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Oscar Wilde - Salomé



DRAMATIS PERSONAE.

Herodes Antipas, Tetrarca de Judea.
Jokanaán, el profeta.
Un Joven Sirio, capitán de la guardia.
Tigellinus, un joven romano.
Un Capadocio.
Un Nubio.
Soldados.
El Paje de Herodías.
Un Esclavo.
Naamán, el verdugo.
Judíos, Nazarenos, etc.
Herodías, esposa del Tetrarca.
Salomé, hija de Herodías.
Las Esclavas de Salomé.

Escena: Una gran terraza, en el palacio de Herodes, que da al salón donde se celebra el banquete. Varios soldados están acodados sobre la balaustrada. A la derecha hay una imponente escalera; a la izquierda, al fondo, una vieja cisterna rodeada por una verja de verde bronce. Luz de la luna.


El Joven Sirio.– ¡Qué bella está la princesa Salomé esta noche!

El Paje de Herodías.– ¡Mira la luna! Tiene un aspecto muy extraño. Parece una mujer saliendo de su sepulcro. Parece una mujer muerta. Diríase que está vagando en busca de muertos.

El Joven Sirio.– Tiene un aspecto muy extraño. Parece una joven princesa de pies de plata cubierta con un velo amarillo. Parece una princesa con pequeñas palomas blancas en lugar de pies. Diríase que está bailando.

El Paje de Herodías.– Es como una mujer muerta. Se mueve muy lentamente. (Se oye ruido en el salón del banquete.)

Primer Soldado.– ¡Qué alboroto! ¿Quiénes son esas fieras salvajes que aúllan así?

Segundo Soldado.– Los judíos. Siempre hacen lo mismo. Están discutiendo sobre su religión.

Primer Soldado.– ¿Por qué discuten sobre su religión?

Segundo Soldado.– No lo sé. Siempre están haciéndolo. Por ejemplo, los fariseos afirman que hay ángeles, y los saduceos declaran que los ángeles no existen.

Primer Soldado.– Me parece ridículo discutir sobre semejantes cosas.

El Joven Sirio.– ¡Qué bella está la princesa Salomé esta noche!

El Paje de Herodías.– Siempre la estás mirando. La miras demasiado. No se debe mirar así a la gente... Puede suceder algo terrible.

El Joven Sirio.– Está bellísima esta noche.

Primer Soldado.– El Tetrarca tiene un aspecto sombrío hoy.

Segundo Soldado.– Sí, tiene un aspecto sombrío.

Primer Soldado.– Está mirando algo.

Segundo Soldado.– Está mirando a alguien.

Primer Soldado.– ¿A quién mira?

Segundo Soldado.– No lo sé.

El Joven Sirio.– ¡Qué pálida está la princesa! Nunca la había visto tan pálida. Parece el reflejo de una rosa blanca en un espejo de plata.

El Paje de Herodías.– No debes mirarla. La miras demasiado.

Primer Soldado.– Herodías ha llenado la copa del Tetrarca.

El Capadocio.– ¿Es la reina Herodías aquella que lleva una mitra negra bordada con perlas, y que tiene los cabellos empolvados de azul?

Primer Soldado.– Sí, ésa es Herodías, la esposa del Tetrarca.

Segundo Soldado.– Al Tetrarca le gusta mucho el vino. Tiene vino de tres clases. Uno que es traído de la isla de Samotracia, y que es púrpura como el manto del César.

El Capadocio.– Nunca he visto al César.

Segundo Soldado.– Otro que proviene de Chipre, y que es amarillo como el oro.

El Capadocio.– Me gusta el oro.

Segundo Soldado.– Y el tercero, que es un vino de Sicilia. Ese es rojo como la sangre.

El Nubio.– Los dioses de mi país aman la sangre. Dos veces al año les ofrecemos en sacrificio mancebos y doncellas; cincuenta mancebos y cien doncellas. Pero parece que nunca les damos suficientes, pues se muestran siempre crueles con nosotros.

El Capadocio.– En mi país ya no quedan dioses. Los romanos los expulsaron a todos. Algunos dicen que se han ocultado en las montañas, pero yo no lo creo. Pasé tres noches allí, en las montañas, buscándolos por todas partes. No los encontré. Y por último los llamé por sus nombres, y no aparecieron. Pienso que han muerto.

Primer Soldado.– Los judíos adoran a un dios que no se puede ver.

El Capadocio.– No puedo entender tal cosa.

Primer Soldado.– De hecho, sólo creen en todo aquello que no se puede ver.

El Capadocio.– Me parece muy ridículo.

La voz de Jokanaán.– Después de mí vendrá otro más poderoso que yo. No soy digno ni siquiera de desatar la correa de sus sandalias. Cuando él venga, las tierras desiertas se alegrarán. Florecerán como el lirio. Los ojos de los ciegos verán el día, y los oídos de los sordos se abrirán. El recién nacido meterá su mano en el nido de los dragones y conducirá a los leones asiéndolos por sus melenas.

Segundo Soldado.– ¡Hacedle callar! Siempre está diciendo estupideces.

Primer Soldado.– No, no. Es un hombre santo. Y es muy bondadoso también. Todos los días le doy de comer y siempre me da las gracias.

El Capadocio.– ¿Quién es?

Primer Soldado.– Un profeta.

El Capadocio.– ¿Cuál es su nombre?

Primer Soldado.– Jokanaán.

El Capadocio.– ¿De dónde viene?

Primer Soldado.– Del desierto, donde se alimentaba con langostas y miel silvestre. Se vestía con una piel de camello y alrededor de su cintura llevaba una correa de cuero. Tenía un aspecto muy salvaje. Una gran multitud solía seguirle. Incluso, contaba con discípulos.

El Capadocio.– ¿Y de qué habla?

Primer Soldado.– Nunca lo sabemos. A veces dice cosas espantosas, pero es imposible entender lo que quiere decir.

El Capadocio.– ¿Se le puede ver?

Primer Soldado.– No. El Tetrarca lo ha prohibido.

El Joven Sirio.– ¡La princesa ha ocultado su rostro detrás de su abanico! Sus pequeñas manos blancas se agitan como palomas volando hacia sus palomares. Son como blancas mariposas. Son precisamente como blancas mariposas.

El Paje de Herodías.– ¡Qué te importa! ¿Por qué la miras? No debes mirarla... Puede suceder algo terrible.

El Capadocio.– (Señalando la cisterna.) ¡Qué extraña prisión!

Segundo Soldado.– Es una vieja cisterna.

El Capadocio.– ¿Una vieja cisterna? Debe de ser muy malsana.

Segundo Soldado.– ¡Oh, no! Por ejemplo, el hermano del Tetrarca, su hermano mayor, el primer marido de la reina Herodías, estuvo preso allí por doce años. Y no murió. Al cabo de los doce años tuvieron que estrangularle.

El Capadocio.– ¿Estrangularle? ¿Quién se atrevió a hacerlo?

Segundo Soldado.– (Señalando al Verdugo, un negro corpulento.) Aquel hombre; Naamán.

El Capadocio.– ¿Y no tuvo miedo?

Segundo Soldado.– ¡Oh, no! El Tetrarca le envió el anillo.

El Capadocio.– ¿Qué anillo?

Segundo Soldado.– El anillo de la muerte. Por eso no tuvo miedo.

El Capadocio.– Aun así, es algo espantoso estrangular a un rey.

Primer Soldado.– ¿Por qué? Los reyes tienen un solo cuello, como todos los hombres.

El Capadocio.– Yo creo que es espantoso.

El Joven Sirio.– ¡La princesa se levanta! ¡Está abandonando la mesa! Se ve muy mal. Viene hacia aquí. Sí, viene hacia nosotros. ¡Qué pálida está! Nunca la había visto tan pálida.

El Paje de Herodías.– No la mires. Te ruego que no la mires.

El Joven Sirio.– Es como una paloma que se ha extraviado... Es como un narciso temblando bajo el viento... Parece una flor plateada. (Entra Salomé.)

Salomé.– No me quedaré. No puedo quedarme. ¿Por qué el Tetrarca me mira todo el tiempo con esos ojos de topo, de inquietos párpados? Es extraño que el marido de mi madre me mire de ese modo. No sé qué querrá decir eso... En realidad, sí lo sé.

El Joven Sirio.– ¿Habéis abandonado el festín, princesa?

Salomé.– ¡Qué fresco está el aire aquí! En este sitio puedo respirar. Allí dentro hay judíos de Jerusalén que se despedazan entre sí discutiendo sobre sus estúpidas ceremonias; y bárbaros que beben y beben, derramando el vino sobre las losas; y griegos de Esmirna, con los ojos y las mejillas pintadas, y con los cabellos encrespados formando rizos; y egipcios silenciosos, taciturnos, con largas uñas de jade y mantos color canela; y romanos, brutales y ordinarios, con su grosero lenguaje. ¡Ah, cómo odio a los romanos! Son burdos y vulgares, y se dan aires de nobles señores.

El Joven Sirio.– ¿Queréis sentaros, princesa?

El Paje de Herodías.– ¿Por qué le hablas? ¿Por qué la miras? ¡Oh, va a suceder algo terrible!

Salomé.– ¡Qué bueno ver la luna! Parece una pequeña moneda. Diríase que es como una pequeña flor plateada. La luna es fría y casta. Estoy segura de que es virgen; tiene la belleza de una virgen. Sí, es una virgen. Nunca se ha mancillado. Nunca se ha abandonado a los hombres como las otras diosas.

La voz de Jokanaán.– ¡El Señor ha llegado! ¡El Hijo del Hombre ha llegado! Los centauros se han escondido en los ríos, y las sirenas han abandonado los ríos y se cobijan bajo las ramas de los bosques.

Salomé.– ¿Quién fue el que gritó eso?

Segundo Soldado.– El profeta, princesa.

Salomé.– ¡Ah, el profeta! ¿Es ese a quien teme el Tetrarca?

Segundo Soldado.– No sabemos nada de eso, princesa. Fue el profeta Jokanaán el que gritó.

El Joven Sirio.– ¿Queréis que pida que os traigan vuestra litera, princesa? La noche es bella en el jardín.

Salomé.– Dice cosas monstruosas acerca de mi madre, ¿verdad?

Segundo Soldado.– Nunca comprendemos lo que dice, princesa.

Salomé.– Sí, dice cosas monstruosas sobre ella. (Entra un Esclavo.)

El Esclavo.– Princesa, el Tetrarca os ruega que regreséis al festín.

Salomé.– No quiero volver.

El Joven Sirio.– Perdonadme, princesa, pero si no regresáis puede ocurrir alguna desgracia.

Salomé.– ¿Es un hombre viejo, este profeta?

El Joven Sirio.– Princesa, sería mejor que retornaseis al festín. Permitidme acompañaros.

Salomé.– El profeta... ¿es un hombre viejo?

Primer Soldado.– No, princesa, es bastante joven.

Segundo Soldado.– No puede asegurarse. Hay quienes dicen que es Elías.

Salomé.– ¿Quién es Elías?

Segundo Soldado.– Un profeta muy antiguo de este país, princesa.

El Esclavo.– ¿Qué respuesta puedo llevar de la princesa al Tetrarca?

La voz de Jokanaán.– No te alboroces, tierra de Palestina, por el que la vara del que te azotaba se haya roto. Pues de la estirpe de la serpiente surgirá un basilisco, y todo lo que de ella nazca devorará a las aves.

Salomé.– ¡Qué voz tan extraña! Me gustaría hablar con él.

Primer Soldado.– Me temo que eso será imposible, princesa. El Tetrarca no quiere que nadie hable con él. Se lo ha prohibido hasta al sumo sacerdote.

Salomé.– Deseo hablar con él.

Primer Soldado.– Es imposible, princesa.

Salomé.– Pues hablaré con él.

El Joven Sirio.– ¿No sería mejor retornar al festín?

Salomé.– Dejad salir al profeta. (Sale el Esclavo.)

Primer Soldado.– No nos atrevemos a obedeceros en eso, princesa.

Salomé.– (Acercándose a la cisterna y mirando hacia abajo.) ¡Qué oscuro está allá abajo! ¡Debe de ser terrible estar en un pozo tan negro! Es como una tumba... (Dirigiéndose a los Soldados.) ¿No me habéis oído? Dejad salir al profeta. Deseo verle.

Segundo Soldado.– Princesa, os lo ruego, no nos pidáis tal cosa.

Salomé.– ¡Me estáis haciendo esperar!

Primer Soldado.– Princesa, nuestras vidas os pertenecen, pero no podemos realizar lo que nos habéis pedido. Y, además, no es a nosotros a quienes debéis pedir eso.

Salomé.– (Mirando al Joven Sirio.) ¡Ah!

El Paje de Herodías.– ¡Oh!, ¿qué va a suceder? Estoy seguro de que ocurrirá alguna desgracia.

Salomé.– (Acercándose al Joven Sirio.) Vos haréis esto por mí, ¿no es cierto, Narraboth? Vos haréis esto por mí. Siempre he sido buena para con vos. ¿No es cierto que haréis esto por mí? Sólo quiero ver a este profeta extraño. ¡Los hombres han hablado tanto de él! Muchas veces he oído hasta al Tetrarca hablar de él. Creo que el Tetrarca le teme. ¿Es que acaso vos, hasta vos, Narraboth, le teméis?

El Joven Sirio.– No le temo en absoluto, princesa; no hay hombre al que yo tema. Pero el Tetrarca ha prohibido terminantemente que se levante la tapa de esa cisterna.

Salomé.– Vos haréis esto por mí, Narraboth, y mañana, cuando pase en mi litera bajo la puerta de los vendedores de ídolos, dejaré caer para vos una pequeña flor, una pequeña flor verde.

El Joven Sirio.– Princesa... no puedo, no puedo.

Salomé.– (Sonriendo.) Vos haréis esto por mí, Narraboth. Bien sabéis que haréis esto por mí. Y mañana, cuando pase en mi litera por el puente de los compradores de ídolos, os miraré a través de las cortinas de muselina; os miraré, Narraboth, y puede que hasta os sonría. Miradme, Narraboth, miradme. ¡Ah!, vos sabéis que haréis lo que os pido. Lo sabéis muy bien... yo sé que lo vais a hacer.

El Joven Sirio.– (Haciendo una señal al Tercer Soldado.) Dejad salir al profeta... La princesa Salomé desea verle.

Salomé.– ¡Ah!

El Paje de Herodías.– ¡Oh, qué extraña se ve la luna! Parece la mano de una mujer muerta que buscase cubrirse con un sudario.

El Joven Sirio.– Sí, tiene un aspecto extraño. Parece una joven princesa cuyos ojos son ojos de ámbar. Está sonriendo por entre las nubes de muselina como una joven princesa. (El Profeta sale de la cisterna. Salomé lo mira y retrocede lentamente.)

Jokanaán.– ¿Dónde está aquel cuya copa de abominaciones se halla rebosante? ¿Dónde está aquel que, vistiendo una túnica argéntea, morirá un día a la vista de todo su pueblo? Decidle que se acerque, para que oiga la voz de uno que ha gritado en los sitios desiertos y en los palacios de los reyes.

Salomé.– ¿De quién está hablando?

El Joven Sirio.– Nunca se sabe, princesa.

Jokanaán.– ¿Dónde está aquella que, habiendo visto las imágenes de unos hombres pintadas en los muros, las imágenes de los caldeos trazadas con colores, se abandonó a la lujuria de sus ojos y envió embajadores a Caldea?

Salomé.– Es de mi madre de quien habla.

El Joven Sirio.– ¡Oh, no, princesa!

Salomé.– Sí, es de mi madre de quien habla.

Jokanaán.– ¿Dónde está aquella que se entregó a los capitanes de Asiria, que lucen tahalíes en sus cinturas y tiaras de diversos colores en sus cabezas? ¿Dónde está aquella que se ha entregado a los jóvenes de Egipto, que se visten con fino lino y púrpura, y cuyos escudos son de oro, cuyos cascos son de plata, cuyos cuerpos son poderosos? Decidle que abandone su lecho de abominaciones, su lecho de incesto, para que oiga las palabras de uno que prepara el camino del Señor, y para que pueda arrepentirse de sus iniquidades. Aunque nunca se arrepentirá, sino que permanecerá adherida a sus abominaciones, decidle que venga, pues el azote del Señor está ya en Su mano.

Salomé.– ¡Oh, él es terrible, terrible!

El Joven Sirio.– No os quedéis aquí, princesa, os lo suplico.

Salomé.– Son por sobre todo sus ojos los que son terribles. Son como negros agujeros dejados por antorchas en un tapiz de Tiro. Son como negras cavernas donde moran dragones. Son como las negras cavernas de Egipto en las cuales los dragones tienen su guarida. Son como negros lagos perturbados por lunas fantásticas... ¿Creéis que volverá a hablar?

El Joven Sirio.– No os quedéis aquí, princesa. Os lo ruego, no os quedéis aquí.

Salomé.– ¡Qué consumido está! Es como una delgada estatua de marfil. Es como una figura de plata. Estoy segura de que es casto como la luna. Es como un rayo de luna, como una flecha de plata. Su carne debe de ser fría como el marfil. Voy a mirarle más de cerca.

El Joven Sirio.– No, no, princesa.

Salomé.– Debo mirarle más de cerca.

El Joven Sirio.– ¡Princesa! ¡Princesa!

Jokanaán.– ¿Quién es esa mujer que me está mirando? No quiero que me mire. ¿Por qué me mira con sus ojos de oro, bajo sus párpados dorados? No sé quién es. No deseo saber quién es. Decidle que se vaya. No es a ella a quien quiero hablar.

Salomé.– Soy Salomé, hija de Herodías, princesa de Judea.

Jokanaán.– ¡Atrás, hija de Babilonia! No te acerques al elegido del Señor. Tu madre ha manchado la tierra con el vino de sus iniquidades, y el clamor de sus pecados ha llegado hasta los oídos de Dios.

Salomé.– Sigue hablando, Jokanaán. Tu voz es vino para mí.

El Joven Sirio.– ¡Princesa! ¡Princesa! ¡Princesa!

Salomé.– ¡Sigue hablando! Sigue hablando, Jokanaán, y dime todo lo que debo hacer.

Jokanaán.– ¡Hija de Sodoma, no te me acerques! Cubre tu rostro con un velo, esparce cenizas sobre tu cabeza, y vete al desierto en busca del Hijo del Hombre.

Salomé.– ¿Quién es él, el Hijo del Hombre? ¿Es tan bello como tú, Jokanaán?

Jokanaán.– ¡Atrás, atrás! Oigo en el palacio el batir de las alas del ángel de la muerte.

El Joven Sirio.– ¡Princesa, os suplico que volváis a entrar!

Jokanaán.– Ángel del Señor, ¿qué haces aquí con tu espada? ¿A quién buscas en este palacio de inmundicias? El día de aquel que morirá con un manto argénteo aún no ha llegado.

Salomé.– ¡Jokanaán!

Jokanaán.– ¿Quién ha hablado?

Salomé.– ¡Jokanaán, estoy enamorada de tu cuerpo! Tu cuerpo es blanco como las azucenas de esos campos que el segador nunca ha segado. Tu cuerpo es blanco como las nieves que cubren las montañas, como las nieves que cubren las montañas de Judea, y que descienden hasta sus valles. Las rosas del jardín de la reina de Arabia no son tan blancas como tu cuerpo. Ni las rosas del jardín de la reina de Arabia, ni los pies de la aurora cuando se deslizan sobre las hojas, ni el pecho de la luna cuando se tiende sobre el pecho del mar. No hay nada en el mundo tan blanco como tu cuerpo... Déjame tocar tu cuerpo.

Jokanaán.– ¡Atrás, hija de Babilonia! Por la mujer vino el mal al mundo. No me vuelvas a hablar. No te escucharé. Sólo escucho la palabra de Dios.

Salomé.– Tu cuerpo es horrendo. Es como el cuerpo de un leproso. Es como un muro de yeso por donde las víboras se han arrastrado; es como un muro de yeso en el cual los escorpiones han hecho sus nidos. Es como un sepulcro blanquecino lleno de cosas abominables. Es horrible, tu cuerpo es horrible... Es de tus cabellos de lo que estoy enamorada, Jokanaán. Tus cabellos son como racimos de uvas, como los racimos de negras uvas que cuelgan de las parras de Edom, en el país de los edomitas. Tus cabellos son como los cedros del Líbano, como los grandes cedros del Líbano que dan sombra a los leones y a los malhechores que se esconden durante el día. Las largas noches negras, cuando la luna oculta su rostro, cuando las estrellas sienten temor, no son tan negras como tus cabellos. El silencio que mora en los bosques tampoco lo es. No hay nada en el mundo tan negro como tus cabellos... Déjame tocar tus cabellos.

Jokanaán.– ¡Atrás, hija de Sodoma! No me toques. No profanes el templo del Señor.

Salomé.– Tus cabellos son horribles. Están cubiertos de lodo y polvo. Son como una corona de espinas colocada sobre tu frente. Son como una maraña de negras serpientes retorciéndose alrededor de tu cuello. No me gustan tus cabellos... Es tu boca lo que deseo, Jokanaán. Tu boca es como una banda escarlata en una torre de marfil. Es como una granada abierta con un cuchillo de marfil. Las flores de los granados que crecen en los jardines de Tiro, y que son más rojas que las rosas, no son tan rojas como tu boca. Las rojas notas de las trompetas que anuncian la llegada de los reyes, y que amedrentan al enemigo, tampoco lo son. Tu boca es más roja que los pies que pisan la uva en los lagares. Tu boca es más roja que las patas de las palomas que frecuentan los templos y son alimentadas por los sacerdotes. Es más roja que los pasos de aquel que llega de la selva donde ha dado muerte al león y donde ha visto tigres dorados. Tu boca es como una rama de coral que los pescadores han recogido en el crepúsculo del mar, el coral que guardan para los reyes. Es como el bermellón que los moabitas encuentran en las minas de Moab, el bermellón que los reyes les arrebatan. Es como el arco del rey de los persas, que está pintado con bermellón y que tiene puntas de coral. No hay nada en el mundo tan rojo como tu boca... Déjame besar tu boca.

Jokanaán.– ¡Nunca, hija de Babilonia, hija de Sodoma! ¡Nunca!

Salomé.– Besaré tu boca, Jokanaán. Besaré tu boca.

El Joven Sirio.– ¡Princesa, princesa, vos que sois como un jardín de mirra, vos que sois la paloma de entre todas las palomas, no miréis a ese hombre, no le miréis! ¡No le digáis semejantes cosas! No puedo soportarlas... princesa, princesa, no digáis semejantes cosas.

Salomé.– Besaré tu boca, Jokanaán.

El Joven Sirio.– ¡Ah! (Se da muerte con su espada y cae entre Salomé y Jokanaán.)

El Paje de Herodías.– ¡El joven sirio se ha matado! ¡El joven capitán se ha dado muerte! ¡Se ha matado el que era mi amigo! ¡Yo le regalé una pequeña redoma de perfume y unos aros de plata, y ahora se ha matado! ¡Ah!, ¿no predijo él que ocurriría alguna desgracia? Yo también lo predije, y ha ocurrido. Sí, yo sabía que la luna estaba buscando un muerto, pero no imaginé que era a él a quien buscaba. ¡Ah!, ¿por qué no le escondí de la luna? Si lo hubiese escondido en una caverna, ella no le habría visto.

Primer Soldado.– Princesa, el joven capitán se acaba de matar.

Salomé.– Déjame besar tu boca, Jokanaán.

Jokanaán.– ¿No tienes miedo, hija de Herodías? ¿No te dije, acaso, que había oído en el palacio el batir de las alas del ángel de la muerte; y no ha venido él, el ángel de la muerte?

Salomé.– Déjame besar tu boca.

Jokanaán.– Hija del adulterio, sólo hay uno que puede salvarte, y es aquel de quien te hablé. Ve a buscarle. Está en una barca en el mar de Galilea, y habla a sus discípulos. Arrodíllate a la orilla del mar y llámale por su nombre. Cuando vaya hacia ti, pues va hacia todos los que le invocan, inclínate a sus pies y pídele la remisión de tus pecados.

Salomé.– Déjame besar tu boca.

Jokanaán.– ¡Maldita seas tú! ¡Hija de una madre incestuosa, maldita seas!

Salomé.– Besaré tu boca, Jokanaán.

Jokanaán.– No quiero verte. No voy a mirarte; estás maldita, Salomé, estás maldita. (Se reintroduce en la cisterna.)

Salomé.– Besaré tu boca, Jokanaán. Besaré tu boca.

Primer Soldado.– Debemos llevar el cadáver a otro lugar. Al Tetrarca no le gusta ver cuerpos muertos, como no sean los cuerpos de aquellos que él mismo haya matado.

El Paje de Herodías.– Era como mi hermano, y aún más que un hermano. Yo le regalé una pequeña redoma llena de perfume, y un anillo de ágata que siempre llevaba puesto. Al anochecer solíamos caminar junto al río, entre los almendros, y él me contaba cosas de su país. Siempre hablaba muy bajo. El tono de su voz era similar al sonido de la flauta de un flautista. También amaba mucho contemplar su propio reflejo en el río. Yo solía reprenderle por esa costumbre.

Segundo Soldado.– Tienes razón: debemos esconder el cadáver. El Tetrarca no debe verlo.

Primer Soldado.– El Tetrarca no vendrá aquí. Nunca sale a la terraza. Le teme demasiado al profeta. (Entran Herodes, Herodías y toda la Corte.)

Herodes.– ¿Dónde está Salomé? ¿Dónde está la princesa? ¿Por qué no regresó al banquete como se lo ordené? ¡Ah! ¡Allí está!

Herodías.– No debes mirarla. Siempre la estás mirando.

Herodes.– La luna tiene un aspecto extraño esta noche. ¿No tiene un aspecto extraño? Es como una mujer loca, una mujer loca que está buscando amantes por todas partes. Está desnuda, también. Está completamente desnuda. Las nubes están tratando de cubrir su desnudez, pero ella no lo permitirá. Se muestra desnuda en el cielo. Se tambalea por entre las nubes como una mujer ebria... estoy seguro de que está buscando amantes. ¿No se tambalea como una mujer ebria? Parece una mujer loca, ¿no?

Herodías.– No; la luna se parece a la luna, eso es todo. Entremos... no tienes nada que hacer aquí.

Herodes.– ¡Me quedaré aquí! Manesseh, tended alfombras allí. Encended antorchas, y traed las mesas de marfil y las mesas de jaspe. El aire aquí es delicioso. Beberé más vino con mis invitados. Debemos rendir todos los honores a los embajadores del César.

Herodías.– No es a causa de ellos que te quedas aquí.

Herodes.– Sí, el aire es delicioso. Ven, Herodías, nuestros huéspedes nos esperan. ¡Ah! ¡Me he resbalado! ¡Me he resbalado con sangre! Esto es de mal agüero. Esto es de muy mal agüero. ¿Por qué hay sangre aquí?... Y este cuerpo, ¿qué hace este cuerpo aquí? ¿Creéis que soy como el rey de Egipto, que no da jamás un banquete a sus invitados sin mostrarles un cadáver? ¿Quién es? No quiero mirarle.

Primer Soldado.– Es nuestro capitán, señor. Es el joven sirio que ascendisteis a capitán hace sólo tres días.

Herodes.– No di orden de que le matasen.

Segundo Soldado.– Él mismo se ha dado muerte, señor.

Herodes.– ¿Por qué? Le hice capitán.

Segundo Soldado.– No lo sabemos, señor. Pero él mismo se ha dado muerte.

Herodes.– Eso me parece extraño. Creía que sólo eran los filósofos romanos los que se mataban a sí mismos. ¿No es cierto, Tigellinus, que los filósofos de Roma se matan a sí mismos?

Tigellinus.– Hay algunos que se matan, señor. Son los estoicos. Los estoicos son gente muy vulgar. Son gente ridícula. Yo los veo como totalmente ridículos.

Herodes.– Yo también. Es ridículo matarse uno mismo.

Tigellinus.– Todos en Roma se ríen de ellos. El Emperador ha escrito una sátira en su contra. Se la recita por todas partes.

Herodes.– ¡Ah!, ¿ha escrito una sátira en su contra? El César es maravilloso. Puede hacerlo todo... Es extraño que el joven sirio se haya dado muerte. Me entristece que lo haya hecho. Me entristece mucho, porque era bello. Era muy bello. Tenía ojos muy lánguidos. Recuerdo que advertí que miraba a Salomé muy lánguidamente. A decir verdad, creo que la miraba demasiado.

Herodías.– Hay otros que también la miran demasiado.

Herodes.– Su padre había sido un rey. Yo le arrojé fuera de su reino; y tú hiciste de su madre, que había sido reina, una esclava, Herodías. Así que él estaba aquí como mi huésped, y por esa razón le hice capitán. Me entristece que haya muerto. ¡Hey!, ¿por qué habéis dejado el cadáver aquí? No quiero verle... ¡lleváoslo! (Se llevan el cuerpo.) Hace frío aquí. Está soplando un viento. ¿No está soplando un viento?

Herodías.– No, no hay viento.

Herodes.– Te digo que sopla un viento... Y oigo en el aire algo que suena como un batir de alas, como un batir de vastas alas. ¿No lo oís?

Herodías.– Yo no oigo nada.

Herodes.– Ya no se oye. Pero yo lo oí. Era el soplar del viento, indudablemente. Ya ha pasado. ¡Pero no!, lo oigo de nuevo. ¿No lo oís? Es precisamente como un batir de alas.

Herodías.– Te digo que no hay nada. Estás enfermo. Volvamos adentro.

Herodes.– No estoy enfermo. Es tu hija la que está enferma. Tiene el semblante de una persona enferma. Nunca la había visto tan pálida.

Herodías.– Ya te he dicho que no la mires.

Herodes.– ¡Escanciadme más vino! (Traen vino.) Salomé, ven, bebe un poco de vino conmigo. Tengo aquí un vino que es exquisito. El mismo César me lo ha enviado. Moja tus pequeños labios rojos en él y yo vaciaré luego toda la copa.

Salomé.– No tengo sed, Tetrarca.

Herodes.– (A Herodías.) ¿Has oído la forma en la que me ha contestado tu hija?

Herodías.– Hace bien. ¿Por qué estás siempre mirándola?

Herodes.– ¡Traedme frutas maduras! (Traen frutas.) Salomé, ven, come frutas conmigo. Adoro ver en la fruta la marca de tus pequeños dientes. Muerde un pedacito de esta fruta y yo comeré todo lo que de ella quede.

Salomé.– No tengo hambre, Tetrarca.

Herodes.– (A Herodías.) ¡Mira de la manera en que has educado a tu hija!

Herodías.– Mi hija y yo venimos de estirpe real. En cuanto a ti, tu abuelo era un conductor de camellos. Y también un ladrón.

Herodes.– ¡Mientes!

Herodías.– Bien sabes que digo la verdad.

Herodes.– Salomé, ven y siéntate junto a mí. Te cederé el trono de tu madre.

Salomé.– No estoy cansada, Tetrarca.

Herodías.– Ya ves la estima que te tiene.

Herodes.– Traedme... ¿qué es lo que quiero? Lo he olvidado. ¡Ah!, ya me acuerdo.

La voz de Jokanaán.– ¡Ved, el tiempo ha llegado! ¡Lo que predije ha sucedido; me lo dice el Señor! ¡He aquí el día del que he hablado!

Herodías.– Hacedle callar. No quiero oír su voz. Ese hombre siempre está vomitando insultos contra mí.

Herodes.– No ha dicho nada contra ti. Además, es un gran profeta.

Herodías.– No creo en los profetas. ¿Cómo puede un hombre predecir lo que va a suceder? Nadie puede saber lo que va a suceder. Por otra parte, siempre me está insultando. Pero creo que le temes... Sí, sé muy bien que le temes.

Herodes.– No le temo. Yo no le temo a nadie.

Herodías.– Te digo que le temes. Si no le temes, ¿por qué no lo entregas a los judíos, que desde hace seis meses están pidiendo por él?

Un Judío.– En efecto, señor, sería mejor que lo dejaseis en nuestras manos.

Herodes.– Basta con este tema. Ya conocéis mi resolución. No lo dejaré en vuestras manos. Es un hombre santo. Es un hombre que ha visto a Dios.

El Judío.– Tal cosa no es posible. Ningún hombre ha visto a Dios después del profeta Elías. Él es el último hombre que ha visto a Dios. En estos tiempos Dios ya no se muestra. Él se oculta. Y por eso han caído grandes males sobre la tierra.

Otro Judío.– A decir verdad, no se sabe si Elías vio realmente a Dios. Quizás fue sólo la sombra de Dios lo que vio.

Un Tercer Judío.– Dios nunca se oculta. Se muestra todo el tiempo y en todas las cosas. Dios está en lo que es malo, así como está en lo que es bueno.

Un Cuarto Judío.– Eso no debe decirse. Es una doctrina muy peligrosa. Es una doctrina que proviene de las escuelas de Alejandría, donde los hombres enseñan la filosofía de los griegos. Y los griegos son paganos. Ni siquiera están circuncidados.

Un Quinto Judío.– Nadie puede decir cómo se manifiesta Dios. Sus caminos son misteriosos. Puede ser que aquello que llamamos el mal sea el bien, y que aquello que llamamos el bien sea el mal. No sabemos nada. Debemos someternos a todo, pues Dios es poderoso. Puede hacer pedazos tanto al fuerte como al débil, pues nadie le importa.

El Primer Judío.– Tú dices la verdad. Dios es terrible. Destruye al fuerte y al débil del mismo modo en que el hombre aplasta el grano en un mortero. Pero este hombre nunca ha visto a Dios. Ningún hombre ha visto a Dios después del profeta Elías.

Herodías.– Hazlos callar. Me cansan.

Herodes.– Pero yo he oído decir que el mismo Jokanaán es vuestro profeta Elías.

El Judío.– Tal cosa no es posible. Han pasado más de trescientos años desde los tiempos del profeta Elías.

Herodes.– Hay algunos que dicen que este hombre es el profeta Elías.

Un Nazareno.– Estoy seguro de que es el profeta Elías.

El Judío.– No, no es el profeta Elías.

La voz de Jokanaán.– ¡El día ha llegado, el día del Señor! ¡Ya oigo en las montañas los pasos de aquel que será el Salvador del mundo!

Herodes.– ¿Qué quiere decir con eso del Salvador del mundo?

Tigellinus.– Es un título que el César ha adoptado.

Herodes.– Pero el César no está viniendo a Judea. Ayer mismo recibí mensajes de Roma. No decían nada al respecto. Y tú, Tigellinus, que estuviste en Roma durante este invierno, no oíste nada tampoco, ¿verdad?

Tigellinus.– No, señor, no oí nada al respecto. Sólo estaba buscándole significado al título. Es uno de los títulos del César.

Herodes.– Pero el César no puede venir. Le afecta mucho la gota. Dicen que sus pies se ven como los pies de un elefante. Además, existen razones de Estado. El que deja Roma la pierde. Él no vendrá. Pero en fin, César es el señor, y vendrá si así lo desea. Sin embargo, no creo que lo haga.

Primer Nazareno.– No fue en referencia al César que el profeta dijo esas palabras, señor.

Herodes.– ¿No?

Primer Nazareno.– No, señor.

Herodes.– ¿Y en referencia a quién, entonces?

Primer Nazareno.– En referencia al Mesías, que ha llegado.

Un Judío.– El Mesías no ha llegado.

Primer Nazareno.– Ha llegado, y obra milagros por todas partes.

Herodías.– ¡Ja!, ¡milagros! No creo en los milagros. Ya he visto demasiados. (Al Paje.) ¡Mi abanico!

Primer Nazareno.– Este hombre realiza verdaderos milagros. Por ejemplo, en unas bodas que se celebraban en un pequeño pueblo de Galilea, en un pueblo de cierta importancia, convirtió el agua en vino. Algunas personas que estaban presentes me lo contaron. También curó a dos leprosos que estaban sentados a las puertas de Cafarnaún con sólo tocarlos.

Segundo Nazareno.– No; eran ciegos los que curó en Cafarnaún.

Primer Nazareno.– No; eran leprosos. Pero también ha curado ciegos, y fue visto en una montaña hablando con ángeles.

Un Saduceo.– Los ángeles no existen.

Un Fariseo.– Sí existen, pero yo no creo que este hombre haya hablado con ellos.

Primer Nazareno.– Fue visto por una gran multitud hablando con ángeles.

El Saduceo.– Con ángeles no.

Herodías.– ¡Cómo me cansan estos hombres! Son ridículos. Son totalmente ridículos. (Al Paje.) ¿Y bien?, ¡mi abanico! (El Paje le alcanza el abanico.) Tienes la mirada de un soñador; no debes soñar. Es sólo la gente enferma la que sueña. (Golpea al Paje con el abanico.)

Segundo Nazareno.– También está el milagro de la hija de Jairus.

Primer Nazareno.– Sí, es cierto. Nadie puede negar eso.

Herodías.– Estos hombres están locos. Han mirado demasiado la luna. Ordénales callar.

Herodes.– ¿Qué milagro es ese, el de la hija de Jairus?

Primer Nazareno.– La hija de Jairus estaba muerta. Él la resucitó de entre los muertos.

Herodes.– ¿Resucita a los muertos?

Primer Nazareno.– Sí, señor. Resucita a los muertos.

Herodes.– No me gusta que haga semejante cosa. Le prohibiré que lo siga haciendo. No permito a nadie resucitar a los muertos. Hay que buscar a ese hombre para decirle que le prohíbo resucitar a los muertos. ¿Dónde se encuentra ahora?

Segundo Nazareno.– Está en todas partes, señor, pero es difícil encontrarle.

Primer Nazareno.– Se dice que ahora se encuentra en Samaria.

Un Judío.– Es fácil ver que no es el Mesías, si se encuentra en Samaria. No será a los samaritanos a quienes vendrá el Mesías. El Señor maldijo a los samaritanos. Nunca llevan ofrendas al templo.

Segundo Nazareno.– Ya hace varios días que dejó Samaria. Creo que ahora debe de hallarse por los alrededores de Jerusalén.

Primer Nazareno.– No, no está allá. Acabo de llegar justamente de Jerusalén, y hace ya dos meses que no saben nada de él.

Herodes.– ¡No importa! Pero encontradlo, y decidle de mi parte que le prohíbo resucitar a los muertos. Convertir el agua en vino, curar a los leprosos y a los ciegos... puede hacer esas cosas si lo desea. No tengo nada contra ello. A decir verdad, creo que es algo bueno curar a un leproso. Pero no permitiré a nadie resucitar a los muertos. Sería terrible que los muertos regresasen.

La voz de Jokanaán.– ¡Ah, la lasciva, la ramera! ¡Ah, la hija de Babilonia, con sus ojos de oro y sus párpados dorados! Así dijo el Señor: ¡Que caiga sobre ella una multitud de hombres! ¡Que el pueblo tome piedras y la lapide!...

Herodías.– ¡Ordénale callar!

La voz de Jokanaán.– ... ¡Que los capitanes de guerra la atraviesen con sus espadas! ¡Que la aplasten bajo sus escudos!...

Herodías.– ¡Es infame!

La voz de Jokanaán.– ... Así haré desaparecer todas las perversiones de la tierra, y así aprenderán todas las mujeres a no imitar sus abominaciones.

Herodías.– ¿No oyes lo que dice contra mí? ¿Le permites insultar a tu esposa?

Herodes.– No ha pronunciado tu nombre.

Herodías.– ¿Y eso qué importa? Sabes muy bien que es a mí a quien trata de insultar. Y soy tu esposa, ¿no?

Herodes.– Ciertamente, querida y noble Herodías, eres mi esposa; y antes has sido la esposa de mi hermano.

Herodías.– Fuiste tú quien me arrancó de sus brazos.

Herodes.– Ciertamente, yo era más fuerte que él... Pero no hablemos de eso. No deseo hablar de eso. Es la causa de las terribles palabras que el profeta ha pronunciado. Posiblemente suceda por ello alguna desgracia. No hablemos más de eso. Noble Herodías, nos estamos olvidando de nuestros invitados. Llena mi copa, mi bienamada. Llena con vino las grandes copas de plata y las grandes copas de cristal. Beberé a la salud del César. Hay romanos aquí; debemos beber a la salud del César.

Todos.– ¡César! ¡César!

Herodes.– ¿Notas lo pálida que está tu hija?

Herodías.– ¿Y qué te importa a ti si está pálida o no?

Herodes.– Nunca la había visto tan pálida.

Herodías.– No debes mirarla.

La voz de Jokanaán.– Ese día el sol se pondrá negro como un saco de terciopelo, y la luna se pondrá roja como la sangre, y las estrellas del cielo caerán sobre la tierra como higos maduros, y los reyes de la tierra tendrán miedo.

Herodías.– ¡Ah, ah! Me gustaría ver ese día del que habla, en el que la luna se pondrá roja como la sangre y las estrellas caerán sobre la tierra como higos maduros. Este profeta habla como un hombre ebrio... pero no soporto el sonido de su voz. Odio su voz. Ordénale callar.

Herodes.– No lo haré. No puedo entender qué es lo que quiere decir, pero podría ser un presagio.

Herodías.– No creo en los presagios. Habla como un hombre ebrio.

Herodes.– Puede ser que se haya embriagado con el vino de Dios.

Herodías.– ¿Qué clase de vino es ese, el vino de Dios? ¿En qué viñedos se cosecha? ¿En qué lagares puede se lo puede encontrar?

Herodes.– (Sin apartar de ahora en adelante los ojos de Salomé.) Tigellinus, cuando estuvisteis en Roma esta última vez, ¿os habló el Emperador respecto de...?

Tigellinus.– ¿Respecto de qué, señor?

Herodes.– ¿Respecto de qué? ¡Ah! ¿Os pregunté algo, no? He olvidado qué es lo que quería preguntaros.

Herodías.– Ya estás otra vez mirando a mi hija. No debes mirarla. Ya te lo he dicho.

Herodes.– No sabes decir otra cosa.

Herodías.– Y te lo seguiré diciendo.

Herodes.– Y sobre esa restauración del Templo de la que tanto se ha hablado, ¿llegará a hacerse algo? Dicen que el velo del Santuario ha desaparecido, ¿no es así?

Herodías.– ¡Tú mismo fuiste quien lo robó! Estás diciendo cosas al azar. No me quedaré aquí. Entremos.

Herodes.– Baila para mí, Salomé.

Herodías.– No permitiré que baile.

Salomé.– No tengo ganas de bailar, Tetrarca.

Herodes.– Salomé, hija de Herodías, baila para mí.

Herodías.– Déjala en paz.

Herodes.– Te ordeno que bailes, Salomé.

Salomé.– No bailaré, Tetrarca.

Herodías.– (Riendo.) Ya ves cómo te obedece.

Herodes.– ¿Qué me importa si baila o no? Tal cosa no significa nada para mí. Esta noche me siento feliz, me siento inmensamente feliz. Nunca me había sentido tan feliz.

Primer Soldado.– El Tetrarca tiene un aspecto sombrío. ¿No tiene un aspecto sombrío?

Segundo Soldado.– Sí, tiene un aspecto sombrío.

Herodes.– ¿Por qué no habría de sentirme feliz? El César, que es el señor del mundo, el señor de todas las cosas, me aprecia mucho. Acaba de enviarme obsequios verdaderamente preciosos. También me ha prometido convocar a Roma al rey de Capadocia, que es mi enemigo. Es posible que en Roma le crucifique, pues él puede hacer lo que quiera. En verdad, César es el señor. Así pues, ya veis que tengo motivo para sentirme feliz. Ciertamente, me siento muy feliz. Nunca me había sentido tan feliz. No hay nada en el mundo que pueda ensombrecer mi felicidad.

La voz de Jokanaán.– Él se sentará en este trono. Estará vestido en escarlata y púrpura. Tendrá en su mano una copa dorada rebosante de sus blasfemias. Y el ángel del Señor lo castigará. Y será devorado por los gusanos.

Herodías.– Ya oyes lo que dice de ti. Dice que serás devorado por los gusanos.

Herodes.– No es de mí de quien habla. Nunca dice nada contra mí. Es del rey de Capadocia de quien habla; del rey de Capadocia, que es mi enemigo. Es él quien será devorado por los gusanos, no yo. Nunca ha dicho nada contra mí, este profeta, salvo en que he pecado al tomar como esposa a la esposa de mi hermano. Puede que tenga razón. Pues, ciertamente, eres estéril.

Herodías.– ¿Yo soy estéril? ¿Yo? ¿Y lo dices tú, tú que estás siempre mirando a mi hija, tú que le pides que baile para tu deleite? Es absurdo. Yo he tenido una hija. Tú no has engendrado un solo hijo, no, ni siquiera con alguna de tus esclavas. Tú eres el estéril, no yo.

Herodes.– ¡Cálmate, mujer! Te digo que eres estéril. No me has dado un solo hijo, y el profeta dice que nuestro matrimonio no es un verdadero matrimonio. Dice que es un matrimonio incestuoso, un matrimonio que acarreará desgracias... y temo que tenga razón. Estoy seguro de que tiene razón. Pero no es éste el momento para hablar de tales cosas. Ahora sólo quiero ser feliz. En verdad, soy feliz. No me falta nada.

Herodías.– Me alegra que estés de tan buen humor esta noche. No es tu costumbre. Pero ya es tarde. Entremos. No olvides que al amanecer saldremos de cacería. Debemos rendir todos los honores a los embajadores del César, ¿no es así?

Segundo Soldado.– ¡Qué aspecto tan sombrío tiene el Tetrarca!

Primer Soldado.– Sí, tiene un aspecto sombrío.

Herodes.– Salomé, Salomé, baila para mí. Te ruego que bailes para mí. Esta noche me siento triste, me siento hondamente triste. Cuando llegué aquí, me resbalé con sangre, lo que es de mal agüero; y luego oí, estoy seguro de ello, un batir de alas en el aire, un batir de vastas alas. No sé qué podrá significar... pero me siento triste esta noche. Baila para mí. Baila para mí, Salomé, te lo suplico. Si bailas para mí, podrás pedirme lo que quieras y te lo daré. Baila para mí, Salomé, y te daré lo que quieras, aun si es la mitad de mi reino.

Salomé.– (Levantándose.) ¿En serio me darás cualquier cosa que te pida, Tetrarca?

Herodías.– No bailes, hija mía.

Herodes.– Todo, hasta la mitad de mi reino.

Salomé.– ¿Lo juras, Tetrarca?

Herodes.– Lo juro, Salomé.

Herodías.– No bailes, hija mía.

Salomé.– ¿Por qué cosa lo juras, Tetrarca?

Herodes.– Por mi vida, por mi corona, por mis dioses. Cualquier cosa que me pidas te la daré, hasta la mitad de mi reino, si tan sólo bailas para mí. ¡Oh, Salomé, Salomé, baila para mí!

Salomé.– Has jurado, Tetrarca.

Herodes.– He jurado, Salomé.

Salomé.– ¿Todo lo que te pida, hasta la mitad de tu reino?

Herodías.– Hija mía, no bailes.

Herodes.– Hasta la mitad de mi reino. Serías más que hermosa como reina, Salomé, si es que se te ocurre pedirme la mitad de mi reino. ¿No es cierto que sería hermosa como reina?... ¡Ah! ¡Hace frío aquí! Sopla un viento helado, y oigo... ¿por qué oigo ese batir de alas en el aire? Parece como si un ave, una enorme ave negra, se cerniese sobre la terraza. ¿Por qué no puedo verla? El batir de sus alas es terrible. El viento que sus alas levantan es terrible. Es un viento frío. Pero no, no hace frío; hace calor. Me ahogo. Echad agua en mis manos. Dadme a comer nieve. Quitadme el manto. ¡Rápido, rápido! ¡Quitadme el manto! No, mejor dejadlo. Es mi corona la que me lastima, mi corona de rosas. Estas flores parecen ser de fuego. Han quemado mi frente. (Se arranca la guirnalda de la cabeza y la arroja sobre la mesa.) ¡Ah! Ahora sí puedo respirar. ¡Qué rojos son esos pétalos! Son como manchas de sangre sobre el mantel. Pero no importa. No se deben buscar símbolos en todo lo que se ve. La vida se volvería imposible. Es mejor decir que las manchas de sangre son tan hermosas como pétalos de rosa. O es mejor aún decir que... Pero no hablemos de esto. Ahora me siento feliz, me siento profundamente feliz. ¿No es verdad que tengo motivo para sentirme feliz? Tu hija va a bailar para mí. ¿No es cierto que bailarás para mí, Salomé? Prometiste que bailarías para mí.

Herodías.– No permitiré que baile.

Salomé.– Bailaré para ti, Tetrarca.

Herodes.– Ya oyes lo que tu hija dice. Va a bailar para mí. Haces bien en bailar para mí, Salomé. Y, cuando hayas bailado para mí, no olvides pedirme cualquier cosa que desees. Lo que sea que desees yo te lo daré, hasta la mitad de mi reino. Lo he jurado, ¿verdad?

Salomé.– Lo has jurado, Tetrarca.

Herodes.– Y nunca he faltado a mi palabra. No soy de esos que rompen sus juramentos. Nunca supe mentir. Soy esclavo de mi palabra, y mi palabra es la palabra de un rey. El rey de Capadocia siempre miente, pero él no es un verdadero rey. Es un cobarde. Además me debe una suma de dinero que nunca me pagará. Ha llegado, incluso, a insultar a mis embajadores. Ha dicho palabras ofensivas. Pero el César le crucificará en cuanto llegue a Roma. Estoy seguro de que el César le crucificará. Y, si no es así, de todos modos pronto morirá, devorado por los gusanos. El profeta lo ha vaticinado. ¡Bueno! ¿Por qué te demoras, Salomé?

Salomé.– Espero a que mis esclavas me traigan mis perfumes y los siete velos, y me quiten las sandalias. (Llegan las Esclavas con perfumes y los siete velos, y quitan a Salomé sus sandalias.)

Herodes.– ¡Ah, vas a bailar con los pies descalzos! Está muy bien, está muy bien. Tus pequeños pies serán como blancas palomas. Serán como blancas flores meciéndose sobre las ramas de los árboles... ¡Pero no, no! ¡Va a bailar sobre sangre! ¡Hay sangre derramada en el suelo! No debe bailar sobre sangre. Sería de muy mal agüero.

Herodías.– ¿Y qué significa para ti que baile sobre sangre? Tú mismo la has pisado incontables veces...

Herodes.– ¿Qué significa para mí? ¡Ah, ved la luna! ¡Se ha puesto roja! ¡Se ha puesto roja como la sangre! ¡El profeta lo había predicho! Él predijo que la luna se pondría roja como la sangre. ¿No es cierto que lo predijo? Todos vosotros lo habéis oído. Y ahora la luna se ha puesto roja como la sangre. ¿No lo veis?

Herodías.– Oh, sí, ya lo veo; y las estrellas están cayendo como higos maduros, ¿no es así? Y el sol se ha puesto negro como un saco de terciopelo, y los reyes de la tierra tienen miedo. Por lo menos esto último podemos verlo. El profeta, por una vez en su vida, ha tenido razón: los reyes de la tierra tienen miedo... Entremos. Estás enfermo. En Roma van a decir que estás loco. Entremos, te digo.

La voz de Jokanaán.– ¿Quién es aquel que viene de Edom, aquel que viene de Bosra, cuyas vestiduras están teñidas de púrpura, que brilla en la belleza de sus vestimentas, que camina poderoso en su grandeza? ¿Por qué sus vestiduras están manchadas de escarlata?

Herodías.– Entremos. La voz de ese hombre me está volviendo loca. No permitiré que mi hija baile mientras él está así gritando sin cesar. No permitiré que baile mientras tú la estás mirando de esa manera. En una palabra, no permitiré que baile.

Herodes.– No te levantes, oh esposa, reina mía, pues no te valdrá de nada. No entraré en tanto ella no haya bailado. Baila, Salomé, baila para mí.

Herodías.– No bailes, hija mía.

Salomé.– Estoy lista, Tetrarca. (Salomé baila la danza de los siete velos.)

Herodes.– ¡Ah, maravilloso, maravilloso! Ya ves que ha bailado para mí, tu hija. Acércate, Salomé, acércate, para que pueda darte tu recompensa. ¡Ah, yo pago bien a mis bailarinas! A ti te pagaré magníficamente. Te daré cualquier cosa que me pidas. ¿Qué es lo que quieres? Habla.

Salomé.– (Arrodillándose.) Quiero que me traigan de inmediato, en una bandeja de plata...

Herodes.– (Riendo.) ¿En una bandeja de plata? Claro, sí, en una bandeja de plata. Es encantadora, ¿verdad? ¿Qué es lo que quieres en una bandeja de plata, oh dulce y hermosa Salomé, tú que eres la más hermosa de entre todas las hijas de Judea? ¿Qué quieres que te sea traído en una bandeja de plata? Dímelo. Lo que quiera que sea, te será traído. Mis tesoros te pertenecen. ¿Qué cosa es, Salomé?

Salomé.– (Poniéndose de pie.) La cabeza de Jokanaán.

Herodías.– ¡Ah, bien, bien dicho, hija mía!

Herodes.– ¡No, no!

Herodías.– ¡Muy bien dicho, hija mía!

Herodes.– ¡No, no, Salomé! ¡No me pidas eso! ¡No escuches la voz de tu madre! Siempre te está dando malos consejos. No le prestes oído.

Salomé.– No le he prestado oído a ella. Es para mi propio placer que pido la cabeza de Jokanaán en una bandeja de plata. Has jurado, Herodes. No olvides que has jurado.

Herodes.– Lo sé. He jurado por mis dioses. Lo sé muy bien. Pero te ruego, Salomé, que me pidas cualquier otra cosa. Pídeme la mitad de mi reino y te la daré. ¡Pero no me pidas lo que me has pedido!

Salomé.– Te pido la cabeza de Jokanaán.

Herodes.– ¡No, no, no quiero!

Salomé.– Has jurado, Herodes.

Herodías.– Sí, has jurado. Todos te oyeron jurar. Hiciste tu juramento delante de todos.

Herodes.– ¡Cállate! ¡No es contigo con quien hablo!

Herodías.– Mi hija ha hecho bien en pedirte la cabeza de Jokanaán. Él me ha cubierto de insultos. Ha dicho cosas monstruosas en contra de mí. Puede verse que ella ama mucho a su madre. No cedas, hija mía. Él ha jurado, él ha jurado.

Herodes.– ¡Calla, no me hables!... Ven, Salomé, ven, tenemos que ser razonables, ¿no es cierto? ¿No es cierto que tenemos que ser razonables? Nunca me he mostrado severo contigo. Siempre te he amado... Puede que te haya amado demasiado. Por eso, no me pidas semejante cosa. Es algo terrible, algo espantoso de pedir... Vamos, de seguro estás bromeando. La cabeza de un hombre separada de su cuerpo es algo feo de ver, ¿o no? No es conveniente que los ojos de una virgen vean semejante cosa. ¿Qué placer podrías encontrar en ello? Ninguno. No, no, no es eso lo que deseas. Escúchame. Tengo una esmeralda, una gran esmeralda redonda, que el favorito del César me ha enviado. Si miras a través de esta esmeralda puedes ver cosas que están sucediendo a una enorme distancia. El mismo César lleva una esmeralda igual cuando va al circo. Pero mi esmeralda es más grande que la suya. Sé muy bien que es mucho más grande. Es la esmeralda más grande del mundo entero. A ti te gustaría, ¿no es cierto? Pídemela y te la daré.

Salomé.– Exijo la cabeza de Jokanaán.

Herodes.– No, no estás escuchando. No estás escuchando. Déjame hablar, Salomé.

Salomé.– La cabeza de Jokanaán.

Herodes.– No, no, no es eso lo que deseas. Lo dices para atormentarme porque te he estado mirando toda la noche. Es cierto, te he estado mirando toda la noche. Tu belleza me trastornaba. Tu belleza me ha trastornado cruelmente, y te he mirado demasiado. Pero ya no te miraré más. Uno no debe mirar demasiado ni a las cosas ni a las personas. Sólo a los espejos hay que mirar, pues los espejos sólo muestran nuestras máscaras. ¡Oh, oh, traedme vino! ¡Me muero de sed!... Salomé, Salomé, seamos amigos. Ven. ¡Ah!, ¿qué iba a decir? ¿Qué era? ¡Ah! Ya me acuerdo... Salomé; no, pero acércate más; temo que no me escuches. Salomé, tú conoces mis pavos reales blancos, mis hermosos pavos reales blancos, que se pasean por el jardín, entre los mirtos y los altos cipreses. Sus picos están dorados con oro puro, y los granos que comen están dorados con oro puro también, y sus patas están pintadas con púrpura. Cuando ellos gritan, la lluvia cae; y la luna aparece en los cielos en cuanto despliegan sus colas. Se pasean siempre de a dos entre los cipreses y los negros mirtos, y cada uno tiene un esclavo que lo atiende. A veces vuelan entre los árboles, y luego se echan en el pasto o a orillas del lago. No hay en todo el mundo aves tan bellas como éstas. No hay rey en el mundo que posea aves tan maravillosas como éstas. Estoy seguro de que ni el César tiene aves tan magníficas como las mías. Te daré cincuenta de mis pavos reales. Te seguirán a donde quiera que vayas, y en medio de ellos serás como la luna en medio de una gran nube blanca... Te los daré todos. Sólo tengo cien, y en todo el mundo no hay rey que tenga pavos reales semejantes a los míos. Pero te los daré todos. Tan sólo debes librarme de mi juramento, y no debes pedirme lo que me has pedido. (Vacía la copa de vino.)

Salomé.– Dame la cabeza de Jokanaán.

Herodías.– ¡Bien dicho, hija mía! Y en cuanto a ti, lo de tus pavos reales es ridículo.

Herodes.– ¡Cállate! Siempre estás gritando; gritas como una fiera de presa. No lo sigas haciendo. Tu voz me molesta. Cállate, te digo... Salomé, piensa en lo que estás haciendo. Es posible que este hombre sea un enviado de Dios. Yo estoy seguro de que es un enviado de Dios. Es un hombre santo. El dedo de Dios lo ha tocado. Dios ha puesto en su boca palabras terribles. Tanto en los palacios como en los sitios desiertos Dios está siempre con él... Al menos, es posible. No se sabe. Es posible que Dios esté con él y junto a él. Además, si él muriese podría sucederme alguna desgracia. En todo caso, él ha dicho que el día en que muera le sucederá una desgracia a alguien. Y eso sólo puede referirse a mí. Recuerda que me resbalé con sangre cuando llegué aquí. Y que también oí un batir de alas en el aire, un batir de vastas alas. Esos son muy malos augurios, y de seguro también hubo otros. Estoy seguro de que también hubo otros, aunque no los vi. Bien, Salomé, tú no deseas que me suceda una desgracia. Tú no deseas eso. Entonces, escúchame.

Salomé.– Dame la cabeza de Jokanaán.

Herodes.– ¡Ah, ay, no me estás escuchando! Tranquilízate un poco. Yo... yo estoy tranquilo. Estoy muy tranquilo. Escucha. Tengo joyas ocultas en este palacio, joyas que incluso tu madre jamás ha visto; joyas que son maravillosas. Tengo un collar de perlas, de cuatro hileras de perlas. Son como lunas encadenadas con rayos de plata. Son como cincuenta lunas atrapadas en una red de oro. Una reina lo lució sobre el marfil de sus pechos. Te verás tan hermosa como una reina cuando lo luzcas tú. Tengo amatistas de dos tipos, unas que son negras como vino y otras que son rojas como vino mezclado con agua. Tengo topacios tan amarillos como los ojos de los tigres, topacios que son rosados como los ojos de las palomas, y topacios verdes que parecen ojos de gato. Tengo ópalos que arden siempre con una llama como de hielo, ópalos que entristecen las mentes de los hombres, y que sienten miedo ante las sombras. Tengo ónices que parecen las pupilas de una mujer muerta. Tengo piedras lunares que cambian cuando la luna cambia, y que palidecen al ver el sol. Tengo zafiros que son grandes como huevos y azules como flores azules. El mar se mueve en su interior, y la luna nunca perturba el azul de sus olas. Tengo crisolitas y berilos, crisopacios y rubíes. Tengo sardónices, piedras de jacinto y calcedonias; y te daré todo esto a ti, todo, y añadiré aún más cosas. El rey de las Indias me acaba de enviar cuatro abanicos hechos con plumas de papagayo, y el rey de Numidia una túnica hecha con plumas de avestruz. Tengo un cristal en cuyo interior no está permitido que las mujeres vean, y que los jóvenes no pueden contemplar sino hasta que fueron golpeados con varas. En un cofrecillo de nácar guardo tres turquesas maravillosas. Quien las lleva sobre su frente puede imaginar cosas que no existen, y quien las lleva en su mano puede hacer estériles a las mujeres. Éstos son grandes tesoros que están por encima de todo precio. Son tesoros sin precio. Pero esto no es todo. En un cofre de ébano tengo dos copas de ámbar que son como dos manzanas de oro. Si un enemigo vierte veneno en estas copas, se ponen como manzanas de plata. En un cofre con incrustaciones de ámbar tengo unas sandalias con incrustaciones de cristal. Tengo mantos traídos del país de Sérica, y brazaletes adornados todo alrededor con carbúnculos y con jade, procedentes de la ciudad de Éufrates... ¿Qué deseas más que esto, Salomé? Dime qué deseas y te lo daré. Todo lo que me pidas te lo daré, excepto una cosa. Te daré todo lo mío, salvo una vida. Te daré el manto del sumo sacerdote. Te daré el velo del Santuario.

Los Judíos.– ¡Oh, oh!

Salomé.– Dame la cabeza de Jokanaán.

Herodes.– (Dejándose caer en su sitial.) ¡Ay, que se le dé lo que pide! Ciertamente, es digna hija de su madre. (El Primer Soldado se aproxima. Herodías quita de la mano del Tetrarca el anillo de la muerte y se lo da al Soldado, que de inmediato se lo lleva al Verdugo. El Verdugo lo recibe asustado.) ¿Quién me ha quitado el anillo? Tenía un anillo en mi mano derecha. ¿Quién ha bebido mi vino? Había vino en mi copa. Estaba llena de vino. Alguien se lo ha bebido. ¡Oh, estoy seguro de que alguna desgracia caerá sobre alguien! (El Verdugo se introduce en la cisterna.) ¡Ay!, ¿por qué di mi palabra? Los reyes nunca deberían dar su palabra. Si no la cumplen, es terrible, y si la cumplen, es terrible también.

Herodías.– Mi hija ha hecho bien.

Herodes.– Estoy seguro de que sucederá alguna desgracia.

Salomé.– (Inclinándose sobre la cisterna y escuchando.) No se oye nada. No, no oigo nada. ¿Por qué no grita, este hombre? ¡Ah!, si alguien tratara de matarme yo gritaría, lucharía, no querría sufrir... ¡Golpea, golpea, Naamán, golpea, te digo!... No, no oigo nada. Sólo hay silencio, un terrible silencio. ¡Ah, algo ha caído al suelo! Oí caer algo. Es la espada del verdugo. Tiene miedo, este esclavo. Ha dejado caer su espada. No se atreve a matarle. ¡Este esclavo es un cobarde! Que vengan soldados. (Ve al Paje de Herodías y se dirige a él.) Acércate; tú eras amigo de aquel que murió, ¿no es así? Bien, te diré que aún no ha habido suficientes muertos. Dile a los soldados que bajen allí y que me traigan lo que he pedido, lo que el Tetrarca me prometió, ¡lo que me pertenece!... (El Paje retrocede. Salomé se vuelve hacia los Soldados.) Venid, vosotros, soldados. Bajad a esta cisterna y traedme la cabeza de ese hombre. (Los Soldados retroceden.) ¡Tetrarca, Tetrarca, ordena a tus soldados que me traigan la cabeza de Jokanaán! (Un enorme brazo negro, el brazo del Verdugo, surge de la cisterna, presentando sobre un escudo de plata la cabeza de Jokanaán. Salomé se apodera de ella. Herodes oculta su rostro detrás de su manto. Herodías sonríe y se abanica. Los Nazarenos caen de rodillas y comienzan a orar.) ¡Ah! No quisiste dejarme besar tu boca, Jokanaán. Bien, pues ahora la besaré. La morderé con mis dientes así como se muerde una fruta madura. Sí, besaré tu boca, Jokanaán. Te lo dije. ¿No te lo dije acaso? Te lo dije. ¡Ah!, ahora la besaré... Pero ¿por qué no me miras, Jokanaán? Tus ojos, que eran tan terribles, tan llenos de rabia y desprecio, están cerrados ahora. ¿Por qué están cerrados? ¡Abre tus ojos! ¡Levanta tus párpados, Jokanaán! ¿Por qué no quieres mirarme? ¿Es porque me temes, Jokanaán, que no te atreves a mirarme? Y tu lengua, que era como una roja serpiente que escupía veneno, ya no se mueve, no dice nada ahora, Jokanaán, esa víbora escarlata que escupió su veneno sobre mí. Es extraño, ¿no? ¿Por qué no se agita más esa víbora roja? No quisiste nada de mí, Jokanaán. Me rechazaste. Dijiste cosas horribles de mí. Me trataste como a una ramera, como a una cortesana, ¡a mí, Salomé, hija de Herodías, princesa de Judea! Pues bien, Jokanaán, yo sigo viva, pero tú, tú estás muerto, y tu cabeza me pertenece. Puedo hacer con ella lo que quiera. Puedo arrojarla a los perros y a las aves. Lo que los perros dejen, las aves lo devorarán... ¡Ah, Jokanaán, Jokanaán, tú fuiste el único hombre a quien amé! Todos los otros hombres me dan asco. Pero tú, tú eras hermoso. Tu cuerpo era una columna de marfil sobre un pedestal de plata. Era un jardín lleno de palomas y de azucenas plateadas. Era una torre de plata rodeada de escudos de marfil. No había nada en el mundo tan blanco como tu cuerpo. No había nada en el mundo tan negro como tus cabellos. No había nada en el mundo tan rojo como tu boca. Tu voz era un incensario que dejaba escapar extrañas fragancias; y, cuando te miraba, llegaba a mis oídos una música extraña. ¡Ah!, ¿por qué no me miraste, Jokanaán? Escondiste tu rostro detrás de tus manos y de tus insultos. Pusiste sobre tus ojos la venda de aquel que sólo ansía ver a su Dios. Pues bien, has visto a tu Dios, Jokanaán, pero a mí... a mí nunca me viste. Si me hubieses visto me habrías amado. Yo... yo te vi, Jokanaán; y te amé. ¡Ah, cómo te amé! Y aún te amo, Jokanaán, a ti, sólo a ti... Estoy sedienta de tu belleza, estoy hambrienta de tu cuerpo... y ni el vino ni las frutas pueden apaciguar mis deseos. ¿Qué haré ahora, Jokanaán? Ni los ríos ni los océanos pueden apagar mi pasión. Yo era una princesa, y tú me despreciaste. Yo era una virgen, y tú me arrebataste mi virginidad. Yo era casta, y tú llenaste mis venas de fuego... ¡Ah!, ¿por qué no me miraste, Jokanaán? Si me hubieses mirado me habrías amado. Bien sé que me habrías amado; y el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte. Sólo el amor debería ser tenido en cuenta.

Herodes.– Tu hija es monstruosa, tu hija es del todo monstruosa. Realmente, lo que ha hecho es un gran crimen. Estoy seguro de que ha cometido un crimen contra un Dios desconocido.

Herodías.– Yo apruebo lo que mi hija ha hecho, y ahora me quedaré aquí.

Herodes.– (Levantándose.) ¡Ah, ya está hablando la mujer incestuosa! ¡Ven! No me quedaré aquí. Ven, te digo. Estoy seguro de que algo terrible sucederá. ¡Manasseh, Issachar, Ozías, apagad las antorchas! No miraré estas cosas, y no dejaré que estas cosas me miren a mí. ¡Apagad las antorchas! ¡Ocultad la luna! ¡Ocultad las estrellas! Ocultémonos en nuestro palacio, Herodías. Comienzo a sentir miedo. (Los Esclavos apagan las antorchas. Las estrellas desaparecen. Una vasta nube negra cruza por delante de la luna y la cubre por completo. La escena queda muy oscura. El Tetrarca llega a la escalera.)

La voz de Salomé.– ¡Ah, he besado tu boca, Jokanaán! ¡He besado tu boca! Había un sabor amargo en tus labios. ¿Sería el sabor de la sangre? Aunque quizás fuera el sabor del amor... Dicen que el amor tiene un sabor amargo... pero ¿qué importa? ¿Qué importa? He besado tu boca, Jokanaán. (Un rayo de luna cae sobre Salomé, iluminándola.)

Herodes.– (Volviéndose y viendo a Salomé.) ¡Matad a esa mujer! (Los Soldados se precipitan y aplastan bajo sus escudos a Salomé, hija de Herodías, princesa de Judea.)


Traducción de E. Ehrendost.

Washington Irving - La aventura del estudiante alemán



En una noche borrascosa, durante los tempestuosos tiempos de la Revolución Francesa, un joven alemán retornaba a su alojamiento, a una tardía hora, atravesando la parte vieja de París. Los relámpagos centelleaban y los ruidosos fragores del trueno resonaban en las estrechas callejas... pero sería mejor que antes os hablase un poco más de este joven.

Gottfried Wolfgang provenía de una buena familia. Había estudiado durante algunos años en la universidad de Gotinga, pero, puesto que poseía un carácter visionario y entusiasta, terminó desviándose hacia esas extravagantes doctrinas especulativas que por tanto tiempo han encandilado a los estudiantes alemanes. Su vida retirada, su intensa dedicación y la singular naturaleza de sus estudios tuvieron un notable efecto sobre su cuerpo y espíritu. Su salud se resintió y su imaginación no tardó en enfermar. Se había entregado a fantasiosas especulaciones relativas a la esencia espiritual, hasta que, como Swedenborg, llegó a forjarse un mundo ideal propio a su alrededor. Cayó en la convicción, ignoro por qué causa, de que una influencia diabólica gravitaba sobre su persona, un genio o espíritu del mal que buscaba apoderarse de él y asegurar su perdición. Tal idea obrando sobre su melancólico temperamento produjo los resultados más sombríos. Se le comenzó a ver demacrado y abatido. Pronto sus amigos descubrieron la dolencia mental que hacía presa en él, y determinaron que el mejor remedio sería un cambio de aires; le enviaron, por consiguiente, a finalizar sus estudios entre los esplendores y las jovialidades de la vida parisina.

Wolfgang llegó a París durante el estallido de la revolución. El delirio popular capturó de inmediato su entusiasmo, y se dejó seducir por las teorías filosóficas y políticas de la época; pero las escenas sangrientas que siguieron causaron profunda impresión en su naturaleza sensible, por lo que, asqueado con la sociedad y con el mundo, se encerró más que nunca en su reclusión. Se aisló en un solitario apartamento del Pays Latin, el barrio de los estudiantes. Allí, en una lóbrega calleja no muy distante de los monásticos muros de la Sorbona, retomó sus estudios predilectos. Con frecuencia pasaba horas enteras en las grandes bibliotecas de París, esas catacumbas de autores muertos, revolviendo las hordas de obsoletos y polvorientos volúmenes en busca de nutrimento para sus malsanos apetitos. Semejaba entonces, en cierto modo, un vampiro necrófago de las letras, cebándose en el osario de la literatura más corrupta y olvidada.

Wolfgang, aunque solitario y secluso, poseía un temperamento ardiente, si bien hasta entonces éste sólo había operado sobre su imaginación. Era muy tímido e ignorante del mundo como para cortejar a las mujeres atractivas, pero era un apasionado admirador de la belleza femenina, de modo que en la soledad de su cuarto se perdía a menudo en ensueños de formas y rostros que había visto, y su fantasía creaba imágenes de una hermosura que sobrepasaba toda realidad.

Una noche, mientras su mente se hallaba en ese estado de enorme exaltación, un sueño produjo un extraordinario efecto sobre él. Tratábase de un rostro femenino de trascendental belleza. Tan fuerte resultó la impresión, que comenzó a soñar con éste una y otra vez; ocupaba sus pensamientos durante el día y sus reposos durante la noche, de suerte que terminó así por enamorarse apasionadamente de esa sombra de un sueño. El fenómeno duró tanto que se convirtió en una de esas ideas fijas que persiguen a las mentes de los hombres melancólicos y que son a menudo confundidas con la locura.

Tal era Gottfried Wolfgang y tal su situación a la fecha que mencioné. Retornaba, pues, a su hogar, tarde en una noche tormentosa, a través de algunas de las viejas y lúgubres calles del Marais, la parte antigua de París. Los estruendosos fragores del trueno resonaban entre las altas casas de las estrechas callejas. Llegó así a la plaza de Grève, sitio donde tenían lugar las ejecuciones públicas. Los relámpagos temblaban en torno a los pináculos del antiguo Ayuntamiento y esparcían sus fugaces destellos sobre el espacio que se abría delante. Mientras Wolfgang estaba cruzando el sitio, se sobresaltó y retrocedió con horror al sorprenderse de súbito demasiado cerca de la guillotina. Era el colmo del reino del terror el que ese espantoso instrumento de muerte se hallase siempre listo y que su cadalso estuviese permanentemente cubierto con la sangre de los valientes y los virtuosos. Ese mismo día había sido empleada activamente en su trabajo de matanza, y allí se erguía siniestra y cruelmente, en medio de una silenciosa ciudad dormida, aguardando nuevas víctimas.

El corazón de Wolfgang se encogió en su pecho, y comenzaba ya a alejarse, temblando, de la horrible máquina cuando percibió una oscura figura agazapada al pie de los peldaños que conducían al cadalso. Una sucesión de luminosos relámpagos la revelaron con mayor nitidez. Se trataba de una mujer vestida de negro. Estaba sentada en uno de los escalones inferiores, inclinada hacia delante, con el rostro escondido en el regazo y las largas trenzas desgreñadas colgando hasta el suelo, chorreando bajo la lluvia que caía torrencialmente. Wolfgang se detuvo. Había algo terrible en ese solitario monumento del dolor. La mujer tenía la apariencia de hallarse por encima del orden común. No ignoraba él que esos tiempos estaban llenos de vicisitudes, y que muchas nobles cabezas, que alguna vez se habían recostado sobre lujosos cojines, ahora vagabundeaban sin hogar. Quizás se tratara de alguna pobre doliente a la que la pavorosa cuchilla había sumido ese día en la desolación, y que permanecía allí sentada, con el corazón roto, en la orilla de la existencia, desde donde todo cuanto alguna vez le fuese querido había sido arrojado hacia la eternidad.

Se aproximó a ella y la abordó en los acentos de la compasión. Ella levantó su cabeza y lo contempló desconsoladamente. ¡Cuál no fue el asombro de él al descubrir, bajo la brillante luz de un relámpago, el mismísimo rostro que le había perseguido en sus sueños! Se veía pálido y abatido, pero hermoso.

Temblando con violentas y conflictivas emociones, Wolfgang volvió a hablarle. Le dijo algo sobre el que estuviese expuesta a semejante hora de la noche y bajo la furia de tal tormenta, y se ofreció a acompañarla hasta donde tuviese a sus amigos. Ella señaló la guillotina con un gesto de espantoso significado.

–No me queda ningún amigo en la tierra –dijo.

–Pero debes de tener un hogar –le respondió Wolfgang.

–Sí... en la tumba.

El corazón del estudiante se deshizo ante esas palabras.

–Si un extraño puede haceros semejante ofrecimiento –le dijo– sin peligro de ser malinterpretado, os ofreceré mi humilde morada como refugio y a mí mismo como amigo devoto. Yo tampoco tengo amistades en París, y soy un extranjero en estas tierras, pero, si mi vida puede seros de utilidad, está a vuestra disposición, y estoy decidido a sacrificarla antes de que os ocurra daño o deshonra.

Había tanta honesta seriedad en los modales del joven, que sus palabras tuvieron efecto. Su acento extranjero, también, jugaba a su favor: demostraba que no se trataba de un vulgar habitante de París. Ciertamente, el verdadero entusiasmo genera una elocuencia que no puede ser puesta en duda. De modo que la extraña sin hogar se confió ciegamente a la protección del estudiante.

Él la sostuvo en su andar vacilante a través del Pont Neuf, por el sitio donde el populacho había derribado ya la estatua de Enrique IV. La tormenta había disminuido, y el trueno retumbaba en la lejanía. Todo París estaba en silencio; ese gran volcán de pasión humana dormitaba por un momento, a fin de reunir nuevas fuerzas para la erupción del día siguiente. El estudiante condujo su carga a través de las antiguas callejas del Pays Latin, pasando junto a los oscuros muros de la Sorbona, hacia el sucio hotel en el que vivía. La vieja portera que los dejó entrar miró con sorpresa la inusual escena del melancólico Wolfgang con una compañía femenina.

Al entrar a su apartamento, el estudiante, por primera vez, se sonrojó al ver la pobreza de su morada. Constaba de una única cámara –una anticuada sala– densamente ornamentada y fantásticamente amoblada con los restos de una antigua magnificencia, pues se trataba de uno de esos hoteles situados en la zona del Luxemburgo que antaño habían pertenecido a la nobleza. Estaba atestada de libros, papeles y de todo el aparato usual de un estudiante, y la cama se situaba en uno de los rincones.

Cuando las velas fueron encendidas, y Wolfgang tuvo una mejor oportunidad para contemplar a la extraña, quedó más intoxicado que nunca por su belleza. Su semblante era pálido pero de una deslumbrante hermosura, que se veía realzada por la gran profusión de brillante cabello negro que caía a su alrededor. Sus ojos eran grandes y fulgentes, y tenían una expresión casi salvaje. Hasta donde el negro vestido permitía apreciar, su figura era perfecta. Su apariencia entera resultaba extremadamente atractiva, aun estando vestida con tanta sencillez. El único objeto de adorno que llevaba era una ancha banda negra, abrochada por diamantes, alrededor de su cuello.

Presentósele entonces al estudiante el problema de cómo disponer del indefenso ser que había caído bajo su protección. Pensó en dejarle la habitación a ella y buscarse un refugio en otra parte, pero se hallaba tan fascinado por sus encantos, parecían ejercer tal hechizo sobre sus pensamientos y sentidos, que no le resultaba posible separarse de esa mujer, los modales de la cual se habían tornado inexplicablemente extraños. Ya no hablaba de la guillotina. Su aflicción habíase esfumado. Aparentemente, las atenciones del joven se habían ganado su confianza primero, y luego su corazón. Sin duda, ella era una entusiasta como él, y los entusiastas no tardan demasiado en entenderse entre sí.

En el ardor del momento, Wolfgang le confesó su amor. Le narró la historia de su misterioso sueño, y de cómo se había adueñado ella de su corazón aun antes de que él la hubiese conocido. Ella quedó extrañamente impresionada por su narración, y reconoció haber sentido hacia él un impulso igualmente inexplicable. Era aquella una época de teorías y acciones audaces. Los viejos prejuicios y supersticiones habían quedado atrás; todo se hallaba bajo el imperio de la «diosa Razón». Entre otros desatinos de los tiempos pasados, las formas y ceremonias del matrimonio comenzaban a ser vistas como lazos superfluos para las mentes honorables. Las uniones libres estaban en boga, y Wolfgang era demasiado amigo de las teorías modernas como para no estar contaminado por las doctrinas liberales de su tiempo.

–¿Por qué habríamos de separarnos? –dijo–. Nuestros corazones se han unido; a los ojos del honor y de la razón somos uno. ¿Qué necesidad hay de sórdidas formalidades para unir dos espíritus elevados?

La extraña le escuchaba con emoción: evidentemente, había sido educada en la misma escuela teórica.

–Tú no tienes ni hogar ni familia –continuó–. Permíteme serlo todo para ti, o, mejor, seámoslo todo el uno para el otro. Si alguna formalidad es necesaria, entonces será respetada: aquí tienes mi mano. Me entrego a ti para siempre.

–¿Para siempre? –preguntó, solemnemente, la extraña.

–¡Para siempre! –repitió Wolfgang.

La extraña tomó la mano que se extendía hacia ella.

–Entonces, soy tuya –murmuró, y se hundió en el pecho de él.

A la mañana siguiente, el estudiante dejó a su esposa durmiendo y salió en busca de un apartamento más espacioso y más acorde a su nueva situación. Al regresar, encontró a la extraña acostada con la cabeza fuera de la cama y un brazo colgando. Le habló, pero no recibió respuesta. Se acercó entonces a ella para despertarla de su mala postura. Al tomar su mano, la notó fría, sin pulso; su cara se veía pálida y cadavérica. En pocas palabras, estaba muerta.

Horrorizado y fuera de sí, corrió a dar la alarma. Siguió una escena de confusión. Se llamó a la policía. Cuando un oficial entró a la habitación, retrocedió con un sobresalto al ver el cadáver.

–¡Por el cielo! –gritó–, ¿cómo ha llegado esta mujer aquí?

–¿Sabe usted algo sobre ella? –preguntó Wolfgang con ansiedad.

–¿Que si sé algo? –exclamó el oficial–. ¡Esta mujer fue guillotinada ayer!

Se adelantó hacia ella, desató el negro collar que el cadáver lucía en el cuello... y la cabeza de la extraña cayó rodando por el suelo.

El estudiante estalló en un ataque.

–¡El demonio! ¡El demonio ha tomado posesión de mí! –gritaba–. ¡Estoy perdido para siempre!

Intentaron calmarlo, pero fue en vano. Estaba dominado por la espantosa idea de que un espíritu maligno había reanimado aquel cuerpo muerto para apoderarse de él. Terminó perdiendo la razón, y murió en un manicomio.


Traducción de E. Ehrendost.

Lautréamont - Los cantos de Maldoror



[...]
Al claro de la luna, cerca del mar, en los sitios solitarios del campo, puede verse, estando uno sumido en amargas reflexiones, que todas las cosas asumen formas amarillas, indecisas, fantásticas.
La sombra de los árboles, rápida unas veces, lenta otras, corre, va, viene, de distintas formas, aplastándose, pegándose a la tierra. En aquellos tiempos, cuando era yo llevado por las alas de la juventud, eso me hacía soñar, me parecía extraño; ahora, estoy acostumbrado a ello. El viento gime a través de las hojas sus lánguidas notas, y el búho entona su grave lamento, que hace erizar los cabellos de quienes lo escuchan. Entonces, los perros, enfurecidos, rompen sus cadenas, se escapan de las granjas lejanas; corren por la campiña, aquí y allí, presas de la locura. De pronto, se detienen, miran hacia todos lados con una inquietud feroz y los ojos encendidos, y, del mismo modo en que los elefantes, antes de morir, echan en el desierto una última mirada al cielo, elevando desesperadamente su trompa, y dejando caer inertes sus orejas, los perros dejan caer inertes sus orejas, elevan la cabeza, hinchan el terrible cuello, y se ponen a ladrar, por turnos, ya como un niño que grita de hambre, ya como un gato herido en el vientre sobre un tejado, ya como una mujer que va a dar a luz, ya como un moribundo apestado en el hospital, ya como una muchacha que entona una sublime melodía, contra las estrellas del norte, contra las estrellas del este, contra las estrellas del sur, contra las estrellas del oeste; contra la luna; contra las montañas, semejantes en la lejanía a rocas gigantescas, que yacen en la oscuridad; contra el aire frío que aspiran a pleno pulmón y que pone el interior de sus narices rojo, ardiente; contra el silencio de la noche; contra las lechuzas, cuyo vuelo oblicuo roza sus hocicos mientras llevan una rata o una rana en el pico, alimento vivo, dulce para sus pequeñuelos; contra las liebres, que desaparecen en un abrir y cerrar de ojos; contra el ladrón, que se escapa al galope sobre su caballo tras haber cometido un crimen; contra las serpientes que, agitando los brezos, les hacen temblar la piel y rechinar los dientes; contra sus propios ladridos, que les dan miedo; contra los sapos, a los que destrozan de una sola dentellada (¿por qué se han alejado tanto de la ciénaga?); contra los árboles, cuyas hojas, suavemente mecidas, son otros tantos misterios que no comprenden, que quieren descubrir con sus ojos fijos, inteligentes; contra las arañas, suspendidas entre sus largas patas, que trepan a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han hallado nada para comer durante el día, y que regresan al nido con alas fatigadas; contra las rocas de la costa; contra los fuegos que aparecen en los mástiles de navíos invisibles; contra el sordo ruido de las olas; contra los grandes peces que, nadando, muestran su negro lomo y se hunden, luego, en el abismo; y contra el hombre, que los hace esclavos. Después de ello, se ponen a correr nuevamente por la campiña, saltando, con sus patas ensangrentadas, por encima de los fosos, los caminos, los campos, las hierbas y las piedras escarpadas. Diríase que sufren de la rabia, que buscan un vasto estanque para apaciguar su sed. Sus prolongados aullidos aterrorizan a la naturaleza. ¡Ay del viajero rezagado! Los amigos de los cementerios se arrojarán sobre él, le desgarrarán, le devorarán con sus bocas chorreantes de sangre, pues sus colmillos no están dañados. Los animales salvajes, no atreviéndose a acercarse para tomar parte en el banquete de carne, huyen hasta perderse de vista, temblorosos. Después de unas horas, los perros, agotados de tanto correr de aquí para allí, casi muertos, con la lengua fuera de la boca, se arrojan los unos contra los otros, sin saber lo que hacen, y se desgarran en mil pedazos, con una rapidez increíble. No actúan así por crueldad. Cierto día, con los ojos vidriosos, mi madre me dijo: «Cuando estés en tu lecho y escuches los ladridos de los perros en la campiña, ocúltate bajo tus mantas, no te burles de lo que hacen: ellos tienen sed insaciable de infinito, como tú, como yo, como el resto de los humanos de rostro pálido y alargado. Te autorizo, incluso, a colocarte frente a la ventana para contemplar ese espectáculo, que es bastante sublime». Desde entonces, respeto el deseo de la muerta. Yo, como los perros, sufro la necesidad de infinito... ¡y no puedo, no puedo satisfacer esa necesidad! Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que me han dicho. Me sorprende... ¡creía ser más! Por lo demás, ¿qué importa de dónde vengo? Yo, si hubiese dependido de mi voluntad, habría preferido ser antes hijo de la hembra de tiburón, cuyo apetito es amigo de las tempestades, y del tigre, de reconocida crueldad: yo no sería tan malvado. Vosotros, que me miráis, alejaos de mí, pues mi aliento exhala un hálito envenenado. Aún nadie ha visto las verdes arrugas de mi frente, ni los salientes huesos de mi demacrado rostro, parecidos a las espinas de algún gran pez, o a las rocas que cubren las orillas del mar, o a las abruptas montañas alpinas, que a menudo he recorrido, cuando tenía sobre mi cabeza cabellos de otro color. Y cuando merodeo en torno a las viviendas de los hombres, durante las noches tormentosas, con los ojos ardientes, flagelados los cabellos por los vientos de las tempestades, solo como una piedra en medio del camino, cubro mi ajado semblante con un paño de terciopelo, negro como el hollín que ocupa el interior de las chimeneas: no es preciso que los ojos sean testigos de la fealdad que el Ser supremo, con una sonrisa de poderoso odio, puso en mí. Cada mañana, cuando para los demás se levanta el sol, derramando el gozo y el calor salutarios sobre la naturaleza, mientras ninguna de mis facciones se mueve, mirando fijamente un espacio lleno de tinieblas, acuclillado en el fondo de mi amada caverna, en una desesperación que me embriaga como el vino, lacero con mis poderosas manos mi pecho hecho jirones. ¡Y sin embargo, siento que no tengo la rabia! ¡Y sin embargo, siento que no soy el único que sufre! ¡Y sin embargo, siento que respiro! Como un condenado que prueba sus músculos, pensando en la suerte que les espera, y en que pronto subirá al cadalso, de pie, en mi lecho de paja, con los ojos cerrados, giro lentamente mi cuello de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, durante horas enteras; y no caigo muerto. De tanto en tanto, cuando mi cuello ya no puede continuar girando en un mismo sentido y se detiene para comenzar a girar en sentido opuesto, miro súbitamente hacia el horizonte, a través de los pocos intersticios dejados por las espesas malezas que cubren la entrada, ¡y no veo nada! Nada... salvo los campos que danzan, en torbellinos, con los árboles y con las largas hileras de aves que atraviesan los aires. Eso perturba mi sangre y mi cerebro... ¿quién me pega, pues, con una barra de hierro en la cabeza, como un martillo golpeando un yunque?


No me verán, cuando llegue mi última hora (y escribo esto en mi lecho de muerte), rodeado de curas. Quiero morir acunado por las olas del mar tempestuoso, o de pie sobre la montaña, mirando hacia lo alto; pero no: sé que mi aniquilamiento será completo. Además, no puedo esperar gracia alguna. ¿Quién abre la puerta de mi cámara funeraria? Había dicho que no entrara nadie. Quien quiera que seáis, alejaos; pero si creéis percibir algún signo de dolor o de temor en mi rostro de hiena (utilizo esta comparación aunque la hiena es más hermosa que yo, y más agradable a la vista), desengañaos: que se acerque. Estamos en una noche de invierno, cuando los elementos chocan entre sí por todas partes, el hombre tiene miedo, y el adolescente medita cierto crimen contra uno de sus amigos, si es lo que yo fui en mi juventud. Que el viento, cuyos lastimeros silbidos entristecen a la humanidad desde que viento y humanidad existen, momentos antes de la última agonía me lleve, sobre los huesos de sus alas, a través del mundo, impaciente por mi muerte. Gozaré todavía, en secreto, de los numerosos ejemplos de la maldad humana (un hermano ama observar, sin ser visto, los actos de sus hermanos). El águila, el cuervo, el inmortal pelícano, el pato salvaje, la grulla viajera, despiertos, tiritando de frío, me verán pasar a la luz de los relámpagos, espectro horrible y satisfecho. No entenderán lo que aquello significa. En la tierra, la víbora, el grueso ojo del sapo, el tigre, el elefante; en el mar, la ballena, el tiburón, el pez martillo, la informe raya, el colmillo de la foca polar, se preguntarán qué es esa derogación de la ley de la naturaleza. El hombre, temblando, pegará su frente a la tierra, en medio de sus gemidos. «Sí, os supero a todos por mi crueldad innata, crueldad cuya desaparición no ha dependido de mí. ¿Es acaso por este motivo que os mostráis ante mí así prosternados?, ¿o es, ya bien, porque me veis recorrer, novedoso fenómeno, como un terrible cometa, el espacio ensangrentado? –cae una lluvia de sangre de mi vasto cuerpo, semejante a una nube negruzca empujada por un huracán–. No temáis, niños, no deseo maldeciros. El mal que me habéis hecho es demasiado grande, y demasiado grande el mal que os he hecho, para ser voluntario. Vosotros habéis caminado por vuestra senda, yo por la mía, similares ambas, ambas perversas. Necesariamente, dada esta similitud de carácter, nos tuvimos que encontrar; y el choque resultante nos ha sido recíprocamente fatal.» Entonces los hombres, recuperando su valor, levantarán poco a poco la cabeza, estirando el cuello como el caracol, para contemplar a quien así les habla. De pronto, sus rostros ardientes, descompuestos, mostrarán las más terribles pasiones, harán tales muecas que los lobos tendrán miedo. Se levantarán todos a la vez como un resorte inmenso. ¡Qué imprecaciones!, ¡qué voces desgarradas! Me han reconocido. He aquí que los animales de la tierra se reúnen con los hombres, haciendo oír sus extraños clamores. Ya no hay odio recíproco; sus odios se han vuelto contra el enemigo común, yo; se unen gracias a un sentimiento universal. Vientos que me sostenéis, llevadme más alto: temo la perfidia. Sí, desaparezcamos poco a poco de su vista, testigo, una vez más, de las consecuencias de las pasiones... Te doy las gracias, oh murciélago rinólofo, por haberme despertado con el movimiento de tus alas, tú cuya nariz está coronada por una costra en forma de herradura; advierto, en efecto, que lo que tenía no era, por desgracia, más que una enfermedad pasajera, y, con asco, siento que vuelvo a la vida. Unos afirman que venías a mí para chupar la poca sangre que hay en mi cuerpo: ¡por qué tal hipótesis no es una realidad!
[...]


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Traducción de E. Ehrendost.

Guy de Maupassant - El horlá (Primera versión, 1886)



El doctor Marrande, el más ilustre y eminente de los alienistas, había solicitado a tres de sus colegas y a cuatro sabios versados en las ciencias naturales que fueran a pasar una hora al manicomio que dirigía a fin de mostrarles a uno de sus pacientes.

Tan pronto como estuvieron todos reunidos, les dijo:

—Les expondré ahora el caso más extraño e inquietante que jamás haya encontrado. Por lo demás, no tengo nada que decirles sobre el sujeto: él hablará por sí mismo.

El doctor entonces llamó. Un criado hizo entrar a un hombre. Era en exceso delgado, de una delgadez cadavérica, delgado como algunos locos a los que roe un pensamiento, pues el pensamiento enfermo devora más la carne del cuerpo que la fiebre o la tisis.

Tras saludar y tomar asiento, les dijo:

—Señores, no ignoro por qué os habéis reunido aquí, y estoy dispuesto a relataros mi historia como me lo ha pedido mi amigo, el doctor Marrande. Durante mucho tiempo él me ha creído loco. Hoy, lo duda. En cuestión de minutos, vosotros sabréis que mi mente está tan sana, tan lúcida y tan clarividente como las vuestras, desafortunadamente para mí, para vosotros y para la humanidad entera. Mas deseo comenzar por los hechos mismos, por los simples hechos.

»Tengo cuarenta y dos años. No estoy casado, y mi fortuna es suficiente para vivir con cierto lujo. Habitaba, hasta hace no mucho, en una propiedad a orillas del Sena, en Biessard, cerca de Ruan. Amo la caza y la pesca. Pues bien, detrás de mi casa, por encima de los grandes peñascos que la dominan, tengo uno de los más bellos bosques de Francia, el de Roumare, y delante, uno de los más bellos ríos del mundo.

»Mi vivienda es amplia, está pintada de blanco por fuera, es bonita, antigua, y se emplaza en medio de un gran jardín plantado de magníficos árboles que sube hasta el bosque, escalando los enormes peñascos de los que les hablé recién.

»Mi personal doméstico se compone, o más bien se componía, de un cochero, un jardinero, un ayuda de cámara, una cocinera y una costurera que hacía las veces de una especie de ama de llaves. Todos ellos vivían conmigo desde hacía ya dieciséis años, me conocían, conocían bien la casa, la región y todo cuanto rodeaba mi vida. Eran sirvientes buenos y tranquilos. Esto es importante para lo que voy a relatar.

»Añado que el Sena, que bordea mi jardín, es navegable hasta Ruan, como sin duda ya sabréis, de modo que todos los días veía yo pasar grandes navíos, tanto a vela como a vapor, provenientes de todos los rincones del mundo.

»Pues bien, el pasado otoño se cumplió un año de que, de manera súbita, comencé a ser víctima de extraños e inexplicables males. Al principio me vi afectado por una suerte de inquietud nerviosa que me mantenía en vela durante noches enteras, una sobreexcitación tal, que el menor ruido me hacía estremecer. Mi humor se agrió. Tenía repentinos e injustificables ataques de furia. Acudí a un médico, que me recetó bromuro de potasio y duchas.

»Comencé, pues, a ducharme mañana y noche y a beber bromuro. Muy pronto, en efecto, pude volver a dormir, pero con un sueño más espantoso que el insomnio. Apenas me acostaba, cerraba los ojos y quedaba aniquilado. Sí: caía en la nada, en una nada absoluta, en una completa muerte del ser, de la que era sacado brusca y horriblemente por la aterradora sensación de un peso aplastante sobre mi pecho, y de una boca que absorbía mi vida de mi boca. ¡Oh, aquellas sacudidas! No he conocido nada más espantoso.

»Imaginad un hombre que, mientras duerme, sueña que es asesinado y despierta con un cuchillo en la garganta; un hombre que agoniza cubierto de sangre, que no puede respirar, que siente que va a morir y no comprende nada: así era. Adelgazaba yo de una manera inquietante, continua, y no tardé en advertir que mi cochero, que era muy gordo, comenzaba a adelgazar como yo.

»Finalmente, le pregunté:

»—¿Qué tiene, Jean? ¿Está usted enfermo?

»A lo que él respondió:

»—Creo que tengo la misma enfermedad que el señor. Son mis noches las que pierden mis días.

»Supuse, entonces, que quizás habría en la casa alguna influencia febril a causa de la proximidad del río, y estaba a punto de irme por dos o tres meses, aunque estábamos en plena temporada de caza, cuando un hecho trivial si bien muy extraño, observado por casualidad, me llevó a una serie tal de descubrimientos inverosímiles, fantásticos y aterradores, que decidí quedarme.

»Teniendo sed una noche, bebí medio vaso de agua y noté que la jarra, que se hallaba colocada en la cómoda frente a mi lecho, estaba llena hasta el tapón de cristal.

»Durante la noche, tuve uno de esos sueños horrorosos de los que os acabo de hablar. Encendí mi vela, preso de una angustia espantosa, y, al querer beber de nuevo, descubrí con estupor que la jarra se hallaba vacía. No podía creer lo que veían mis ojos. O bien alguien había entrado a mi cuarto, o bien yo era sonámbulo.

»A la noche siguiente quise realizar la misma prueba. Cerré la puerta con llave para tener la certeza de que nadie podría entrar en mi habitación. Me dormí y me desperté como todas las noches. Toda el agua que había visto dos horas antes había sido bebida.

»¿Quién había bebido el agua? Yo, sin duda; y, sin embargo, estaba seguro, absolutamente seguro, de no haber realizado un solo movimiento durante mi profundo y doloroso letargo.

»Entonces recurrí a ciertas artimañas para convencerme de que no llevaba a cabo esos actos inconscientemente. Una noche coloqué, al lado de la jarra, una botella de un viejo burdeos, una taza de leche, a la que tengo horror, y unos pasteles de chocolate, que me encantan. El vino y los pasteles permanecieron intactos; la leche y el agua desaparecieron. Así, cada noche cambiaba las bebidas y los alimentos. Nunca tocaron las cosas sólidas, compactas, y, en cuanto a los líquidos, nunca bebieron más que leche fresca y, sobre todo, agua.

»Pero aún me quedaba una duda punzante en el alma. ¿No sería yo el que me levantaba, sin ser consciente, y bebía incluso las cosas que detestaba, dado que mis sentidos, embotados por el sueño de sonámbulo, podían verse modificados, perdiendo sus repugnancias habituales y adquiriendo gustos diferentes?

»Me serví entonces de un nuevo ardid contra mí mismo. Envolví con tiras de muselina blanca todos los objetos que inevitablemente debía tocar y los recubrí con una servilleta de batista. Luego, al meterme en la cama, me embadurné las manos, los labios y los bigotes con mina de plomo.

»Cuando desperté, todos los objetos permanecían inmaculados, si bien habían sido tocados, pues la servilleta no estaba colocada tal como yo la había puesto y, además, habían bebido agua y leche. Pero la puerta, cerrada con una llave de seguridad y con los postigos encadenados por prudencia, no había podido dejar penetrar a nadie.

»Entonces, podía hacerme la temida pregunta: ¿quién estaba pasando todas las noches junto a mí?

»Siento, señores, que os estoy relatando esto demasiado aprisa. Os sonreís, y vuestra opinión ya ha sido formada: “Está loco”. Habría tenido que describiros largamente la emoción de un hombre que, encerrado en su casa, y con la mente sana, observa, a través del vidrio de una jarra, un poco de agua que desapareció mientras dormía. Habría tenido que haceros comprender esa tortura renovada con cada noche y cada mañana, esos sueños invencibles y esos despertares aún más espantosos. Pero continúo.

»Repentinamente, el milagro pareció cesar. Ya nadie tocaba nada en mi cuarto. El fenómeno había terminado. Empezaba a sentirme mejor. La alegría me estaba volviendo, cuando supe que uno de mis vecinos, el señor Legite, se encontraba exactamente en el mismo estado en el que yo me había encontrado hasta no mucho antes. Nuevamente pensé en una influencia febril en la región. Mi cochero se había ido un mes atrás, muy enfermo.

»El invierno había pasado y comenzaba la primavera. Sin embargo, una mañana, mientras me paseaba cerca de mi rosedal, vi, vi con toda claridad junto a mí, que el tallo de una de las más bellas rosas se partía como si una mano invisible lo hubiese cortado; entonces, la flor siguió la curva que habría descripto un brazo al llevársela a la boca y quedó suspendida en el aire transparente, sola, inmóvil, aterradora, a tres pasos de mis ojos.

»Embargado de un demencial espanto, me lancé hacia ella para agarrarla. No encontré nada. Había desaparecido. Entonces, fui preso de una furiosa cólera contra mí mismo. A un hombre razonable y sobrio no le está permitido sufrir semejantes alucinaciones. Mas ¿había sido aquello una alucinación? Busqué el tallo. Lo encontré inmediatamente en el arbusto, recién partido, entre otras dos rosas que permanecían en la rama, pues eran tres las que yo había visto perfectamente.

»Volví entonces a la casa, con el alma trastornada. Señores, escuchadme, me encuentro tranquilo; yo no creía en lo sobrenatural, ni creo en ello ahora, pero, a partir de aquel momento, estuve seguro, tan seguro como del día y de la noche, de que había allí un ser invisible que me había atormentado, que luego me había dejado, y que ahora volvía.

»Poco más tarde pude comprobarlo.

»Al principio, entre mis criados, estallaban todos los días furiosas discusiones por mil causas, triviales en apariencia, pero plenas de sentido para mí desde entonces. Un vaso, un bello vaso de Venecia, se rompió solo en el aparador del comedor en pleno día. El ayuda de cámara acusó a la cocinera, la cual acusó a la costurera, la cual acusó no sé a quién. Puertas que eran cerradas a la noche aparecían abiertas a la mañana siguiente. Todas las noches robaban leche de la despensa.

»¡Ay! ¿Quién era? ¿Y cuál sería su naturaleza? Una nerviosa curiosidad, no exenta de ira y de espanto, me mantenía día y noche en un estado de extrema agitación.

»Pero la casa quedó tranquila una vez más, y yo ya volvía a creer en los sueños, cuando aconteció lo que sigue.

»Era el 20 de julio, a las nueve de la noche. Hacía mucho calor; yo había dejado mi ventana abierta de par en par. Mi lámpara encendida sobre la mesa iluminaba un volumen de Musset que se encontraba abierto en “La noche de mayo”, y yo me había tendido en un sillón grande, en el que me había adormecido.

»Pero, tras haber dormido alrededor de cuarenta minutos, abrí los ojos, sin hacer un solo movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. Al principio no vi nada, pero luego, repentinamente, me pareció que una página del libro acababa de volverse sola. Por la ventana no había entrado ningún soplo de viento. Esto me sorprendió mucho, de modo que esperé. Al cabo de unos cuatro minutos vi, vi, sí, señores, vi, con mis propios ojos, que una página se elevaba y caía sobre la precedente como si un dedo la hubiese volteado. Mi butaca parecía estar vacía, pero comprendí que él, que él, estaba ahí. Atravesé la cámara de un salto para atraparlo, para tocarlo, para agarrarlo, si ello era posible... pero, antes de que lo hubiese alcanzado, la butaca se dio vuelta como si alguien hubiese escapado de mí, la lámpara cayó y se apagó, el vaso se rompió, y la ventana, empujada bruscamente como si un malhechor la hubiese agarrado al salir, fue a golpear contra el pestillo.

»Me abalancé sobre la campanilla y llamé. Cuando mi ayuda de cámara apareció, le dije:

»—He tirado y roto todo. Deme luz.

»Esa noche ya no pude dormir más. Y, sin embargo, aún podía haber sido el juguete de una ilusión. Al despertar, los sentidos permanecen turbados. ¿No habría sido acaso yo el que había tirado la butaca y la luz al precipitarme como un loco? ¡No, no había sido yo! Lo sabía sin dudar ni un segundo; no obstante, quería creerlo.

»Pero esperad. ¡El ser! ¿Cómo lo llamaría? El invisible. No, eso no alcanzaba. Lo bauticé el horlá. ¿Por qué? Lo ignoro. Pues bien, el horlá ya no me dejaba casi nunca. Día y noche tenía la sensación, le certeza de la presencia de ese vecino imperceptible, y también la certeza de que hora a hora, minuto a minuto, él devoraba mi vida.

»La imposibilidad de verlo me exasperaba, y encendía todas las luces de la habitación como si en esa claridad fuese posible descubrirlo. Mas, finalmente, lo vi. Vosotros no me creeréis; sin embargo, lo vi.

»Me hallaba sentado frente a un libro cualquiera, sin leer, acechando con todos mis sentidos sobreexcitados, acechando a aquel cuya presencia intuía cerca de mí. Y era cierto, estaba ahí; pero ¿dónde?, ¿qué hacía?, ¿cómo alcanzarlo?

»Frente a mí estaba mi lecho, una vieja cama de roble con columnas; a la derecha, la chimenea; a la izquierda, la puerta, cerrada con sumo cuidado; detrás, un gran armario de luna, que todos los días me servía para afeitarme y vestirme, y en el que tenía la costumbre de mirarme de pies a cabeza cada vez que pasaba por delante.

»Pues bien, yo simulaba leer para engañarlo, pues él también me espiaba, y de pronto sentí, tuve la certeza de que él estaba leyendo por encima de mi hombro, de que él estaba ahí, rozando mi oreja.

»Me enderecé y me di vuelta tan rápido que casi caigo. Y bien... se podía ver como en pleno día, ¡y no me vi en el espejo! Estaba vacío, claro, pleno de luz. Mi imagen no aparecía reflejada en él... y yo estaba justo en frente, pero veía el gran cristal completamente límpido. Contemplaba eso con ojos alocados y no me atrevía a avanzar, sintiendo claramente que él estaba entre mí y el espejo, él, y que volvería a escapárseme, pese a que su cuerpo imperceptible hubiese absorbido mi reflejo.

»¡Qué pánico sentí! Y entonces, súbitamente, comencé a percibirme como en una bruma al fondo del espejo, en una bruma como a través de un manto de agua; y me pareció que el agua se deslizaba de izquierda a derecha, lentamente, haciendo más precisa mi imagen a cada segundo. Era como el fin de un eclipse. Aquello que me ocultaba no parecía tener contornos claramente definidos, sino una suerte de transparencia opaca que se aclaraba poco a poco. Finalmente, pude distinguirme por completo, como lo hacía cada día al mirarme.

»Lo había visto. Y el espanto que experimenté en ese momento aún me hace estremecer.

»Al día siguiente estaba aquí, donde solicité asistencia. Ahora, señores, he terminado. El doctor Marrande, tras haber dudado durante mucho tiempo, se decidió a hacer, solo, un viaje a la región. Tres de mis vecinos, hoy día, están atacados como lo estaba yo, ¿no es cierto?

El médico respondió:

—Es cierto.

—Y usted les aconsejó dejar agua y leche todas las noches en sus cuartos para ver si esos líquidos desaparecían. Lo han hecho. ¿Han desaparecido esos líquidos como en mi casa?

El médico contestó con una gravedad solemne:

—Han desaparecido.

—Así pues, señores, un ser nuevo, que sin duda se multiplicará pronto como nosotros nos hemos multiplicado, acaba de aparecer sobre la tierra. ¡Ah, os sonreís! ¿Por qué? Porque ese ser permanece invisible. Mas nuestro ojo, señores, es un órgano tan elemental que a duras penas puede distinguir lo que es indispensable para nuestra existencia. Lo que es muy pequeño se le escapa; lo que es muy grande se le escapa; lo que está muy lejos se le escapa. Ignora los millares de animálculos que viven en una gota de agua. Ignora a los habitantes, las plantas y el suelo de las estrellas vecinas. No ve tampoco lo transparente. Colocadle delante un cristal perfecto sin azogue: no lo distinguirá y se arrojará encima de él, así como el pájaro atrapado en una casa se golpea la cabeza contra los vidrios. De modo que no ve los cuerpos sólidos y transparentes que, sin embargo, existen; no ve el aire con el cual nos nutrimos; no ve el viento, que es la fuerza más grande de la Naturaleza, que derriba a los hombres, derrumba los edificios, arranca los árboles y levanta el mar en montañas de agua por cuya acción los acantilados de granito se desmoronan. ¿Qué tiene de sorprendente que no vea un cuerpo nuevo, al cual sin duda le falta la sola propiedad de detener los rayos luminosos? ¿Percibís vosotros la electricidad? Y, sin embargo, existe. Este ser, que yo he denominado horlá, existe también.

»¿Qué es? Señores, es aquel que la tierra espera después del hombre. Aquel que viene a destronarnos, a domarnos, a esclavizarnos, quizás a alimentarse de nosotros tal como nosotros nos alimentamos de las vacas y de los jabalíes. Desde hace siglos se lo presiente, se lo teme y se lo anuncia. El miedo al invisible siempre ha atormentado a nuestros pares.

»Ha llegado.

»Todas las leyendas de hadas, de gnomos, de merodeadores del aire inasibles y dañinos, era de él de quien hablaban, de él, que era presentido por el hombre ya inquieto y tembloroso.

»Y con todo eso que vosotros mismos hacéis, señores, desde hace ya algunos años, con todo eso que denomináis hipnotismo, sugestión, magnetismo, es a él a quien anunciáis, a quien profetizáis.

»Os digo que ha llegado. Vaga ahora inquieto como los primeros hombres, ignorante aún de su fuerza y de su poder, que conocerá pronto, muy pronto.

»Y he aquí, señores, para terminar, un recorte de un periódico que ha llegado a mis manos procedente de Río de Janeiro. Leo: “Una especie de epidemia de locura parece castigar desde hace un tiempo a la provincia de San Pablo. Los habitantes de varios pueblos han abandonando sus tierras y sus casas, y aseguran ser perseguidos y devorados por vampiros invisibles que se alimentan de su respiración cuando duermen, y que además beben agua y, en ocasiones, leche”.

»Agrego que, unos días antes del primer ataque del mal a causa del cual estuve por morir, recuerdo perfectamente haber visto pasar un gran barco brasileño de tres palos con su bandera desplegada... Os he dicho que mi casa está a orillas del río, toda blanca... Sin duda, él estaba escondido en ese barco.

»No tengo nada más que agregar, señores.

El doctor Marrande se levantó y murmuró:

–Yo tampoco. No sé si este hombre está loco, si lo estamos los dos... o si... si nuestro sucesor realmente ha llegado.


Traducción de E. Ehrendost.