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Joris-Karl Huysmans - Allá lejos



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Cuando los experimentos de alquimia y las evocaciones diabólicas fracasan, Prelati, Blanchet, todos los hechiceros y consejeros que rodean al mariscal, reconocen que para atraer a Satán es necesario que Gilles le ceda su alma y su vida, o que cometa numerosos crímenes.

Gilles de Rais se niega a alienar su existencia y abandonar su alma, pero piensa sin horror en los asesinatos. Este hombre, tan valiente en los campos de batalla, tan bravo cuando acompañaba y defendía a Juana de Arco, tiembla ante el Demonio, se aterra cuando piensa en la vida eterna, cuando piensa en Cristo. Y lo mismo sucede con sus cómplices. Para estar seguro de que estos no revelarán las aterradoras infamias que el castillo oculta, les hace jurar sobre los Santos Evangelios que mantendrán el secreto, sabiendo bien que ninguno de ellos transgredirá ese juramento jamás, puesto que, en la Edad Media, ni el más osado de los criminales se habría atrevido a asumir el irremisible pecado de engañar a Dios.

Entonces, al tiempo en que sus alquimistas dejan de lado sus inútiles hornos, Gilles se entrega a una espantosa glotonería, y su carne, incendiada por las desmedidas esencias de las bebidas y los manjares, entra en erupción, arde en tumulto.

Ahora bien, en el castillo no había mujeres. Parece ser que Gilles, en Tiffauges, execró el sexo. Después de experimentar las obscenidades del campo, y de frecuentar, junto a los Xaintrailles y los La Hire, a las prostitutas de la corte de Carlos VII, comenzó, aparentemente, a despreciar las formas femeninas. Y, al igual que sucede con aquellos cuyo ideal de concupiscencia se desvía y altera, llegó ciertamente, por último, a sentir asco por la delicadeza de la piel femenina y por ese olor de la mujer que todos los sodomitas aborrecen.

Depravó entonces a los niños del coro de la iglesia que estaba bajo su ministerio. Los había elegido, por otra parte, a estos pequeños monaguillos, porque los veía «bellos como ángeles». Ellos fueron los únicos a los que verdaderamente amó, los únicos a los que, en sus transportes de asesino, perdonó.

Pero pronto todo ese montón de corrupciones infantiles le pareció poco. La ley del satanismo, que ordena que el elegido del Mal descienda la espiral del pecado hasta su último peldaño, se había, una vez más, promulgado. Sólo era necesario, entonces, que su alma supurase a fin de que en ese rojo tabernáculo, constelado de abscesos, lo Más Bajo pudiese habitar con comodidad.

Y así, las letanías de lujuria bestial se elevaron en el viento salado de los mataderos. La primera víctima de Gilles fue un niño muy pequeño, cuyo nombre se desconoce. Lo asesinó, le cortó las manos, le sacó el corazón, le arrancó los ojos y llevó todo a la cámara de Prelati. Los dos hombres lo ofrecieron, con apasionados cánticos, al Diablo, que no se hizo presente. Gilles, exasperado, huyó. Prelati envolvió esos miserables restos en una tela de lino y, temblando, salió, en la noche, para inhumarlos en tierra santa, junto a una capilla consagrada a San Vicente. 

La sangre de ese niño, que Gilles había conservado para escribir sus fórmulas de evocación y sus conjuros, se expandió en horribles siembras que pronto germinaron, y, no mucho tiempo después, De Rais pudo cosechar el más abundante cultivo de crímenes que jamás hubiese sido plantado.

De 1432 a 1440, es decir, durante los ocho años comprendidos entre el retiro del mariscal y su muerte, los habitantes de Anjou, de Poitou y de Bretaña vagan, sollozando, por los caminos. Todos los niños desaparecen; los pastores son raptados en los campos; las chiquillas que salen de la escuela, los muchachos que vienen de jugar en las callejas o de divertirse al borde de los bosques, ya no regresan.

En el curso de una investigación ordenada por el duque de Bretaña, los escribas de Jean Touscheronde, comisario del duque en estas cuestiones, redactan interminables listas de niños que son llorados.

En La Roche-Bernard desapareció el hijo de la señora Péronne, «un niño que iba a la escuela y aprendía muy bien», según la madre. En Saint-Étienne-de-Montluc desapareció el hijo de Guillaume Brice, «un pobre hombre que vivía de limosnas». En Machecoul desapareció el hijo de George el Barbero, «al que se vio cierto día recogiendo manzanas detrás del castillo de Rondeau y que desde entonces no volvió a ser visto». En Thonaye desapareció el hijo de Mathelin Thouars, «que tenía unos doce años y fue oído llorando y gimiendo». Nuevamente en Machecou, el día de Pentecostés, el señor y la señora Sergent dejaron en su casa a su hijo de ocho años y, cuando regresaron del campo, «no pudieron encontrar a su hijo, lo cual los llenó de asombro y un enorme dolor». En Chanteloup, Pierre Badieu, mercero de la parroquia, relata que, durante más o menos un año, había visto en la comarca a dos pequeños hermanos de unos nueve años de edad, hijos de Robin Pavot, y que «pasado ese tiempo no los volvió a ver ni supo más nada de ellos». En Nantes, Jeanne Darel declara que «el Día de San Pedro extravió en la ciudad a su hijo Olivier, de unos siete años de edad, y desde esa fecha no volvió a tener noticias de él».

Las páginas de la encuesta prosiguen, se acumulan, revelan centenas de nombres, describen el dolor de las desesperadas madres que interrogan a los viajeros en los caminos, los lamentos de las familias de cuyas casas fueron arrebatados niños y niñas cuando se alejaron de ellas para trabajar en los campos o sembrar cáñamo. Estas frases se repiten, como estribillos desoladores, al final de cada declaración: «Se los ve quejarse amargamente», «Se los oye prorrumpir en hondas lamentaciones». Allí donde establecen sus ducados los carniceros de Gilles, las mujeres lloran.

La gente, transida de espanto, habla primero de hadas malvadas, de genios maléficos que dispersan a su descendencia, pero, poco a poco, cae en horrorosas sospechas. En cuanto el mariscal se desplaza, en cuanto va de su fortaleza de Tiffauges al palacio de Champtocé, y de allí al castillo de La Suze o a Nantes, deja tras sus pasos regueros de lágrimas. Atraviesa una campiña y, al día siguiente, faltan niños. Temblando, los campesinos se dan cuenta de que en todo sitio donde se vio a Prelati, a Roger de Bricqueville o a Gilles de Sillé, todos los íntimos del mariscal, los pequeños desaparecieron. Por último, se observa, con horror, que una anciana, Perrine Martin, vaga vestida de gris, con el rostro cubierto, como el de Gilles de Sillé, por una estameña negra; ella aborda a los niños, y su charla es tan seductora, su semblante, del que quita el velo, es tan hábil, que todos la siguen hasta las lindes de los bosques, en donde hombres los agarran y se los llevan, amordazados en sacos. Y la gente, aterrada, comienza a llamar a esta proveedora de carne, a esta ogresa, La Meffraye, por el nombre de un ave de rapiña.

Estos emisarios se habían extendido por todos los pueblos y aldeas, y cazaban a los niños bajo las órdenes del Gran Montero, el señor De Bricqueville. No satisfecho con sus ojeadores, Gilles se instalaba en las ventanas del castillo y, cuando pequeños mendigos, atraídos por la fama de su generosidad, se acercaban a pedir limosna, escogía con una mirada a aquellos cuya fisionomía le incitaba al estupro, los hacía subir y los arrojaba al interior de una mazmorra hasta que, sintiendo apetito, reclamaba su cena carnal.

¿A cuántos niños habrá matado después de haber desflorado? Él mismo lo ignoraba, tantas eran las violaciones que había consumado y los asesinatos que había cometido. Textos de aquellos tiempos hablan de entre unas setecientas u ochocientas víctimas, pero ese número es insuficiente, inexacto. Regiones enteras fueron devastadas: la aldehuela de Tiffauges ya no tenía más jóvenes; La Suze, ninguna descendencia masculina; en Champtocé, todo el fondo de una torre fue hallado completamente atestado de cadáveres; un testigo citado en la investigación, Guillaume Hylairet, declara que «un tal Du Jardin ha oído decir que se encontró, en dicho castillo, una barrica repleta de niños muertos».

Aún hoy sobreviven huellas de sus asesinatos. Hace dos años, en Tiffauges, un médico descubrió una mazmorra y sacó de allí montones de cráneos y huesos.

Lo cierto es que Gilles confesó haber cometido espantosos holocaustos, y sus amigos confirmaron todos los horrendos detalles.

A la hora del crepúsculo, cuando sus sentidos se hallan fosforescentes, heridos por los poderosos jugos de la carne de venado y encendidos por inflamatorios brebajes llenos de especias, Gilles y sus camaradas se retiran a una remota cámara del castillo. Hasta allí son conducidos los niños desde sus respectivas celdas. Están desnudos y amordazados. El mariscal los acaricia y los agrede; luego, los corta con una daga, obteniendo un inmenso placer al desmembrarlos lentamente. En otras ocasiones, acuchilla sus pechos y bebe el aliento de sus pulmones; a veces también les abre el estómago, lo huele, agranda la incisión con sus manos y se sienta en ella. Entonces, mientras macera las tibias entrañas con sus heces, se vuelve y mira por sobre su hombro para contemplar las supremas convulsiones, los últimos espasmos. Él mismo diría, más tarde: «Fui más feliz disfrutando de las torturas, las lágrimas, el miedo y la sangre que con ningún otro placer».

Pero en seguida se cansa de estos deleites fecales. Un pasaje todavía inédito de su proceso dice que «dicho señor se excitaba con niños, y a veces también con niñas, con las cuales tenía coito por detrás, diciendo que obtenía más placer y menos dolor haciéndolo así que en su naturaleza», tras lo cual les cortaba lentamente la garganta, depositaba el cadáver, las prendas de vestir y la ropa interior en el fuego del hogar, que siempre ardía con madera y hojas secas, y arrojaba las cenizas parte a las letrinas, parte al viento desde lo alto de una torre, parte a los pozos y las zanjas.

Pronto sus furias se agravan. Hasta entonces había apagado la rabia de sus sentidos con seres vivos o moribundos, pero de pronto comienza a hastiarse de estuprar carne palpitante y se vuelve un amante de los muertos.

Artista apasionado, besa, entre gritos de entusiasmo, los hermosos miembros de sus víctimas. Realiza competencias de belleza sepulcral, y a aquella cabeza sin tronco que recibe el primer premio la eleva asiéndola por los cabellos para, con desesperada pasión, besar luego incansablemente sus fríos labios.

El vampirismo lo deja satisfecho por meses. Corrompe niños muertos, sosegando la fiebre de sus deseos en el frío ensangrentado de los sepulcros. Llega incluso, un día en que su provisión de niños se había agotado, a desgarrar el vientre de una mujer encinta a fin de recrearse con el feto. Después de estos excesos cae, agotado, en horribles sueños, en pesados comas, parecidos a esa suerte de letargos que abrumaban, tras sus violaciones de sepulturas, al sargento Bertrand. Pero, si es posible admitir que esos sueños de plomo son una de las fases conocidas de esa enfermedad aún mal vista que es el vampirismo, si es posible creer que Gilles de Rais fue únicamente un pervertido sexual genético, aunque un virtuoso sin igual en torturas y asesinatos, es necesario reconocer que él se distinguió de los más fastuosos criminales, de los más delirantes sádicos, por un detalle que parece sobrehumano de tan espantoso que es.

Esos aterradores deleites, esos monstruosos crímenes ya no le eran suficiente, y él los corroyó con una esencia de pecado raro. Ya no fue más solamente la crueldad resuelta, sagaz, de la fiera que juega con el cadáver de su víctima. Su ferocidad ya no se quedó únicamente en lo carnal, sino que se agravó, se volvió espiritual. Él deseaba hacer sufrir al niño en su cuerpo y en su alma; y, por una superchería completamente satánica, comenzó a burlarse de la gratitud, a engañar el afecto, a traicionar el amor. Entonces sobrepasó, así, la infamia del hombre y penetró directamente en las última tiniebla del Mal.

Ideó esto: cuando uno de los desgraciados niños era conducido a su cámara, Bricqueville, Prelati y Sillé lo colgaban de un gancho clavado en el muro, y, en el momento en que el niño comenzaba a asfixiarse, Gilles ordenaba que lo bajaran y que lo libraran de la cuerda. Hacía sentar entonces, con gran precaución, al pequeño sobre sus rodillas, lo reanimaba, lo acariciaba, lo mimaba, le enjugaba las lágrimas y le decía, señalando a sus cómplices: «Esos hombres son malvados, pero ya ves que me obedecen; no tengas miedo, yo te salvé la vida, y te voy a llevar de vuelta con tu madre». Y entonces, mientras el niño, loco de alegría, lo abrazaba, sintiendo un gran amor por él, Gilles le clavaba dulcemente un cuchillo en el dorso del cuello, lo dejaba, siguiendo su expresión, «languideciendo», y cuando la cabeza, un poco separada del cuerpo, acogía, inclinada, los raudales de sangre, acomodaba el cuerpo, lo daba vuelta y lo violaba rugiendo.

Tras estos abominables pasatiempos llegó a creer que el arte de la carnicería humana había expresado bajo sus dedos su último líquido, que había rezumado con él su última gota de pus, y, con un grito de orgullo, decía a su tropa de parásitos: «No hay hombre sobre la tierra que se atreva a hacer lo que he hecho yo».

Pero si el más allá del bien, si el más allá del amor es accesible a ciertas almas, el allá abajo del mal no es fácil de alcanzar. Habiéndose excedido en estupros y asesinatos, el mariscal no podía llegar por esa vía mucho más lejos. Por más que soñaba con violaciones únicas, con torturas más lentas y estudiadas, ya estaba todo hecho; la imaginación humana tenía un límite, y él ya lo había, diabólicamente, dejado atrás. Jadeaba, insaciable, ante el vacío; podía verificar ahora ese axioma de los demonólogos según el cual el Maligno engaña finalmente a todos aquellos que se entregan o desean consagrarse a él.

No pudiendo descender más, intenta retornar por el mismo camino por el que hasta allí llegó; pero entonces los remordimientos lo asaltan, comienzan a abrumarlo, lo aplastan sin darle respiro. Sus noches se vuelven noches de expiación, y, acosado por fantasmas, le aúlla a la muerte como una bestia. Se lo ve correr por los solitarios corredores del castillo; llora, se deja caer sobre sus rodillas, le jura a Dios que hará penitencia, le promete que creará fundaciones piadosas. Instituye en Machecoul una iglesia escolar en honor a los Santos Inocentes; también habla de encerrarse en un convento, o de ir hasta Jerusalén mendigando el pan.

Pero en este espíritu extraviado e inconstante las ideas se superponen entre sí y luego se pierden, y aquellas que desaparecen proyectan aún su sombra sobre aquellas que les siguen. Abruptamente, incluso mientras está llorando lleno de angustia, se precipita hacia nuevos vicios, y, en garras del delirio, se arroja sobre el niño que le es llevado, le hace saltar las pupilas, remueve con sus dedos la leche ensangrentada de los ojos, toma una porra provista de clavos y le golpea la cabeza hasta que el cerebro le sale del cráneo. Y entonces, todo salpicado de sangre gorgoteante y de sesos, despliega una maliciosa sonrisa y ríe a carcajadas. Como una bestia perseguida en caza, huye luego hacia los bosques, mientras sus sirvientes limpian las manchas carmesí del suelo y se deshacen prudentemente del cadáver y de sus vestiduras manchadas de sangre.

Vaga por los bosques que circundan Tiffauges, bosques negros, impenetrables, profundos, tales como los que la Bretaña aún puede mostrar en Carnoët. Solloza, mientras camina solo, perdido, intentando alejar a los fantasmas que lo acosan, y súbitamente, al mirar a su alrededor, ve la obscenidad de las siluetas de los más añosos árboles. Es como si la naturaleza se pervirtiese ante él, como si su presencia misma la depravara. Por primera vez comprende la inmóvil lubricidad de los bosques, descubre príapos en todas las ramas. 

Un árbol le llega a parecer un ser vivo, con la cabeza hacia abajo, enterrada en la cabellera de sus raíces, y con las piernas en el aire, separadas, subdivididas luego en nuevos muslos que también se abren, a su vez, volviéndose cada vez más pequeños a medida que se alejan del tronco; allí, entre esas piernas, otra rama se hunde, en una fornicación inmóvil que se repite y disminuye, de ramaje en ramaje, hasta la copa; y, allí arriba, el tronco le parece un falo que sube y desaparece bajo una falda de hojas, o bien, por el contrario, piensa en el vello verde de uno hundido en el vientre aterciopelado del suelo.

Escalofriantes visiones surgen ante él. Ve la piel de pequeños niños: la piel limpia y blanca, que semeja papel vitela, en la pálida y lisa corteza de las delgadas hayas, y la paquidermatosa epidermis de los jóvenes mendigos en la oscura y arrugada cubierta de los viejos robles. Junto a las bifurcaciones de las ramas amplios agujeros bostezan, orificios que la corteza talla en cortes ovales, hiatos fruncidos que parecen inmundos emuntorios o abiertos anos de bestias. Encuentra, en las junturas de las ramas, otras visiones, codos, axilas forradas con grises líquenes; descubre, incluso, en los mismos troncos de los árboles, incisiones que se abren en grandes labios bajo matas de terciopelo rojizo y coronas de musgo.

Por todas partes brotan de la tierra formas obscenas y saltan, en desorden, hacia un firmamento que se sataniza: las nubes se hinchan asumiendo formas de senos, se dividen hasta parecer nalgas, se abultan como fecundadas, se dispersan en esparcidos regueros de semen; concuerdan con la sombría lascivia del follaje, donde ya no hay más que imágenes de enormes o pequeñas caderas, de triángulos femeninos, de grandes uves, de bocas de Sodoma, de cicatrices que brillan, de húmedos orificios. Súbitamente, este paisaje de abominaciones cambia. Gilles ve ahora, en los troncos, espantosos cánceres, horribles tumores. Observa exostosis y úlceras, llagas membranosas, chancros de tisis, caries atroces; todo a su alrededor se torna un lazareto arbóreo, una clínica venérea. 

En medio de todos esos árboles, en el desvío de un sendero, descubre una moteada haya roja. Y, ante las hojas purpúreas que caen, siente que se está empapando bajo una lluvia de sangre. Se pone furioso, imagina que bajo la corteza de aquel árbol mora una ninfa del bosque, y pronto ansía tener entre sus manos la palpitante carne de la diosa, pronto ansía trucidar a la dríade, violarla en un sitio ignorado por la idiotez de los hombres. 

Comienza a envidiar al leñador que puede asesinar, que puede masacrar a ese árbol, y se enloquece, blasfema, para enseguida escuchar, tenso, al bosque que responde a sus gritos de deseo con las estridentes vociferaciones del viento. Abrumado, llora, retoma su camino y, extenuado, llega a su castillo, donde de inmediato se arroja sobre su lecho como una masa inerte.

Y los fantasmas toman una forma más definida ahora, ahora mientras duerme. Las lúbricas uniones de las ramas, la copulación de los distintos seres del bosque, las grietas dilatadas, los forrajes entreabiertos, desaparecen; las lágrimas de las hojas azotadas por la brisa se secan; los blancos abscesos de las nubes son reabsorbidos por el gris de los cielos, y, en medio de un abismal silencio, los íncubos y los súcubos pasan.

Los cadáveres de aquellos a quienes masacró, y cuyas cenizas hizo esparcir en las zanjas, retornan a un estado larvario y atacan sus partes inferiores. Se retuerce, chapoteando en charcos de sangre. Repentinamente, con un sobresalto, se despierta y, acuclillándose, se arrastra en cuatro patas, como un lobo, hasta el crucifijo, contra cuyos pies aprieta los labios aullando.

Un súbito cambio lo trastorna. Comienza a temblar ante la imagen de ese Cristo cuyo convulsionado rostro lo observa desde arriba. Le ruega que tenga misericordia, le suplica que lo perdone, y llora y solloza hasta que, ya sin fuerzas, gime tan bajo que oye, aterrado, en su propia voz, los lamentos y los llantos de los niños llamando a sus madres e implorándole piedad. [...]


Traducción de E. Ehrendost.