Guy de Maupassant - El Horlá (Primera versión, 1886)



El doctor Marrande, el más ilustre y eminente de los alienistas, había solicitado a tres de sus colegas y a cuatro sabios versados en las ciencias naturales que fueran a pasar una hora al sanatorio que él dirigía a fin de mostrarles uno de sus pacientes.

Tan pronto como estuvieron todos reunidos, les dijo:

–Les expondré ahora el caso más extraño e inquietante que jamás haya encontrado. Por lo demás, no tengo nada que decirles sobre el sujeto; él hablará por sí mismo.

El doctor entonces llamó. Un criado hizo entrar a un hombre. Era en exceso delgado, de una delgadez cadavérica, delgado como algunos locos a los que roe un pensamiento, pues el pensamiento enfermo devora más la carne del cuerpo que la fiebre o la tisis.

Tras saludar y tomar asiento, dijo:

–Señores, no ignoro por qué os habéis reunido aquí, y estoy dispuesto a relataros mi historia, como me lo ha pedido mi amigo, el doctor Marrande. Durante mucho tiempo él me ha creído loco. Hoy, lo duda. En cuestión de minutos, vosotros sabréis que mi mente está tan sana, tan lúcida y tan clarividente como las vuestras, desafortunadamente para mí, para vosotros y para la humanidad entera. Mas deseo comenzar por los hechos mismos, por los simples hechos.

Tengo cuarenta y dos años. No estoy casado, y mi fortuna es suficiente para vivir con cierto lujo. Habitaba, hasta hace no mucho, en una propiedad a orillas del Sena, en Biessard, cerca del Ruán. Amo la caza y la pesca. Pues bien, detrás de mi casa, por encima de los grandes peñascos que la dominan, tengo uno de los más bellos bosques de Francia, el de Roumare, y delante, uno de los más bellos ríos del mundo.

Mi vivienda es amplia, está pintada de blanco por fuera, es bonita, antigua, y se emplaza en medio de un gran jardín plantado de magníficos árboles que sube hasta el bosque, escalando los enormes peñascos de los que les hablé recién.

Mi personal doméstico se compone, o más bien se componía, de un cochero, un jardinero, un ayuda de cámara, una cocinera, y una costurera que hacía las veces de una especie de ama de llaves. Todos ellos vivían conmigo desde hacía ya dieciséis años, me conocían, conocían bien la casa, la región y todo cuanto rodeaba mi vida. Eran sirvientes buenos y tranquilos. Esto es importante para lo que voy a relatar.

Añado que el Sena, que bordea mi jardín, es navegable hasta el Ruán, como sin duda ya sabréis, de modo que todos los días veía yo pasar grandes navíos, tanto a vela como a vapor, provenientes de todos los rincones del mundo.

Pues bien, el pasado otoño se cumplió un año de que, de manera súbita, comencé a ser presa de extraños e inexplicables males. Al principio fue una suerte de inquietud nerviosa que me mantenía en vela durante noches enteras, una sobreexcitación tal, que el menor ruido me hacía estremecer. Mi humor se agrió. Tenía repentinos e inexplicables ataques de cólera. Acudí a un médico que me recetó bromuro de potasio y duchas.

Comencé, pues, a ducharme mañana y noche y a beber bromuro. Muy pronto, en efecto, pude volver a dormir, pero con un sueño más espantoso que el insomnio. Apenas me acostaba, cerraba los ojos y quedaba aniquilado. Sí: caía en la nada, en una nada absoluta, en una completa muerte del ser, de la que era sacado brusca y horriblemente por la aterradora sensación de un peso aplastante sobre mi pecho y de una boca que comía mi vida sobre mi boca. ¡Oh, aquellas sacudidas! No he conocido nada más espantoso.

Imaginad un hombre que, mientras duerme, es asesinado, y que despierta con un cuchillo en la garganta; un hombre que agoniza cubierto de sangre, que ya no puede respirar, que va a morir y que no comprende: así era. Adelgazaba yo de una manera inquietante, continua, y no tardé en advertir que mi cochero, que era muy gordo, comenzaba a adelgazar como yo.

Finalmente, le pregunté:

–¿Qué tiene, Jean? ¿Está usted enfermo?

A lo que él respondió:

–Creo que tengo la misma enfermedad que el señor. Son mis noches las que pierden mis días.

Pensé entonces que habría en la casa alguna influencia febril a causa de la proximidad del río, y estaba a punto de irme por dos o tres meses, aunque estábamos en plena temporada de caza, cuando un hecho trivial si bien muy extraño, observado por casualidad, me llevó a una serie tal de descubrimientos inverosímiles, fantásticos y aterradores, que decidí quedarme.

Teniendo sed una noche, bebí medio vaso de agua y noté que la jarra, que se hallaba colocada en la cómoda frente a mi lecho, estaba llena hasta el tapón de cristal.

Durante la noche, tuve uno de esos sueños horrorosos de los que os acabo de hablar. Encendí mi vela, presa de una angustia espantosa, y, como quise beber de nuevo, descubrí con estupor que la jarra se hallaba vacía. No podía creer lo que veían mis ojos. O bien alguien había entrado a mi cuarto, o bien yo era sonámbulo.

A la noche siguiente quise realizar la misma prueba. Cerré la puerta con llave para tener la certeza de que nadie podría entrar en mi habitación. Me dormí y me desperté como todas las noches. Toda el agua que había visto dos horas antes había sido bebida.

¿Quién había bebido el agua? Yo, sin duda; y, sin embargo, estaba seguro, absolutamente seguro, de no haber realizado un solo movimiento durante mi profundo y doloroso letargo.

Entonces recurrí a ciertas artimañanas para convencerme de que no llevaba a cabo esos actos inconscientemente. Una noche coloqué, al lado de la jarra, una botella de un viejo burdeos, una taza de leche, a la que tengo horror, y unos pasteles de chocolate, que me encantan. El vino y los pasteles permanecieron intactos; la leche y el agua desaparecieron. Así, cada noche cambiaba las bebidas y los alimentos. Nunca tocaron las cosas sólidas, compactas, y, en cuanto a los líquidos, nunca bebieron más que leche fresca y, sobre todo, agua.

Pero aún me quedaba una duda punzante en el alma. ¿No sería yo el que me levantaba, sin ser consciente, y bebía incluso las cosas que detestaba, dado que mis sentidos, embotados por el sueño de sonámbulo, podían verse modificados, perdiendo sus repugnancias habituales y adquiriendo gustos diferentes?

Me serví entonces de un nuevo ardid contra mí mismo. Envolví con tiras de muselina blanca todos los objetos que infaliblemente debía tocar, y los recubrí aún con una servilleta de batista. Luego, al meterme en la cama, me embadurné las manos, los labios y los bigotes con mina de plomo.

Cuando desperté, todos los objetos permanecían inmaculados, si bien habían sido tocados, pues la servilleta no estaba colocada tal como yo la había puesto y, además, habían bebido agua y leche. Pero la puerta, cerrada con una llave de seguridad, y con los postigos encadenados por prudencia, no había podido dejar penetrar a nadie.

Entonces, podía hacerme la temida pregunta: ¿quién estaba pasando todas las noches junto a mí?

Siento, señores, que os estoy relatando esto demasiado aprisa. Os sonreís, y vuestra opinión ya ha sido formada: «Está loco». Habría tenido que describiros largamente la emoción de un hombre que, encerrado en su casa, y con la mente sana, observa, a través del vidrio de una jarra, un poco de agua que desapareció mientras dormía. Habría tenido que haceros comprender esa tortura renovada con cada noche y cada mañana, esos sueños invencibles, y esos despertares aún más espantosos. Pero continúo.

Repentinamente, el milagro cesó. Ya nadie tocaba nada en mi cuarto. Había terminado. Empezaba a sentirme mejor. La alegría me estaba volviendo, cuando supe que uno de mis vecinos, el señor Legite, se encontraba exactamente en el mismo estado en el que yo me había encontrado hasta no mucho antes. Nuevamente pensé en una influencia febril en la región. Mi cochero se había ido un mes atrás, muy enfermo.

El invierno había pasado y comenzaba la primavera. Sin embargo, una mañana, mientras me paseaba cerca de mi rosedal, vi, vi con toda claridad junto a mí, que el tallo de una de las más bellas rosas se partía como si una mano invisible lo hubiese cortado; entonces, la flor siguió la curva que habría descripto un brazo al llevársela a la boca, y quedó suspendida en el aire transparente, sola, inmóvil, aterradora, a tres pasos de mis ojos.

Embargado de un demencial espanto, me lancé hacia ella para agarrarla. No encontré nada. Había desaparecido. Entonces, fui presa de una furiosa cólera contra mí mismo. A un hombre razonable y sobrio no le está permitido sufrir semejantes alucinaciones. Mas ¿había sido aquello una alucinación? Busqué el tallo. Lo encontré inmediatamente en el arbusto, recién partido, entre otras dos rosas que permanecían en la rama, pues eran tres las que yo había visto perfectamente.

Volví entonces a la casa, con el alma trastornada. Señores, escuchadme, me encuentro tranquilo; yo no creía en lo sobrenatural, ni creo en ello ahora, pero, a partir de aquel momento, estuve seguro, tan seguro como del día y de la noche, de que había allí un ser invisible que me había atormentado, que luego me había dejado, y que ahora volvía.

Poco más tarde pude comprobarlo.

Al principio, entre mis criados, estallaban todos los días furiosas discusiones por mil causas, triviales en apariencia, pero plenas de sentido para mí desde entonces. Un vaso, un bello vaso de Venecia, se rompió solo en el aparador del comedor en pleno día. El ayuda de cámara acusó a la cocinera, la cual acusó a la costurera, la cual acusó no sé a quién. Puertas que eran cerradas a la noche aparecían abiertas a la mañana siguiente. Todas las noches robaban leche de la despensa.

¡Ay! ¿Quién era? ¿Y cuál sería su naturaleza? Una nerviosa curiosidad, no exenta de ira y de espanto, me mantenía día y noche en un estado de extrema agitación.

Pero la casa quedó tranquila una vez más, y yo ya volvía a creer en los sueños, cuando aconteció lo que sigue.

Era el 20 de julio, a las nueve de la noche. Hacía mucho calor; yo había dejado mi ventana abierta de par en par, mi lámpara encendida sobre la mesa iluminaba un volumen de Musset abierto en La noche de mayo, y yo me había tendido en un sillón grande, en el que me había adormecido.

Pero, tras haber dormido alrededor de cuarenta minutos, abrí los ojos, sin hacer un solo movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. Al principio no vi nada, pero luego, repentinamente, me pareció que una página del libro acababa de volverse sola. Por la ventana no había entrado ningún soplo de viento. Esto me sorprendió mucho, de modo que esperé. Al cabo de unos cuatro minutos vi, vi, sí, señores, vi, con mis propios ojos, que una página se elevaba y caía sobre la precedente como si un dedo la hubiese volteado. Mi butaca parecía estar vacía, pero comprendí que él, que él, estaba ahí. Atravesé la cámara de un salto para atraparlo, para tocarlo, para agarrarlo, si ello era posible... Pero, antes de que lo hubiese alcanzado, la butaca se dio vuelta como si alguien hubiese escapado de mí, la lámpara cayó y se apagó, el vaso se rompió, y la ventana, empujada bruscamente como si un malhechor la hubiese agarrado al salir, fue a golpear contra el pestillo.

Me abalancé sobre la campanilla y llamé. Cuando mi ayuda de cámara apareció, le dije:

–He tirado y roto todo. Deme luz.

Esa noche ya no pude dormir más. Y, sin embargo, aún podía haber sido el juguete de una ilusión. Al despertar, los sentidos permanecen turbados. ¿No habría sido acaso yo el que había tirado la butaca y la luz al precipitarme como un loco? ¡No, no había sido yo! Lo sabía sin dudar ni un segundo; no obstante, quería creerlo.

Pero esperad. ¡El Ser! ¿Cómo lo llamaría? El Invisible. No, eso no alcanzaba. Lo bauticé el Horlá. ¿Por qué? Lo ignoro. Pues bien, el Horlá ya no me dejaba casi nunca. Día y noche tenía la sensación, le certeza de la presencia de ese vecino imperceptible, y también la certeza de que hora a hora, minuto a minuto, él devoraba mi vida.

La imposibilidad de verlo me exasperaba, y encendía todas las luces de la habitación, como si en esa claridad hubiese podido descubrirlo. Mas, finalmente, lo vi. Vosotros no me creeréis; sin embargo, lo vi.

Me hallaba sentado frente a un libro cualquiera, sin leer, acechando con todos mis órganos sobreexcitados, acechando a aquel cuya presencia sentía cerca de mí. Y era cierto, estaba ahí; pero ¿dónde?, ¿qué hacía?, ¿cómo alcanzarlo?

Frente a mí estaba mi lecho, una vieja cama de roble con columnas; a la derecha, la chimenea; a la izquierda, la puerta, cerrada con sumo cuidado; detrás, un gran armario de luna, que todos los días me servía para afeitarme y vestirme, y en el que tenía la costumbre de mirarme de pies a cabeza cada vez que pasaba por delante.

Pues bien, yo simulaba leer para engañarlo, pues él también me espiaba, y de pronto sentí, tuve la certeza de que él estaba leyendo por encima de mi hombro, de que él estaba allí, rozando mi oreja.

Me enderecé y me di vuelta tan rápido que casi caigo. Y bien... se podía ver como en pleno día, ¡y no me vi en el espejo! Estaba vacío, claro, pleno de luz. Mi imagen no aparecía dentro de él... y yo estaba justo en frente, pero veía al gran vidrio límpido de arriba abajo. Y contemplaba eso con ojos alocados, y no me atrevía a avanzar, sintiendo claramente que él estaba entre nosotros y que volvería a escapárseme, aunque su cuerpo imperceptible había absorbido mi reflejo.

¡Qué pánico sentí! Y luego, súbitamente, comencé a percibirme como en una bruma al fondo del espejo, en una bruma, como a través de un manto de agua; y me pareció que el agua se deslizaba de izquierda a derecha, lentamente, haciendo más precisa mi imagen de segundo en segundo. Era como el fin de un eclipse. Aquello que me ocultaba no parecía tener contornos claramente definidos, sino una suerte de transparencia opaca que se aclaraba poco a poco. Finalmente, pude distinguirme por completo, como lo hacía cada día al mirarme.

Lo había visto. Y el espanto que me quedó aún me hace estremecer.

Al día siguiente estaba aquí, donde solicité asistencia. Ahora, señores, he terminado. El doctor Marrande, tras haber dudado durante mucho tiempo, se decidió a hacer, solo, un viaje a la región. Tres de mis vecinos, hoy día, están atacados como lo estaba yo, ¿no es cierto?

El médico respondió:

–Es cierto.

–Y usted les aconsejó dejar agua y leche todas las noches en sus cuartos para ver si esos líquidos desaparecían. Lo han hecho. ¿Han desaparecido esos líquidos como en mi casa?

El médico contestó con una gravedad solemne:

–Han desaparecido.

–Así pues, señores, un ser nuevo, que sin duda se multiplicará pronto como nosotros nos hemos multiplicado, acaba de aparecer sobre la tierra. ¡Ah, os sonreís! ¿Por qué? Porque ese ser permanece invisible. Mas nuestro ojo, señores, es un órgano tan elemental que a duras penas puede distinguir lo que es indispensable para nuestra existencia. Lo que es muy pequeño se le escapa; lo que es muy grande se le escapa; lo que está muy lejos se le escapa. Ignora los millares de animálculos que viven en una gota de agua. Ignora a los habitantes, las plantas y el suelo de las estrellas vecinas. No ve tampoco lo transparente. Colocadle delante un cristal perfecto sin azogue: no lo distinguirá, y nos arrojará encima de él, así como el pájaro atrapado en una casa se golpea la cabeza con los vidrios. De modo que no ve los cuerpos sólidos y transparentes que, sin embargo, existen; no ve el aire con el cual nos nutrimos; no ve el viento que es la fuerza más grande de la Naturaleza, que derriba los hombres, derrumba los edificios, arranca los árboles y levanta el mar en montañas de agua por cuya acción los acantilados de granito se desmoronan. ¿Qué tiene de sorprendente que no vea un cuerpo nuevo, al cual sin duda le falta la sola propiedad de detener los rayos luminosos? ¿Percibís vosotros la electricidad? Y, sin embargo, existe. Este ser, que yo he denominado Horlá, existe también.

¿Qué es? Señores, es aquel que la tierra espera después del hombre. Aquel que viene a destronarnos, a domarnos, a esclavizarnos, quizás a alimentarse de nosotros tal como nosotros nos alimentamos de las vacas y de los jabalíes. Desde hace siglos se lo presiente, se lo teme y se lo anuncia. El miedo al Invisible siempre ha atormentado a nuestros pares.

Ha llegado.

Todas las leyendas de hadas, de gnomos, de merodeadores del aire inasibles y dañinos, era de él de quien hablaban, de él, que era presentido por el hombre ya inquieto y tembloroso.

Y con todo eso que vosotros mismos hacéis, señores, desde hace ya algunos años, con todo eso que denomináis hipnotismo, sugestión, magnetismo, es a él a quien anunciáis, a quien profetizáis.

Os digo que ha llegado. Vaga ahora inquieto como los primeros hombres, ignorante aún de su fuerza y de su poder, que conocerá pronto, muy pronto.

Y he aquí, señores, para terminar, un recorte de un periódico que ha llegado a mis manos procedente de Río de Janeiro. Leo: «Una especie de epidemia de locura parece castigar desde hace tiempo a la provincia de São Paulo. Los habitantes de varios pueblos han abandonando sus tierras y sus casas, y aseguran ser perseguidos y devorados por vampiros invisibles que se alimentan de su respiración cuando duermen, y que además beben agua y, en ocasiones, leche».

Agrego que, unos días antes del primer ataque del mal a causa del cual estuve por morir, recuerdo perfectamente haber visto pasar un gran barco brasileño de tres palos con su bandera desplegada... Os he dicho que mi casa está a orillas del río, toda blanca... Sin duda, él estaba escondido en ese barco.

No tengo nada más que agregar, señores.

El doctor Marrade se levantó y murmuró:

–Yo tampoco. No sé si este hombre está loco, si lo estamos los dos... o si... si nuestro sucesor realmente ha llegado.


Traducción de E. Ehrendost.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario