nuestros pensamientos estaban paralizados y marchitos,
nuestros recuerdos eran traicioneros y marchitos,
pues no sabíamos que el mes era octubre,
y no advertimos la noche del año
(¡ah, la noche entre todas las noches del año!),
ni reconocimos el sombrío lago de Auber
(aunque ya una vez habíamos ido hasta allí),
ni recordamos la húmeda marisma de Auber,
ni el bosque asediado por vampiros de Weir.

Y entonces, mientras la noche se hallaba en su senilidad
y los cuadrantes de las estrellas indicaban la mañana,
y los cuadrantes de las estrellas insinuaban la mañana,
por encima del final de nuestro camino nació
un licuescente y nebuloso resplandor,
del cual un milagroso creciente
con cuerno duplicado se levantó;
el creciente de diamantes de Astarte,
distintivo por su cuerno duplicado.

Y dije: «Es más cálida que Diana:
rueda a través de un éter de suspiros,
se deleita en una región de suspiros;
ha visto que las lágrimas no están secas
en estas mejillas, donde el gusano nunca muere,
y ha dejado atrás las estrellas del León
para indicarnos el camino a los cielos,
a la paz letea de los cielos;
asciende, a pesar del León, para brillar
sobre nosotros con sus centelleantes ojos;
asciende, a través de la guarida del León,
con amor en sus luminosos ojos».

Pero Psique, levantando su dedo,
dijo: «Lamentablemente de esa estrella desconfío,
de su palidez extrañamente desconfío.
¡Oh, apresúrate! ¡Oh, no nos demoremos!
¡Oh, huye, huyamos... pues debemos hacerlo!».
Habló aterrorizada, dejando caer
sus alas hasta que se arrastraron por el polvo;
en agonía sollozó, dejando caer
sus plumas hasta que se arrastraron por el polvo,
hasta que se arrastraron dolorosamente por el polvo.

Le respondí: «Esto no es más que soñar:
¡continuemos bajo esta trémula luz!
¡Bañémonos en esta cristalina luz!
Su esplendor sibilino está brillando
con Esperanza y en Belleza esta noche.
¡Mira: revolotea por el cielo a través de la noche!
¡Ah!, podemos confiar sin peligro en su fulgor
y estar seguros de que nos guiará bien;
podemos confiar sin peligro en su fulgor
que no puede sino guiarnos bien,
puesto que revolotea hacia el cielo a través de la noche».

Así calmé a Psique y la besé,
e intenté sacarla de su melancolía,
y conquiste sus escrúpulos y melancolía;
y llegamos al final del paisaje,
pero fuimos detenidos por el portal de un sepulcro,
por el portal de un sepulcro con una inscripción,
y dije: «¿Qué hay escrito, dulce hermana,
en el portal de este sepulcro con una inscripción?».
Y ella respondió: «¡Ulalume!... ¡Ulalume!...
¡Es la cripta de tu perdida Ulalume!».

Entonces mi corazón se puso ceniciento y sobrio,
como las hojas que estaban crispadas y marchitas,
como las hojas que estaban mustias y marchitas,
y grité: «¡Fue seguramente en octubre,
en esta misma noche del año pasado,
que vine... que vine hasta aquí,
que traje una espantosa carga hasta aquí,
en esta noche entre todas las noches del año!
¡Ah!, ¿qué demonio me condujo hasta aquí?
Bien reconozco, ahora, este sombrío lago de Auber,
esta neblinosa región media de Weir;
bien reconozco, ahora, esta húmeda marisma de Auber,
este bosque asediado por vampiros de Weir».

Y entonces dijimos, ambos: «¡Ah!, ¿puede haber sido
que los vampiros necrófagos del bosque,
los piadosos, misericordiosos vampiros,
para detener y prohibir nuestro camino
al secreto que yace en estos sitios,
a aquello que yace oculto en estos sitios,
hayan sacado el espectro de un planeta
fuera del limbo de las almas lunares,
este pecaminoso planeta centelleante
fuera del Infierno de las almas planetarias?».


Traducción de E. Ehrendost.


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