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Fiodor Dostoievski - Los demonios



[...]
Los invitados que se reunieron esa noche en la casa de Virguinski, hombres casi todos, ofrecían un aspecto extraño y casual. No había ni cena ni naipes. En el centro de esa espaciosa sala revestida con un viejo empapelado azul se habían colocado dos mesas juntas, cubiertas con un largo mantel no muy limpio, y sobre ellas hervían dos samovares. En un extremo reposaba una gran bandeja con veinticinco vasos y una cesta de pan francés cortado en numerosos trozos, tal como se ve en los elegantes internados de niños y niñas. El té era servido por una solterona de treinta años, hermana de la dueña de casa, una criatura silenciosa y malvada, albina y sin cejas, que compartía las ideas progresistas de su hermana y era el terror de Virguinski en la vida doméstica. Sólo había tres mujeres en la sala: la dueña de casa, su hermana albina, y una hermana de Virguinski recién llegada de Petersburgo. Arina Projorovna, una rolliza y atractiva mujer de veintisiete años, algo desaliñada, con un vestido de uso diario de lana verdosa, miraba a todos sus invitados desde su asiento, con atrevidos ojos que parecían presurosos por decir: «Ya veis que no tengo miedo de nada». La joven Virguinskaia, una sonrosada estudiante nihilista, que también era algo agradable, de baja esatura y gruesa como una bola, se había ubicado, aún vestida con su atuendo de viaje, junto a Arina Projorovna. Sostenía un rollo de papeles entre sus manos, y escudriñaba a los invitados con ojos inquietos e impacientes. Virguinski, que se hallaba algo indispuesto esa noche, entró y se sentó en una cómoda silla junto a la mesa del té. Todos se hallaban ya sentados, y por la ordenada distribución en que las sillas se hallaban dispuestas se intuía una asamblea. Al parecer, todos estaban esperando algo, y mataban el tiempo de la espera con una estruendosa pero irrelevante conversación. Cuando Stavroguin y Verjovenski aparecieron se hizo un repentino silencio.

Pero debo permitirme unas explicaciones para dejar las cosas más claras.

Supongo que todas estas personas se habían congregado con la esperanza de escuchar alguna cosa particularmente interesante, y que algo así se les había prometido. Eran la flor del más rojo radicalismo de nuestra antigua ciudad, y habían sido cuidadosamente seleccionados por Virguinski para esta “reunión”. [...] Había, no obstante, personas que estaban más allá de cualquier sospecha. Por ejemplo, un mayor en actividad, pariente de Virguinski, hombre perfectamente inocente que no había sido invitado sino que había acudido por sí mismo con motivo del cumpleaños del dueño de casa, de modo que resultó imposible no recibirlo. Pero Virguinski estaba tranquilo, pues consideraba que el mayor no podía denunciarlo en modo alguno, pues, además de ser un necio, había sido siempre muy propenso a frecuentar reuniones de liberales radicales. [...]

Verjovenski, con manifiesto descuido, se dejó caer en una silla junto a un extremo de la mesa, sin saludar casi a nadie. Su expresión era despectiva y hasta soberbia. Stavroguin se inclinó cortésmente, pero todos, a pesar de que los estaban esperando a ellos, fingieron, como si obedeciesen una orden, no advertir su presencia. La dueña de casa se dirigió adustamente a Stavroguin tan pronto como éste se hubo sentado:

–Stavroguin, ¿quiere té?

–Por favor –respondió él.

–Té para Stavroguin –ordenó a su hermana junto al samovar, tras lo cual se dirigió a Verjovenski–. Y usted, ¿quiere?

–Por supuesto. ¡Quién hace tal pregunta a un invitado! Y que me den crema también; siempre se sirve en esta casa algo repugnante en lugar de té, incluso estando de cumpleaños.

–¿También ustedes creen en festejar cumpleaños? –rió súbitamente la estudiante–. Justo estábamos hablando de eso.

–Muy viejo –gruñó el alumno del Liceo desde el otro extremo de la mesa.

–¿Viejo? Desdeñar las tradiciones, incluso las más inocentes, no es viejo; por el contrario, para vergüenza de todos, sigue siendo una novedad –respondió de inmediato la estudiante, saltando disparada de su silla–. Y eso sin contar que no hay tradiciones inocentes –añadió con énfasis.

–Sólo quise decir –gritó el alumno con tremenda excitación– que aunque las tradiciones naturalmente son viejas y deben ser erradicadas, ya todos saben que los cumpleaños son una costumbre muy estúpida y anticuada como para perder un tiempo precioso en el tema, como se ha perdido ya en todo el mundo, de modo que sería mejor afilar el ingenio en cosas más útiles.

–Lo alargas tanto que nadie puede entender lo que dices –vociferó la joven.

–Creo que todo el mundo tiene derecho a expresar una opinión como el resto, y si yo quiero expresar mi opinión como los demás...

–Nadie está atacando tu derecho a opinar –interrumpió rápidamente la dueña de casa–. Sólo se te pide que no divagues tanto pues nadie entiende lo que intentas decir.

–Permítame observar que no me está tratando usted con respeto. Si no he podido expresar bien todo mi pensamiento no ha sido por falta de pensamiento sino más bien por un exceso de pensamiento –farfulló el alumno, al borde de la desesperación, perdiendo completamente el hilo de su discurso.

–Si no sabes hablar, mantente callado –le espetó abruptamente la muchacha.

El alumno saltó positivamente de su silla.

–Sólo quise dejar en claro –gritó, rojo de vergüenza y temeroso de mirar a su alrededor– que únicamente pretendías presumir de inteligente a causa de que el señor Stavroguin acababa de entrar... ¡eso y nada más!

–Ésa es una idea sucia e inmoral, y deja en evidencia la insignificancia de tu desarrollo. Haz el favor de no hablarme más –replicó la estudiante.

–Stavroguin –dijo la anfitriona–, antes de su llegada hemos estado discutiendo sobre los derechos de la familia, especialmente este oficial –agregó señalando a su pariente, el mayor–. No voy, por supuesto, a fastidiarlo con tan viejas tonterías, tratadas desde hace tanto tiempo, pero ¿de dónde habrán salido los derechos y deberes familiares en la supersticiosa forma en la que existen hoy? Ésa es la pregunta. ¿Qué opina usted?

–¿Qué quiere decir con “de dónde habrán salido”? –preguntó Stavroguin a su vez.

–Sabemos, por ejemplo, que la idea de Dios procede de los truenos y los relámpagos –se lanzó al combate nuevamente la estudiante, a quien se le salían los ojos mirando a Stavroguin–. Es archiconocido que el hombre primitivo, asustado por el trueno y el relámpago, divinizó al enemigo invisible frente al cual se sentía impotente. Pero ¿de dónde surgió la superstición de la familia? ¿De dónde surgió la familia misma?

–Eso no es exactamente lo mismo... –trató de frenarla la dueña de casa.

–Creo que la respuesta a tal pregunta no sería muy discreta –respondió Stavroguin.

–¿Por qué? –dijo la estudiante, saltando repentinamente hacia delante.

Pero desde el grupo de los profesores se hizo audible una risa ahogada, a la que de inmediato hicieron eco desde el extremo opuesto Liamshin y el alumno, y que fue seguida por una ronca carcajada del mayor.

–Debería usted escribir vaudevilles –dijo la señora Virguinski a Stavroguin.

–Eso no le hace mucho honor, señor, no sé cuál es su nombre –vociferó la estudiante con manifiesta indignación.

–Y tú no deberías correr tanto –gruñó el mayor–. Eres una señorita y deberías ser más modosa, pero saltas como si estuvieses sentada sobre una aguja.

–Haga el favor de contener su lengua y de no tratarme tan familiarmente con esas comparaciones impropias. Nunca antes lo he visto y no le reconozco lazo familiar alguno.

–¡Pero soy tu tío! ¡Solía llevarte en brazos cunado usabas pañales!

–No me importa lo que usted haya hecho. Yo no le pedí que me llevara a ningún lado; por consiguiente, debía causarle a usted placer hacerlo, rudo oficial. Y permítame una observación: no se atreva a dirigirse nuevamente a mí de esa manera tan familiar, a no ser que sea en nuestra calidad de conciudadanos. Le prohíbo para siempre que vuelva a hacerlo.

–¡Son todas iguales! –gritó el mayor golpeando la mesa con un puño y mirando a Stavroguin, a quien tenía justo enfrente–. Vea: me agradan el liberalismo y las ideas modernas, y disfruto de oír discretas conversaciones, siempre y cuando sean conversaciones de hombres. Pero escuchar a estas mujeres, a estos molinos de viento, ¡no, no puedo soportarlo! ¡Quédate quieta! –gritó a la estudiante, que ya estaba saltando de su silla–. ¡Es mi turno para hablar, pues se me ha insultado!

–Usted no sabe pronunciar dos palabras seguidas, y sólo estorba la charla de los demás –refunfuñó indignada la dueña de casa.

–Pues aun así, hablaré –dijo acalorado el mayor, dirigiéndose a Stavroguin–. Aunque no tengo el honor de conocerlo, señor Stavroguin, confío en usted, que acaba de entrar en la sala. De no ser por los hombres, éstas se morirían como moscas; ésa es mi opinión. Toda la cuestión femenina no es más que falta de originalidad. Le aseguro que todo ese tema de los derechos de la mujer lo han inventado los mismos hombres en un momento de imbecilidad y en su propio detrimento. Le agradezco a Dios no estar casado. No existe el menor talento en ellas, no pueden crear ni el menor bosquejo; ¡necesitan a los hombres para que lo inventen todo para ellas! Aquí ve usted a ésta: la llevé en mis brazos, solía bailar conmigo la mazurka cuando contaba con sólo diez años, y hoy, al volver a verla, corro naturalmente a abrazarla, y a la segunda palabra ya me sale con que Dios no existe. Podría haber esperado a la tercera, pero no, parece que tenía mucha prisa por decírmelo. La gente pensante no cree, lo admito, pero a causa de su inteligencia. “Mas tú, gallina, ¿qué puedes saber sobre Dios?”, le dije. “Algún estudiante te enseñó eso, y si te hubiera enseñado a encender velas a los iconos, ahora las estarías encendiendo.”

–Todo eso es mentira, y usted es una persona despreciable. Acabo de demostrarle hace un rato la inconsistencia de su posición –respondió la estudiante con desdén, como si tuviera a menos discutir con semejante hombre–. Le dije que a todos nos han enseñado en el catecismo que si uno honra a su padre y a su madre gozará de larga vida y riquezas. Está escrito en los diez mandamientos. Si su Dios consideró necesario ofrecer una recompensa por el amor, entonces su Dios es inmoral. Así es como se lo probé. No fue a la segunda palabra, y se lo dije porque usted quiso hacer valer sus derechos familiares. No es mi culpa si usted es estúpido y sigue aún sin entenderlo. Usted es despreciable y se ofende, y eso explica a toda su generación.

–¡Eres una gansa! –dijo el mayor.

–¡Y usted un idiota!

–¡Te atreves a insultarme!

–Perdóneme, Kapiton Maximovich, pero usted mismo me dijo que no cree en Dios –intervino Liputin desde el extremo opuesto de la mesa.

–¿Y qué si lo dije? Eso es otra cosa. Tal vez creo, sólo que no del todo. Pero aun si no creyera, no por eso diría que hay que fusilar a Dios. Solía meditar en el tema ya en mis tiempos de húsar. Tal vez penséis que, como se dice en todos los poemas, los húsares no hacen más que beber y emborracharse. Pues sí, yo bebía, tal vez, pero, lo creáis o no, por las noches saltaba de la cama, sin más ropa que mis calcetines, y comenzaba a santiguarme frente a los iconos suplicando a Dios que me diese fe, pues ya entonces me acosaba la duda de si había un Dios o no. ¡Y vaya si me atormentaba aquello! Por la mañana, en cambio, uno se distraía y la fe parecía desaparecer nuevamente; de hecho, he notado que la fe siempre parece ser menor cuando es de día.

–¿No tiene un mazo de naipes? –preguntó Verjovenski con un enorme bostezo, dirigiéndose a la señora Virguinski.

–¡Estoy de acuerdo con su pregunta, muy de acuerdo! –estalló arrebatada la estudiante, ardiendo de indignación contra las palabras del mayor.

–Estamos perdiendo un tiempo precioso escuchando tonterías –protestó la dueña de casa, mirando con reprobación a su marido.

La estudiante saltó de su asiento:

–Quiero hacer partícipes a los aquí reunidos sobre los sufrimientos y las protestas de los estudiantes, pero como estamos perdiendo el tiempo en una conversación inmoral...

–¡No existe lo moral y lo inmoral! –la interrumpió el alumno, incapaz ya de contenerse al oír a su adversaria.

–Eso ya lo sabía yo, señor alumno, mucho antes de que a usted se lo enseñaran.

–Pues yo sostengo –respondió él ferozmente– que eres una chiquilla venida de Petersburgo con la pretensión de ilustrarnos, aunque ya todos sabemos aquello de «Honrarás a tu padre y a tu madre», cosa que no has podido repetir correctamente; y el hecho de que es inmoral ya todo Rusia lo sabe por Bielinski.

–¿Cuándo se va a acabar todo esto? –dijo resueltamente madame Virguinski a su marido. Se avergonzaba, como dueña de casa, por el bajo vuelo de las conversaciones, especialmente a partir de que empezó a captar algunas sonrisas y hasta muestras de asombro entre los que asistían por vez primera.

–Señores –dijo Virguinski, elevando súbitamente su voz–, si alguien desea manifestar algo más acorde con el objeto de esta reunión, o tiene alguna declaración para hacer, lo conmino a que hable sin más pérdida de tiempo.

–Me atrevo a formular una pregunta –dijo con suave acento el profesor rengo, que había estado hasta entonces sentado decorosamente y no había hablado–. Quisiera saber si constituimos una asamblea o si somos sólo parte de una reunión de comunes mortales invitados a un cumpleaños. Lo pregunto simplemente como cuestión de orden y para salir de la ignorancia.

La “astuta” pregunta produjo una gran sensación. Todos comenzaron a mirarse unos a otros esperando que alguien contestara, y de pronto, como obedeciendo una orden, todas las miradas se clavaron en Verjovenski y Stavroguin.

–Propongo que votemos una respuesta a la pregunta de si constituimos una asamblea o no –dijo la señora Virguinski.

–Apoyo la propuesta –replicó Liputin– aunque la pregunta es un tanto vaga.

–Yo también la apoyo –dijeron varias voces.

–También yo creo que dicha propuesta servirá para poner un poco de orden a la reunión –los respaldó Virguinski.

–Entonces, votemos –dijo su esposa–. Liamshin, haga el favor de sentarse al piano; podrá votar desde allí cuando llegue el momento.

–¿Otra vez? –gritó Liamshin–. Ya he tamborileado bastante para usted.

–Le ruego encarecidamente que se siente a tocar. ¿No quiere hacer nada útil para la causa?

–Pero le aseguro, Arina Projorovna, que no hay nadie oyéndonos. Son figuraciones suyas. Además, las ventanas están muy altas, y la gente no entendería nada si nos escuchara.

–Ni siquiera nosotros podemos entendernos –murmuró alguien.

–Pues yo les digo que hay que estar siempre alertas. Puede haber espías –le explicó la dueña de casa a Verjovenski–. Que oigan desde la calle que tenemos música y que festejamos un cumpleaños.

–¡Maldita sea! –juró Liamshin, y, sentándose al piano, comenzó a ejecutar un vals dando a las teclas poco menos que puñetazos.

–Propongo que aquellos que quieren que esto sea una asamblea levanten su mano derecha –sugirió madame Virguinski.

Algunos la levantaron y otros no. Hubo quienes la levantaron y luego la bajaron, y hubo incluso quienes tras haberla bajado la levantaron de nuevo.

–¡Puff! ¡No entiendo nada! –exclamó uno de los oficiales.

–Yo tampoco –le hizo eco otro.

–Yo sí –dijo un tercero–. Si votas por el “sí”, debes levantar la mano.

–Pero ¿qué significa el “sí”?

–Significa que hay una asamblea.

–No, no significa eso.

–¡Yo voté por la asamblea! –gritó el alumno a la señora Virguinski.

–Y entonces, ¿por qué no has levantado la mano?

–Es que la estaba mirando a usted, y como vi que no la levantó, tampoco yo la levanté.

–¡Qué estúpido! Yo no levanté mi mano porque fui la que realizó la propuesta. Señores, mejor propongo lo contrario: que aquellos que quieren que haya una asamblea se queden quietos y no hagan nada, y que aquellos que no quieren levanten su mano derecha.

–¿Aquellos que no quieren qué? –preguntó el alumno.

–¿Lo está haciendo a propósito? –gritó madame Virguinski encolerizada.

–No, pero perdone usted –dijeron dos o tres voces–: ¿aquellos que quieren o aquellos que no quieren? Pues hay que dejarlo bien claro.

–¡Los que no quieren, los que no quieren!

–Sí, pero ¿qué hay que hacer en ese caso? ¿Levantar la mano o no levantarla? –gritó un oficial.

–Je, parece que todavía no estamos muy acostumbrados a los métodos constitucionales –hizo notar el mayor.

–Señor Liamshin, perdone, pero está usted golpeando de tal modo que nadie puede entender nada –observó el profesor rengo.

–¡Se lo aseguro, Arina Projorovna, no hay nadie escuchando! –gritó Liamshin, irguiéndose–. ¡No tocaré más! Vine como invitado, no como pianista

–Señores –interrumpió Virguinski–, respondan verbalmente: ¿constituimos una asamblea o no?

–¡Sí, sí! –se dijo en toda la sala.

–En ese caso, no hay ya necesidad de votar. ¿Estáis satisfechos? ¿Os parece necesaria la votación?

–¡No, no, ya entendimos!

–¿Hay alguien que no desee que se celebre una asamblea?

–¡No, no, todos queremos!

–Pero ¿qué significa una “asamblea”? –preguntó una voz a la que nadie dio respuesta.

–Debemos elegir un presidente –dijeron desde diversos puntos de la sala.

–¡Nuestro anfitrión, nuestro anfitrión!

–En ese caso, señores –comenzó el presidente electo Virguinski–, propongo nuevamente mi moción original. Si alguien desea decir algo más acorde al objeto de esta reunión, o tiene alguna declaración para hacer, que haga uso de la palabra sin más demora.

Se hizo un silencio general. Las miradas se clavaron nuevamente en Verjovenski y Stavroguin.

–Verjovenski, ¿no quiere decir nada a los presentes? –le preguntó sin rodeos la señora Virguinski.

–Absolutamente nada –respondió bostezando y desperezándose en su asiento–. Lo que sí querría es un vaso de aguardiente.

–¿Y usted no quiere, Stavroguin?

–No, le agradezco pero no bebo.

–Me refiero a si quiere hablar, no a si quiere aguardiente.

–¿Hablar? ¿De qué? No, no quiero.

–Le traerán aguardiente –prometió la dueña de casa a Verjovenski.

La estudiante, que a esta altura ya había pegado varios saltos, se puso de pie:

–He venido para hacerlos partícipes de los sufrimientos de los pobres estudiantes y de la necesidad de conducirlos a la protesta...

Pero se vio interrumpida. En el extremo opuesto de la mesa había surgido un rival que pronto atrajo hacia sí todas las miradas. Shigaliov, el hombre orejudo, se levantó lentamente de su asiento con un aire taciturno y sombrío y colocó sobre la mesa, melancólicamente, un voluminoso cuaderno escrito con una letra muy menuda. Permaneció de pie, en silencio. Muchos miraron el cuaderno con temor, pero Liputin, Virguinski y el profesor rengo parecían contentos.

–Pido la palabra –pronunció Shigaliov de manera triste pero resuelta.

–Usted la tiene –concedió Virguinski.

El orador tomó asiento, permaneció en silencio medio minuto, y dijo finalmente con solemne voz:

–Señores...

–Aquí tiene el aguardiente –dijo la hermana que había estado sirviendo el té, poniendo con desdén la botella ante Verjovenski junto con un vaso que llevaba entre sus dedos sin bandeja ni plato.

El orador, interrumpido, efectuó con dignidad una pausa.

–Continúe, no importa, yo no le estoy prestando atención –dijo Verjovenski, sirviéndose un vaso.

–Señores, al requerir su atención y, como ya verán más adelante, solicitar su ayuda en un asunto de la mayor importancia –comenzó nuevamente Shigaliov–, es menester que haga unas aclaraciones preliminares.

–Arina Projorovna, ¿no tendrá por ahí unas tijeras? –preguntó abruptamente Verjovenski.

–¿Para qué quiere unas tijeras? –preguntó ella con los ojos desorbitados.

–Hace tres días que vengo olvidando cortarme las uñas –contestó él mirando sus largas y mugrientas uñas impasiblemente.

Arina Projorovna se indignó, pero la joven Virguinskaia pareció encantada.

–Creo que hace un rato las vi en la ventana –dijo mientras se levantaba de la mesa, tras lo cual fue a buscar las tijeras y volvió de inmediato con ellas.

Verjovenski, sin siquiera mirarla, tomó las tijeras y comenzó a hurgarse en las uñas. Arina Projorovna comprendió que se trataba de modales realistas, y se avergonzó de su reacción. Todos intercambiaron miradas en silencio. El profesor rengo miró envidiosa y vengativamente a Verjovenski. Shigaliov continuó:

–Tras dedicar ingentes energías al estudio de la organización social que en el futuro reemplazará a la presente, he llegado a la conclusión de que todos los creadores de sistemas sociales, desde la antigüedad hasta el corriente año, han sido soñadores, narradores de cuentos de hadas, y necios que se contradijeron a sí mismos y que nada entendieron de ciencias naturales o del extraño animal llamado “hombre”. Platón, Rousseau, Fourier, las columnas de aluminio, todo eso tal vez sea muy adecuado para los gorriones, mas no para la sociedad humana. Pero, ahora que al fin nos aprestamos a actuar, es esencial delinear una nueva forma de organización social. A fin de evitar mayor incertidumbre, propongo mi propio sistema de organización mundial. ¡Helo aquí! –golpeó el cuaderno–. Quería exponer a la asamblea mis ideas en la forma más concisa posible, pero advierto que me será indispensable realizar numerosas aclaraciones verbales, de modo que la exposición total acarreará al menos diez veladas, una para cada capítulo de mi libro –risas en la sala–. Debo agregar, además, que mi sistema no está completo aún –más risas–. Me veo perplejo por mis propios datos, y mi conclusión se halla en directa contradicción con la idea que me sirvió de premisa inicial. Partiendo de una libertad ilimitada, he caído inevitablemente en un ilimitado despotismo. Añado, no obstante esto, que no puede existir para el problema socialista más solución que la mía.

Las risas fueron en aumento, pero procedían principalmente de los circunstantes más jóvenes y menos iniciados. Cierta expresión de fastidio se dibujó en los rostros de madame Virguinski, Liputin y el profesor rengo.

–Si usted mismo no ha logrado dar plena coherencia a su sitema, y ha caído en la desesperación, ¿qué podríamos hacer nosotros? –observó con cautela uno de los oficiales.

–Tiene usted razón, señor –se volvió abruptamente Shigaliov hacia él–, especialmente al hacer uso del término “desesperación”. Pues sí, me he visto reducido a la desesperación. Y no obstante ello, ninguna otra cosa puede ocupar el lugar del sistema expuesto en mi libro, nada puede reemplazarlo, ni hay nadie que pueda inventar algo mejor. Por ello me apresuro a invitar sin pérdida de tiempo a toda esta sociedad a escuchar durante diez noches la lectura de dicho libro y a emitir su opinión sobre él. Si los miembros no desean oírme, separémonos antes de empezar: vayan los hombres a servir al gobierno y las mujeres a cocinar, pues si rechazan mi solución no hallarán otra, ninguna en absoluto. Y si dejan pasar esta oportunidad, no estarán sino perdiendo tiempo, pues tarde o temprano se verán obligados a retornar a estos principios otra vez.

Se suscitó cierta agitación en la concurrencia, y se escucharon algunas voces que preguntaban si aquel hombre no estaría loco.

–De modo que la clave de todo está en la desesperación de Shigaliov –comentó Liamshin–, y que la cuestión principal estriba en si debe desesperarse o no.

–Que Shigaliov se halle al borde de la desesperación o no es una cuestión privada de él –declaró el alumno del Liceo.

–Propongo que votemos hasta qué punto la desesperación de Shigaliov afecta la causa común y, de paso, si vale la pena que lo escuchemos o no –sugirió alegremente uno de los oficiales.

–Esto no es justo –intervino al fin el profesor rengo, que tenía el hábito de hablar siempre con una sonrisa burlona, de modo que resultaba harto difícil adivinar si estaba hablando en serio o con sorna–. Esto no es nada justo, caballeros. El señor Shigaliov se ha consagrado seriamente a su tarea y es muy modesto al hablar de ella. Yo he leído su libro. Propone en él como solución final a la cuestión social la división de la humanidad en dos partes desiguales. Una décima parte de ella disfrutará de absoluta libertad y de ilimitado poder sobre las nueve partes restantes. Estas últimas deberán resignar su personalidad y volverse, por decirlo así, un rebaño que, mediante una total sumisión, alcanzará, tras una serie de regeneraciones, una inocencia primigenia, algo así como un nuevo Jardín del Edén. Claro que tendrán que trabajar. Las medidas propuestas por el autor para privar a nueve décimas partes de la humanidad de su libertad y, por medio de la educación de generaciones enteras, transformarlas en un rebaño son admirables, fundadas en hechos naturales, y más que lógicas. Uno puede disentir con determinadas conclusiones de la obra, pero es muy difícil dudar de la inteligencia y los conocimientos del autor. Es una pena que el tiempo requerido, diez noches, sea algo imposible de arreglar para nosotros, caso contrario oiríamos muchas cosas realmente interesantes.

–¿Está usted hablando en serio? –interpeló madame Virguinski al rengo, con una sombra de inquietud en su voz–. ¿Cree en un hombre que, al no saber qué hacer con la humanidad, reduce a la esclavitud a nueve décimas partes de ella? Hace ya tiempo que ese individuo me resultaba sospechoso.

–¿Dice eso de su propio hermano? –le preguntó el rengo.

–¿Lazos familiares? ¿Está usted burlándose de mí?

–Y, además, trabajar para aristócratas y obedecerlos como si fuesen dioses sería despreciable –añadió, furiosa, la estudiante.

–Lo que propongo no es despreciable: es el paraíso, un paraíso terrenal... y no puede haber sobre la tierra otro más que ése –intervino Shigaliov con autoridad.

–Por mi parte –observó Liamshin–, si no supiese qué hacer con nueve partes de la humanidad, antes que ponerlas en el paraíso preferiría volarlas con dinamita. Dejaría sólo un puñado de personas cultas, que vivirían felices para siempre basando su existencia en principios científicos.

–¡Sólo un bufón puede hablar así! –estalló la estudiante.

–Es un bufón, pero sirve –le susurró al oído madame Virguinski.

–Es posible que ésa sea la mejor solución para el problema –dijo Shigaliov volviéndose con ardor hacia Liamshin–. De seguro no advierte usted cuán profunda idea ha acertado a formular, amigo bromista. Pero como llevar a cabo tal proyecto raya en lo imposible, debemos conformarnos con un paríso terrenal, puesto que así es como se lo suele denominar.

–¡Qué completas tonterías son éstas! –dejó escapar como involuntariamente Verjovenski, que, sin siquiera levantar la mirada, continuó cortándose las uñas impasiblemente.

–¿Por qué tonterías? –respondió de inmediato el rengo, cual si hubiese estado esperando oír hablar a aquel hombre para atacarlo–. ¿Por qué tonterías? El señor Shigaliov es, hasta cierto punto, un humanista fanático, y recuerden que Fourier, Cabet más aún, y hasta el mismo Proudhon defendieron un número de las medidas más despóticas y fantásticas. El señor Shigaliov es acaso mucho más sobrio en sus sugerencias que ellos. Les aseguro que al leer su libro resulta casi imposible no estar de acuerdo con algunas cosas. Creo que está menos lejos del realismo que ningún otro, y su paraíso terrenal es quizás, si alguna vez existió, el auténtico, aquel por la pérdida del cual la humanidad aún suspira.

–Ya me esperaba yo algo así –murmuró nuevamente Verjovenski.

–Permítame usted –dijo el rengo, cada vez más enardecido–. Las conversaciones y los argumentos sobre la futura organización social constituyen casi una necesidad vital para toda persona moderna que piense. Herzen no tuvo más ocupación que ésa en su vida, y Bielinski, como sé de buenas fuentes, solía pasar noches enteras con sus camaradas debatiendo y solucionando de antemano hasta los detalles más insignificantes, las minucias domésticas, por decirlo así, del futuro régimen socialista.

–Algunos hasta enloquecen por ello –observó súbitamente el mayor.

–De cualquier modo, creo que tenemos más chances de llegar a algo hablando que sentándonos en silencio y actuando como dictadores –escupió Liputin, como aventurándose al fin a iniciar el ataque.

–No me refería a las ideas de Shigaliov cuando hablé de tonterías –murmuró Verjovenski–. Verán, señores –levantó un poco la vista–, a mi modo de ver, todos esos libros, los Fourier, los Cabet, toda esa cháchara sobre el derecho al trabajo, las teorías de Shigaliov, todo eso son novelas que uno puede escribir de a cientos de miles: un pasatiempo estético. Pero puedo entender que en esta pequeña aldea los paisanos se aburran y se precipiten sobre cualquier pedazo de papel escrito.

–¡Óigame! –dijo el rengo, removiéndose en su silla–, aunque seamos provincianos y, a causa de ello, seres dignos de lástima, sabemos sin embargo que no ha ocurrido aún en el mundo nada lo suficientemente nuevo como para que lloremos por habérnoslo perdido. Se nos sugiere, en varios panfletos clandestinos hechos afuera, que nos unamos y formemos grupos con el único objeto de traer destrucción al mundo. Se nos dice que, por mucho que uno se ocupe vanamente de la humanidad, nada bueno podrá sacarse de ella, pero que cortando cien millones de cabezas nos será más fácil saltar la zanja. Una buena idea, sin duda, pero tan impracticable como las teorías de Shigaliov, a las que acaba usted de referirse con tanto desdén.

–Perfecto, pero no he venido aquí para discutir –deslizó Verjovenski significativamente y, como sin darse cuenta de su desatino, acercó una vela para tener más luz.

–Es una lástima, una verdadera lástima que no haya venido aquí para discutir, y lamento que esté tan ocupado con su aseo.

–¿Qué le importa mi aseo a usted?

–Cortar cien millones de cabezas es tan difícil como transformar el mundo por medio de la propaganda. Y puede que incluso sea más difícil aún, especialmente en Rusia –se aventuró nuevamente Liputin.

–En Rusia están puestas las esperanzas de todos ahora –dijo un oficial.

–Sí, hemos escuchado que aquí están puestas todas las esperanzas –interpuso el rengo–. Sabemos que un misterioso dedo está apuntando a nuestra hermosa nación como la tierra más adecuada para llevar a cabo la gran tarea. Pero sucede que, en la gradual solución del problema por medio de la propaganda, ganaré algo de cualquier modo: tendré al menos algunas conversaciones agradables, y hasta quizás obtenga algún reconocimiento del gobierno por mis servicios prestados a la causa de la sociedad. Pero de la segunda manera, por el rápido método de cortar cien millones de cabezas, ¿qué beneficios personales obtendré? Si uno empieza a abogar por eso, su lengua podría ser cortada.

–La suya ciertamente lo será –murmuró Verjovenski.

–¿Se da cuenta? Y como, aun bajo las circunstancias más favorables, tal masacre no podría llevarse a cabo en menos de cincuenta o, digamos, treinta años (pues los demás no son ovejas, y quizás no se dejen degollar tan fácilmente), ¿no valdría más hacer las valijas, migrar a alguna tranquila isla allende calmos mares y cerrar allí los ojos plácidamente? Créame –golpeó la mesa significativamente con un dedo–, sólo promoverán la emigración con esa propaganda.

Terminó su discurso con aire triunfal. Se trataba de uno de los intelectos de la provincia. Liputin sonrió aviesamente; Virguinski lo escuchó con cierta apatía. Todos habían seguido la controversia con enorme atención, en especial las mujeres y los oficiales. Advertían que el abogado de la teoría de los cien millones de cabezas se hallaba acorralado, y aguardaban suspensos el desenlace.

–Ha dicho sabias palabras, por cierto –murmuró Verjovenski con mayor indiferencia que antes, incluso con un dejo de positivo fastidio–. La emigración es una buena idea. Pues si igualmente, a pesar de todas las naturales desventajas que usted presagia, día a día se suman nuevos soldados dispuestos a luchar por la causa común, se podrá fácilmente prescindir de usted. Esto es una nueva Religión, amigo, que viene a tomar el lugar de la antigua. Ésa es la razón por la cual tantos soldados se nos suman, engrosando este importante movimiento. ¡Y usted quiere emigrar! ¿Sabe qué? Yo le aconsejaría Dresde en lugar de sus islas calmas. En primer lugar, es una ciudad que jamás sufrió epidemias, y, como es usted un hombre culto, de seguro teme a la muerte; en segundo lugar, no se halla lejos de la frontera rusa, de modo que podrá usted recibir sin dificultad su sueldo de su amada patria; en tercer lugar, se reúnen en ella muchos de los denominados tesoros del arte, y es usted un hombre de delicadeza estética, si no me equivoco fue antaño profesor de literatura; y, por último, tiene allí una Suiza en miniatura, que le podrá proveer inspiración poética, pues no dudo que escribe usted versos. En resumen, ¡es un tesoro en una botella!

Se suscitó una agitación general, particularmente entre los oficiales. En un instante más habrían empezado a hablar todos a la vez, pero el rengo, irritado, mordió el anzuelo:

 –No, puede que no vaya a abandonar tan pronto la causa común. Pero debe comprender que...

–¿Cómo? ¿Formaría usted parte del quinteto si yo se lo propusiera? –estalló Verjovenski súbitamente, dejando las tijeras sobre la mesa.

Todos parecieron sobresaltarse. El hombre misterioso había revelado su naturaleza de manera inesperada. Había hablado abiertamente de un quinteto.

–Cada uno se considera una persona honesta y no eludirá su parte en la causa común –intentó evadirse el profesor rengo–, pero...

–No, ésta no es una pregunta en la que haya lugar para peros –lo interrumpió de manera tajante e imperiosa Verjovenski–. Les advierto, señores, que necesito respuestas concretas. Entiendo perfectamente que, habiendo venido aquí y habiéndolos mandado reunir, les debo una explicación, pero no me es posible darles ninguna en tanto no sepa cuál es su opinión respecto de este asunto. Para ser breves, pues no podemos perder treinta años más hablando como en los últimos treinta, les pregunto qué prefieren: el camino lento, que consiste en componer novelas socialistas y en planear en escritorios los destinos de la humanidad para dentro de mil años, mientras el despotismo engulle los sabrosos bocados que volarían por sí mismos a vuestras bocas si os tomaseis un poco de trabajo, o un camino rápido, con lo que quiera que ello implique, mediante el cual al fin desataréis vuestras manos, y que permitirá a la humanidad crear libremente su propia organización social en los hechos, no sobre el papel. Hay quienes claman por cien millones de cabezas; puede que ello sea una metáfora, pero ¿por qué temerlo si, en tanto soñemos con lentas utopías de papel, el despotismo devorará en el curso de unos centenares de años no cien, sino quinientos millones de cabezas? Observen además que un enfermo incurable no sanará nunca, por muchas prescripciones que se le tiendan en papel. Por el contrario, si seguimos demorándonos, puede que se pudra tanto que termine infectándonos a los demás y contaminando las lozanas fuerzas con las que hasta hoy podíamos contar, de modo que terminaremos hundiéndonos todos. Estoy completamente de acuerdo en que resulta muy agradable conversar con elocuencia sobre los asuntos liberales, mientras que la acción resulta un tanto irritante... Sin embargo, no soy muy bueno hablando; vine aquí para traer información, y les pido por ello no votar, sino establecer concretamente qué prefieren: arrastrarse lentamente como caracoles sobre el pantano, o cruzarlo a todo vapor.

–¡Yo estoy por el cruce a todo vapor! –gritó extasiado el alumno.

–También yo –le hizo eco Liamshin.

–La elección no ofrece duda alguna –murmuró un oficial, que fue pronto secundado por otro y luego por alguien más. Lo que había impresionado a todos era que Verjovenski traía información y había prometido hablar.

–Señores, parece que casi todos se inclinan por la política de los manifiestos  –dijo éste, mirando a su alrededor a los circunstantes.

–¡Todos, todos! –gritó la mayoría de las voces.

–Confieso que preferiría una política más humana –dijo el mayor–, pero ya que todos están del otro lado, me sumo al resto. [...]

Stavroguin, sin esperar respuesta, abandonó la sala. Verjovenski lo alcanzó en la pueta de la calle, corriendo como loco.

–¡Alto ahí, ni un paso más! –le gritó, agarrándolo por el brazo.

Stavroguin intentó zafarse de un tirón, pero no lo consiguió. La furia se apoderó de él. Tomando a Verjovenski por los cabellos con la mano izquierda, lo arrojó al suelo con toda su fuerza y franqueó la puerta. Pero no se había alejado ni treinta pasos cuando Verjovenski lo alcanzó de nuevo.

–Hagamos las paces –murmuró éste con un balbuceo febril.

Stavroguin se encogió de hombros sin detenerse ni mirarlo.

–Escucha, ¿quieres que mañana mismo te lleve a Lizaveta Nikolaievna? ¿No? ¿Por qué no respondes? Dime qué es lo que quieres y lo haré. Escucha, te dejaré a Shatov, ¿qué dices?

–¡O sea que era verdad que querías matarlo! –gritó Stavroguin.

–¿Para qué quieres a Shatov? ¿De qué te sirve? –continuó Verjovenski, jadeando y hablando atropelladamente. Se hallaba en un estado de completo frenesí, y seguía corriendo y asiendo a Stavroguin por el hombro, posiblemente sin siquiera advertirlo–. Escucha: te lo cederé a ti. Hagamos las paces. El precio es muy grande, pero... hagamos las paces.

Stavroguin se dignó por fin a mirarlo y quedó sorprendido. Los ojos, al igual que la voz, no eran los mismos de siempre, o similares a los que había visto en la sala hasta recién. La que vio era casi otra cara. La entonación de la voz era por completo diferente. Verjovenski rogaba, imploraba. Parecía un hombre que estaba perdiendo o había perdido lo más precioso que tenía, y que aún no se había repuesto del golpe.

–¿Qué diablos te pasa? –gritó Stavroguin. Verjovenski no respondió, sino que siguió corriendo tras él con la misma expresión implorante e inflexible.

–Hagamos las paces –murmuró una vez más–. Escucha: al igual que Fedka, llevo una navaja escondida en la bota, pero... hagamos las paces.

–Pero, maldito seas, ¿para qué me necesitas? –gritó Stavroguin, con intensa rabia y asombro–. ¿Hay algún secreto en todo esto? ¿Soy un talismán para ti?

–Escucha. Vamos a hacer la revolución –balbuceó el otro a toda prisa, como delirando–. ¿No confías en que haremos la revolución? Crearemos tal cataclismo que todas las cosas serán arrancadas de sus raíces. Karmazinov tiene razón al afirmar que no habrá de dónde asirse. Karmazinov es muy inteligente. Diez grupos más como éste a lo largo de Rusia, y nadie podrá atraparme.

–¿Grupos de idiotas como éste? –se le escapó sin querer a Stavroguin.

–¡Oh, no seas tan agudo, Stavroguin, no seas tan agudo! No ignoras que no eres tan inteligente como para desear que los demás lo sean. Tú tienes miedo, careces de fe, y te atemoriza que nosotros estemos haciendo cosas a tal escala. ¿Por qué son ellos idiotas? No lo son tanto. Hoy día nadie tiene una mente privilegiada, y las ideas originales son terriblemente pocas. Virguinski es un hombre puro, diez veces más puro que tú o yo; pero eso no importa. Liputin es un bribón, pero conozco algo bueno en él; todo bribón tiene algo bueno. Liamshin es el único que no tiene nada positivo, pero lo tengo dominado. Unos grupos más, y dispondré de dinero y pasaportes por todas partes; eso como mínimo, ¿y no es ya suficiente? Y tendré además escondites seguros, para que me busquen cuanto quieran. Podrán destruir un grupo, pero tropezarán con el siguiente. Armaremos tal motín... ¿Acaso no crees que con nosotros dos será suficiente?

–Toma a Shigaliov, y déjame en paz...

–¡Shigaliov es un verdadero genio! Es un genio de la talla de Fourier, pero mucho más audaz, más osado que Fourier. Lo tendré muy en cuenta. ¡Él ha descubierto la igualdad!

«Tiene fiebre, está delirando; algo muy extraño le ha sucedido», pensó Stavroguin, mirándolo nuevamente. Ambos seguían caminando sin detenerse.

–Ha escrito grandes cosas en ese cuaderno –continuó Verjovenski–. Propone un sistema de espionaje. Cada miembro de la sociedad espía a los demás, y es su deber delatarlos. Cada uno pertenece a todos, y todos a cada uno. Todos son esclavos, e iguales en su esclavitud. En algunos casos extremos aboga por la calumnia y el asesinato, pero lo principal es la igualdad. Para comenzar, el nivel de la educación, de las ciencias y del talento se rebaja. Un alto nivel de educación y de ciencia sólo es posible para los grandes intelectos, y no debe haber intelectos superiores. Los grandes intelectos siempre han tomado el poder y han sido déspotas. No pueden evitar ser déspotas, y siempre han generado más males que cosas útiles. Se los condenará al destierro o a la muerte. A Cicerón se le cortará la lengua;  a Copérnico se le sacarán los ojos; a Shakespeare se lo asesinará a pedradas: ¡eso es shigaliovismo! Los esclavos serán iguales. Con el despotismo jamás ha habido libertad o igualdad, pero en el rebaño habrá igualdad, y eso es shigaliovismo. ¡Ja, ja, ja! ¿Te resulta extraño? ¡Pues yo estoy a favor del shagaliovismo!

Stavroguin apretó el paso para llegar a su hogar lo antes posible. «Si este tipo está borracho, ¿dónde es que se ha embriagado de tal modo? –se preguntó–, ¿puede haber sido el vaso de aguardiente?»

–Escucha, Stavroguin. Nivelar las montañas es una gran idea, no un absurdo. Estoy a favor de Shigaliov. ¡Abajo con la cultura! ¡Ya basta de ciencia! Sin la ciencia tenemos material para continuar por un millar de años, pero hay que implantar la disciplina. Lo único que falta en el mundo es disciplina. La sed de saberes es un vicio aristocrático. De los lazos familiares y del amor nace el deseo de propiedad. Destruiremos ese deseo: fomentaremos la embriaguez, la intriga, la delación; promoveremos un libertinaje inconcebible; ahogaremos todo genio en su cuna. ¡Reduciremos todo a un común denominador, hasta alcanzar la más completa igualdad! “Hemos aprendido un oficio y somos hombres honestos; no necesitamos nada más”: eso han proclamado hace poco los obreros ingleses. “Sólo lo necesario es necesario”: ésa será la divisa del mundo entero a partir de ahora. Pero harán falta también convulsiones. Eso es lo que nosotros, los gobernantes, debemos procurar. Pues los esclavos deben tener gobernantes. Habrá una sumisión absoluta, y una absoluta pérdida de la personalidad, pero una vez cada treinta años Shigaliov generará una convulsión y todos comenzarán a devorarse mutuamente, dentro de ciertos límites, simplemente como una precaución contra el tedio. El tedio es una sensación aristocrática. En el shigaliovismo no existirá el deseo. El deseo y el sufrimiento serán nuestro destino, pero los esclavos tendrán el shigaliovismo.

–¿Te estás excluyendo? –dejó escapar Stavroguin.

–Nos estoy excluyendo a ambos. Había pensado en poner el mundo en manos del Papa. Que se adelante a pie, descalzo, y se presente a la plebe diciendo: «Miren a lo que me han llevado»; y todos se arrastrarán tras él, incluso los ejércitos. El Papa a la cabeza, con nosotros alrededor, y el shigaliovismo debajo. Sólo hace falta que la Internacional se ponga de acuerdo con el Papa. Así será, y el viejo aceptará todo de inmediato, pues no podrá hacer otra cosa. ¡Recuerda mis palabras! ¡Ja, ja! ¿Es esto estúpido? Dime, ¿es estúpido o no?

–¡Basta! –musitó, ya harto, Stavroguin.

–¿Ya basta? Escucha, me retracto de lo del Papa. ¡Al diablo con el Papa! ¡Al demonio con el shigaliovismo! Necesitamos algo más actual. El shigaliovismo no sirve, pues el shigaliovismo es un raro objeto de la más fina orfebrería. Es un ideal que pertenece al futuro. Shigaliov es un artesano, y un imbécil como todo filántropo. Necesitamos trabajo duro, y Shigaliov desprecia el trabajo duro. Escucha: el Papa reinará en Occidente, y tú reinarás aquí.

–¡Déjame en paz, maldito borracho! –refunfuñó Stavroguin, acelerando más su paso.

–¡Stavroguin, eres hermoso! –gritó Verjovenski, casi extasiado–. ¿Sabes que eres hermoso? Y lo más hermoso de ti es que con frecuencia pareces ignorarlo. ¡Oh, te he estudiado muy bien! A menudo te observo a hurtadillas. Hay en tu persona un montón de bondad e ingenuidad. ¿Lo sabías? Pues allí están. Debes de sufrir, y sufrir genuinamente, por esa bondad. Yo amo la belleza. Soy un nihilista, pero amo la belleza. ¿Acaso los nihilistas son incapaces de amar la belleza? Son los ídolos los que les desagradan, pero yo amo a un ídolo. ¡Tú eres mi ídolo! No haces daño a nadie, y sin embargo todos te odian. Tratas a todos como a iguales, y sin embargo todos te temen. ¡Eso es bueno! Nadie te palmearía el hombro. Eres un aristócrata terrible. Los aristócratas son irresistibles cuando defienden la democracia. Sacrificar tu vida o la de otros no es nada para ti. Eres el hombre que necesito. Necesito a alguien que sea precisamente como tú, pero no conozco a nadie más. Tú eres el líder; tú eres el sol y yo el gusano.

Súbitamente, le besó la mano. Un escalofrío recorrió la espalda de Stavroguin, que retiró su mano de un tirón. Ambos se detuvieron.

–¡Loco! –susurró Stavroguin.

–¡Quizás esté delirando, quizás esté delirando! –reconoció Verjovenski, hablando velozmente–. Pero he descubierto el primer paso. Shigaliov nunca se acercó a él. Hay cantidad de Shigaliovs, pero sólo un hombre en todo Rusia ha descubierto el primer paso y sabe cómo darlo. ¡Y ese hombre soy yo! ¿Por qué me miras? Te necesito; sin ti no soy nada. Sin ti soy una mosca, una idea en una botella, Colón sin América.

Stavroguin, aún inmóvil, tenía la vista clavada en sus ojos febriles.

–Escucha. En primer lugar haremos una revolución –siguió Verjovenski desesperadamente, agarrando a cada instante la manga izquierda de Stavroguin–. Ya te lo he dicho. Nos infiltraremos en el propio pueblo. ¿Sabías que ya somos tremendamente poderosos? Nuestro partido no está formado sólo por esos que se dedican a asesinar y a provocar incendios, que disparan según el modo tradicional o que muerden coroneles. Ésos son un estorbo. Yo no acepto nada sin disciplina. Aunque, por supuesto, soy más un villano que un socialista. ¡Ja, ja! Escucha, los he inventariado: el maestro que se burla, con sus alumnos, de Dios y de sus cunas, está de nuestro lado; el abogado que defiende a un asesino educado nada más que porque éste es más culto que sus víctimas y no pudo evitar matarlas para procurarse dinero, está de nuestro lado; los estudiantes que dan muerte a un campesino tan sólo para conocer la sensación de matar, están de nuestro lado; los jueces que absuelven a todos los delincuentes, están de nuestro lado; el fiscal que tiembla en un tribunal por temor a no parecer suficientemente liberal, está de nuestro lado. Entre los oficiales y los escritores tenemos también montones de partidarios, montones, y ellos ni siquiera lo saben. Por el otro lado, la docilidad de los estudiantes y de los idiotas ha alcanzado cimas insuperables, y los preceptores son amargos y biliosos. Una vanidad desproporcionada se enseñorea por doquier, los apetitos son brutales, monstruosos... ¿Y tienes idea de cuántos más atraparemos por medio de huecas frases prefabricadas? Cuando dejé Rusia, el aforismo de Littre que rezaba que el crimen era locura hacía furor; ahora regreso y encuentro que el crimen ya no es locura, sino puro sentido común, casi un deber; en el peor de los casos, una gallarda protesta. «¿Cómo podemos esperar que un hombre culto no mate si necesita dinero?» Pero éstos son apenas los primeros frutos. El Dios de los rusos ha sido vencido por el vodka barato. Los campesinos se emborrachan, las madres se emborrachan, los niños se emborrachan, las iglesias están vacías, y en los tribunales populares uno escucha: «Doscientos latigazos, o tráenos una cuba de vodka». ¡Oh, tan sólo debemos esperar a que esta generación crezca! Es una lástima que no nos sea posible seguir esperando, o podríamos emborracharla bastante más aún. ¡Y qué lástima que no haya proletarios! Pero los habrá, los habrá... hacia eso nos encaminamos.

–También es una lástima que nos hayamos vuelto todos tan idiotas –musitó Stavroguin, caminando aprisa como antes.

–Escucha. He visto a un niño de seis años conducir a su casa a su madre borracha, mientras ella lo insultaba con los epítetos más brutales. ¿Crees que me alegré por ello? Cuando todo esté en nuestras manos, puede que lo arreglemos. Si es necesario, desterrándolos a un desierto por cuarenta años. Pero una o dos generaciones de vicio son esenciales ahora, de un vicio abyecto y monstruoso que transforme al hombre en un reptil cruel, egoísta y detestable. ¡Eso es lo que necesitamos! Eso y un poco de sangre fresca, para que vayamos acostumbrándonos a ella. ¿De qué te ríes? No me estoy contradiciendo. Sólo contradigo a los filántropos y al shigaliovismo, no a mí. Soy un villano, no un socialista. ¡Ja, ja, ja! Sólo lamento que no haya más tiempo. Le prometí a Karmazinov que comenzaría en mayo, y que habría terminado para octubre. ¿Es demasiado pronto? ¡Ja, ja! ¿Sabes qué, Stavroguin? Aunque los rusos sean proclives a un lenguaje soez, nunca hasta ahora han sido cínicos. ¿Sabías que los siervos sienten mayor respeto por sí mismos que Karmazinov? Por más que se los apalee, ellos siempre conservan sus dioses, cosa que Karmazinov no ha podido lograr.

–Bueno, Verjovenski, es la primera vez que te escucho hablar, y no salgo de mi asombro –observó Stavroguin–. De modo que no eres un socialista, entonces, sino más bien una suerte de... político ambicioso.

–¡Un villano, un villano! ¿Quieres saber lo que soy? Te lo diré de manera directa, que es lo que me proponía hacer. No fue por nada que besé tu mano. Pero la gente debe creer que sabemos lo que queremos, mientras el otro bando no hace nada salvo «blandir el palo y golpear a sus propios seguidores». ¡Ay, si tan sólo tuviésemos más tiempo! Ése es nuestro único problema: que no tenemos tiempo. Predicaremos la destrucción... ¡por qué, por qué es que esa idea resulta tan fascinante! Pero debemos ejercitarnos antes. Propagaremos los incendios... propagaremos las leyendas. Hasta los grupos más ruines nos servirán. De esos grupos escogeré para ti voluntarios que harán frente a las balas, y que hasta te agradecerán por haberles dado el honor de tal tarea. En fin, ¡habrá una revolución! ¡Habrá una revuelta como jamás habrá visto el mundo! Rusia se inundará de tinieblas, la tierra llorará por sus antiguos dioses... Y entonces, entonces proclamaremos... ¿a quién crees tú?

–¿A quién?

–Al zarevich Iván.

–¡A quién!

–¡Al zarevich Iván! ¡A ti, a ti!

Stavroguin se quedó pensativo por unos instantes.

–¿A un impostor? –preguntó de pronto, mirando con intensa sorpresa a su frenético compañero–. Con que ése es, por fin, tu plan.

–Anunciaremos que «está escondido» –dijo en voz baja Verjovenski, con una especie de amable susurro, cual si realmente estuviese ebrio–. ¿Adviertes la magia de las palabras «está escondido»? Pero aparecerá, aparecerá. Propagaremos una leyenda superior a la de los skoptsis. Él existe, pero nadie lo ha visto aún. ¡Oh, qué leyenda podremos inventar! Y lo mejor es que será una nueva fuerza. Y necesitamos algo así; es lo que todos están pidiendo. ¡Qué puede hacer el socialismo! Ha destruido todo lo antiguo pero no ha creado nada nuevo. Pero aquí tenemos algo, una fuerza... ¡y vaya poder! ¡Increíble! Sólo necesitamos una palanca para levantar la Tierra. ¡Y lo levantaremos todo!

–Entonces en serio contabas conmigo –dijo Stavroguin con una sonrisa maligna.

–¿Por qué sonríes tan maliciosamente? No me asustes. En este momento soy como un chiquillo. Puedes matarme de miedo con una sonrisa semejante. Escucha, no dejaré que nadie te vea, nadie. Así debe ser. Él existe, pero nadie lo ha visto; «está escondido». Incluso, podríamos mostrarte; a uno entre cien mil, por ejemplo. Y el rumor pronto se esparciría por doquier: «¡Lo hemos visto, lo hemos visto!». También a Iván Filipovich, cual dios de Sabaoth, lo vieron ascender al cielo en su carro ante una multitud. ¡Lo vieron con sus propios ojos! Y tú no eres un Iván Filipovich, tú eres realmente bello y orgulloso como un dios, nada pretendes para ti, tienes una aureola de víctima, y «estás escondido». Lo importante es la leyenda. Los conquistarás; sólo tendrás que mirarlos, y los conquistarás. Él «está escondido», y aparecerá para traer una nueva verdad. Y, mientras tanto, añadiremos dos o tres sentencias salomónicas. Los grupos, los quintetos, ya sabes; no necesitaremos siquiera de los diarios. Si de diez mil pedidos satisfacemos siquiera uno, todos acudirán con los suyos. En cada distrito, todo campesino sabrá que hay un árbol hueco en el cual poner los pedidos. Y la tierra toda resonará con el grito: «Una nueva ley más justa está llegando», y los mares se encresparán, y todo el castillo de naipes caerá y podremos entonces considerar la construcción de un edificio de piedra. ¡Por primera vez! ¡Lo construiremos nosotros, nosotros y sólo nosotros!

–Qué demencia –dijo Stavroguin.

–¿Por qué, por qué te niegas? ¿Tienes miedo? Es por eso que te he escogido, porque no le tienes miedo a nada. ¿Te parece ilógico? Pero ya ves que así soy sólo un Colón sin América. ¿Parecería lógico un Colón sin América?

Stavroguin no pronunció palabra. Llegaron por fin a su casa y se detuvieron frente a ella.

–Escucha –le dijo al oído Verjovenski–. Lo haré por ti sin necesidad de dinero. Mañana mismo resolveré lo de María Timofievna. Nada de dinero, y mañana te traeré a Liza. ¿Quieres a Liza mañana?

«¿Estará loco de verdad?», se preguntó Stavroguin sonriendo, mientras abría la verja de entrada.

–Stavroguin, ¿será América nuestra? –dijo Verjovenski, tomándolo de la mano por última vez.

–¿Para qué? –replicó Stavroguin adusta y gravemente.

–¡Lo sabía: no te importa! –gritó Verjovenski en un acceso de furia–. ¡Estás mintiendo, miserable, pervertido y pequeño aristócrata! ¡No te creo! ¡Tienes el apetito de un lobo! Comprende que me has costado tan caro que no puedo renunciar a ti ahora. No hay otro más que tú. Lo inventé en el extranjero, lo inventé todo, tras verte a ti. Si no te hubiese visto desde mi rincón, nada de todo esto hubiese jamás entrado en mi cabeza.

Stavroguin subió las escaleras sin dar respuesta alguna. [...]


Traducción de E. Ehrendost.