John Keats - Hiperión



Profundo en la umbrosa tristeza de un valle
cobijado lejos del saludable aliento de la mañana,
lejos del ardiente mediodía y del primer astro vespertino,
descansaba el canoso Saturno, quieto como una piedra,
callado como el silencio que envolvía todo aquel lugar;
bosque sobre bosque pendían, cual nube sobre nube,
por encima de su cabeza. Ni un soplo de aire se movía allí,
ni tanta vida como la que, en un caluroso día de verano,
no roba ni una liviana semilla del abundante pasto,
sino que, donde la hoja muerta cae, allí queda.
Un arroyo corría mudo a un lado, más amortiguado aún
a causa de que su caída divinidad sobre sus aguas
una sombra proyectaba: la náyade entre sus cañas
con un frío dedo oprimíase fuertemente los labios.

A lo largo de la arena de las márgenes, grandes huellas
llegaban hasta el sitio en el que sus pies habíanse extraviado
y en el cual desde entonces dormitaba. Sobre la tierra
su vieja mano derecha yacía inerte, exánime, muerta,
despojada de cetro; sus ojos sin reino hallábanse cerrados,
mientras que su inclinada cabeza parecía escuchar a la Tierra,
su anciana madre, en busca de aún algún consuelo.

Parecía que ninguna fuerza podría despertarle de aquel lugar;
pero entonces llegó una que, con mano familiar,
tocó sus anchos hombros tras haberse inclinado
con reverencia aun ante uno que no la veía.
Se trataba de una diosa de la infancia del mundo;
a su lado, en estatura, una alta amazona habría parecido
de la altura de un pigmeo; bien podría ella haber tomado
a Aquiles por los cabellos y haberle roto el cuello
o detenido con uno de sus dedos la rueda de Ixión.
Su rostro era tan grande como el de una esfinge de Menfis
situada sobre un pedestal en el patio de un viejo palacio
cuando los sabios aún buscaban en Egipto sus ciencias,
¡pero cuán distinto al mármol era este rostro;
cuán bello, si la tristeza no hubiese hecho
a la Tristeza más bella que la misma Belleza!
Y había un expectante temor en su mirada,
como si la calamidad hubiese recién comenzado,
como si las nubes de vanguardia de terribles días
hubiesen apenas derrochado su malicia y la hosca retaguardia
estuviese con su provisión de truenos ya manifestándose.
La diosa se presionó con una mano ese doloroso punto
en el cual el corazón humano late, como si justo allí,
aunque una inmortal, sintiese ella un cruel dolor;
la otra la posó sobre el inclinado cuello de Saturno
y, arrimándose a la altura de los oídos del dios
con entreabiertos labios, unas palabras pronunció
con un profundo tono de grave órgano y solemne tenor,
unas pesarosas palabras que, en nuestra débil lengua,
verteríanse en acentos similares a estos, ¡oh, tan frágiles
comparados con aquella gran expresión de los dioses de antaño!:
«¡Saturno, levanta tu cabeza! Mas ¿para qué,
pobre anciano rey? No tengo consuelo para ti, no, ni uno;
no puedo decir: “¡Oh!, ¿por qué duermes tú?”,
pues el cielo se ha apartado de ti, y la tierra
no te reconoce, así afligido, como un dios;
y tampoco el océano, con su solemne sonido,
se inclina ya ante tu cetro; y todo el aire
ha sido vaciado de tu encanecida majestad.
Tu trueno, consciente del nuevo mando,
retumba renuente sobre nuestra casa caída;
y tu afilado rayo, blandido por inexpertas manos,
incendia y quema nuestros otrora serenos dominios.
¡Oh, dolorosos días!, ¡oh, momentos largos como años!,
mientras pasáis todo nos evidencia más la monstruosa verdad
y la oprime de tal modo contra nuestras penosas desdichas
que no le queda ya espacio alguno a la duda para respirar.
¡Saturno, sigue durmiendo! ¡Oh, irreflexiva!,
¿por qué tu soledad de tranquilos sueños he así violado?
¿Por qué debería yo abrir tus melancólicos ojos?
Saturno, sigue durmiendo, mientras a tus pies yo lloro».

Así como cuando, durante una estancada noche de verano,
esos patricios siempre en verde ataviados de los vastos bosques,
los altos robles, con sus ramas hechizadas bajo las graves estrellas
sueñan y sueñan hasta el amanecer sin un solo movimiento,
a no ser por una suave brisa solitaria
que sopla sobre el silencio y muere luego,
como si el aire en el reflujo de su marea sólo una ola tuviera,
así brotaron estas palabras y se perdieron, mientras ella apoyaba,
llorando, su bella e imponente frente en el suelo,
justo donde sus caídos cabellos podían extenderse
como una suave y sedosa alfombra para los pies del dios.
La luna, con una lenta alteración, derramó
sus cuatro estaciones plateadas sobre la noche,
y aún los dos seguían en esas inmóviles posturas,
como una escultura natural en una caverna sagrada,
el helado dios aún recostado sobre la tierra
y la atribulada diosa aún llorando a sus pies,
hasta que, finalmente, el viejo Saturno abrió
sus marchitos ojos y vio su reino perdido,
y toda la lobreguez y tristeza de ese sitio,
y a aquella excelsa diosa arrodillada; y entonces habló,
como con una lengua paralizada, mientras su barba
se agitaba horrorosa bajo el temblor de la enfermedad:
«¡Oh, tierna esposa del dorado Hiperión, Teia,
puedo sentirte incluso antes de ver tu rostro!
Levanta tus ojos, y déjame ver en ellos nuestra miseria;
levanta tus ojos, y dime si esta débil figura que ves
es la figura de Saturno; dime si esta voz que ahora oyes
es la voz de Saturno; dime si esta arrugada frente,
desnuda y despojada de su gran diadema,
se ve como la frente de Saturno. ¿Quién ha tenido el poder
para dejarme así desolado?, ¿de dónde provino su fuerza?,
¿cómo fue nutrido hasta semejante irrupción
mientras el Destino parecía sofocado en mis vigorosas manos?
Pero ya es tarde; ahora estoy acabado
y enterrado para todo ejercicio divino
de benigna influencia sobre pálidos planetas,
de admoniciones a los vientos y los mares,
de propicio dominio sobre las cosechas del hombre,
y de todos esos actos en los que la deidad suprema
alivia a su corazón del peso del amor. Me he extraviado
lejos de mi propio pecho; he abandonado
mi poderosa identidad, mi verdadero ser,
en algún punto entre el trono y este sitio de la Tierra
en el cual ahora descanso. ¡Busca, Teia, busca!;
abre tus eternos ojos y hazlos girar en torno,
abarcándolo todo: el espacio estrellado y el de luz privado;
el espacio rodeado de aire vital y el árido vacío;
los espacios de fuego y todo el abismo del Infierno.
¡Busca, Teia, busca!, y dime si logras ver
en algún lugar una figura o sombra abriéndose paso,
en alas o sobre feroz carro de guerra, a fin de reconquistar
un cielo que ha perdido; debe hallarse ya
muy avanzada su marcha... ¡Saturno debe ser rey!
¡Sí!, tiene que haber una dorada victoria,
y un gran número de dioses derribados, y trompetas
anunciando el triunfo, y festivos himnos y cantos
sobre las esplendorosas nubes metropolitanas,
y voces de dulce proclamación, y un plateado vibrar
de cuerdas en huecas armazones, y también
muchas bellas cosas recién creadas para sorpresa
de los hijos del Cielo... ¡Sí, ya mismo daré la orden!
¡Teia, Teia, Teia!, ¿dónde está Saturno?».

                                               [...]


Traducción de E. Ehrendost.


Próximamente en Editorial Alastor:




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