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M. P. Shiel - Xélucha



«Va él tras ella... y no lo sabe...»


¡Hace tres días!, ¡por el cielo, parece un siglo! Pero estoy perturbado... mi razón se halla aturdida. Hace un rato caí en un coma momentáneo que recordaba precisamente a un ataque de petit mal. «Tumbas y gusanos y epitafios»: ésa es la fantasía de mi sueño. ¡A mi edad, con mi físico, caminar tambaleándome, como un hombre herido! Pero todo esto pasará; debo reponerme... mi razón se halla aturdida. ¡Hace tres días!, ¡parece un siglo! Sentado en el suelo frente a una vieja cesta llena de cartas encontré, por azar, un paquete con las de Cosmo. Las había olvidado; se están poniendo amarillentas. Verdaderamente, ya no puedo seguir llamándome joven. Me quedé sentado leyéndolas, distraídamente, transportado por los recuerdos. ¡Pero reflexionar significa perderse!; ante ese mal hábito debo torcer el cuello, o buscar la muerte. Una vez más recorrí la laberíntica armonía esférica del minuet, y me moví en el vals, con largas pompas de candelabros, el mediodía de la bacanal, a mi alrededor. ¡Cosmo era el tsar y el maharajá de los sibaritas, el Príapo de los détraqués! En cada inesperado rincón de su villa romana había un sofá, muy elevado, con su imprescindible escabel, flanqueado y endoselado con espejos de oro clarificado. La tisis se abatió sobre él; en los últimos tiempos, reclinado a la mesa, apenas podía, hasta que se templaba, levantar el vino; sus ojos eran como varias luciérnagas enrolladas juntas, con un halo como de vaporosas emanaciones de fósforo. Desesperada, podía advertirse, era su lucha contra el Devorador. Pero su sonrisa principesca persistió hasta el final; hasta el final (hasta el último de sus días) continuó siendo, en medio de ese cómico grupo, el indesafiable corega de todos los ritos, no diré de Pafos, pero sí de Chemos y de Baal-Pehor. Templado, no se rehusaba a la fiesta, al baile, a la cámara oscura. Era negra, esa cámara, sin luz; se llegaba a ella por un pasaje secreto; su forma era circular; su aire, caliente, azotado por fragancias de bálsamo, bedelio, insinuaciones de dulcimer, flauta, y totalmente rodeado por centenares de otomanas de Marruecos. Allí, Lucy Hill apuñaló hasta el corazón a Caccofogo, confundiendo la cicatriz de su espalda con la cicatriz de Soriac. En un baño de malaquita la princesa Egla, tras despertarse tarde una mañana, encontró a Cosmo en la rigidez de la muerte, con el agua de la bañera cubriendo todo su cuerpo.

«¡Pero en el nombre de Dios, Mérimée! –así escribía–, ¡pensar en Xélucha muerta! ¡Xélucha! ¿Puede un rayo de luna, entonces, morir de supuraciones? ¿Puede ser el arco iris devorado por gusanos? ¡Ja, ja, ja, ja!, ríe conmigo, amigo: elle dérangera l’Enfer! ¡Ella introducirá el pas de tarantule en el Tofet! ¡Xélucha, la femenina! ¡Xélucha, recordando a las más espléndidas rameras de la historia! Llora conmigo... manat rara meas lacrima per genas; experta como Targelia; cultivada como Aspasia; púrpura como Semíramis. Ella comprendía el tabernáculo humano, amigo, sus secretas fuentes y genios, más íntimamente que ningún savant de Salamanca que respire. Tarare... ¡pero Xélucha no está muerta! La vitalidad no es mortal; no se puede envolver la llama con una mortaja. ¡Xélucha!, ¿dónde está, entonces? Trasladada, quizás... raptada a alguna constelación, como la hija de Leda. Ella viajó al Indostán, acompañada por la carga y las pertenencias de una begum, amenazando caer sobre el emperador de Tartaria. Le hablé sobre la desolación de Occidente; ella me besó, y me prometió regresar. Te mencionó a ti, también, a “Mérimée, su Conquistador”... “Mérimée, Destructor de la Mujer”. Soplos del invernadero se alborotaron entre sus cabellos sacudidos por el viento, hebras de éstos extraviándose en ese tinte color tulita que ya conoces. Vestida cap-à-pie ella tenía, amigo, la delicada perfección de una margarita reflejada brillantemente en el ojo de un buey paciendo. Un pasaje de Milton había inflamado durante años, dijo ella, la lujuria de sus ojos: “Las desoladas llanuras de Sérica, por donde los chinos conducen, con la ayuda de velas y viento, sus livianos carros de mimbre”. Los sabeos y yo, me aseguró, hemos considerado erróneamente como Llama la totalidad del ser, no siendo la otra mitad de las cosas sino la Luz quintaesencial de Aristóteles. En la Ourania Hierarchia y el libro de Fausto encontramos una perfección: el serafín ardiente, el querubín lleno de ojos. Xélucha los combinó. Ella reconquistaría el Oriente por Dioniso, y regresaría. Oí sobre su resplandecer en Delhi, llevada en un carro tirado por leones. Luego este rumor... probablemente falso. Como Odín, Arturo y el resto, Xélucha... reaparecerá.»

Pronto se recostó Cosmo subsecuentemente en su bañera de malaquita y se durmió, habiéndose echado sobre sí el agua como manta. Yo, en Inglaterra, oí poco de Xélucha: primero, que estaba viva; luego, muerta; más tarde, que había llegado a la antigua Tadmor en el desierto, ahora llamada Palmira. No me importaba demasiado, Xélucha habiéndose tornado desde hacía tiempo manzanas de Sodoma en mi boca. Ella, hasta que me senté junto a la cesta de cartas y releí las de Cosmo, había pasado ya varios años fuera de mi memoria activa.

Ahora está confirmado en mí el hábito de pasar la mayor parte del día durmiendo, mientras que por la noche vago lejos a través de la ciudad bajo la sedativa influencia de una tintura que se ha vuelto necesaria para mi vida. Una semejante existencia de sombra no carece de encanto; ni tampoco, pienso, pueden muchas mentes someterse a sus condiciones sin elevación, el temor profundizado. Viajar con lo Primordial no puede sino ser solemne. La luna presenta el matiz de la luciérnaga; y la Noche, el del sepulcro. Nyx no engendró menos a Tánatos que a Hipnos, y las amargas lágrimas de Isis se derraman hasta formar un diluvio. A las tres, si un taxi pasa a un lado, el sonido tiene lo augusto de un trueno. Una vez, a eso de las dos, cerca de una esquina, me topé con un sacerdote, sentado, muerto, mirando de soslayo, con sus piernas dobladas. Un brazo, apoyado sobre una rodilla, apuntaba con un índice acusador hacia arriba. Por medio de una observación exacta, descubrí que señalaba a Betelgeuse, la estrella alfa de la lluviosa constelación de Orión. Se encontraba atrozmente hinchado, habiendo muerto de hidropesía. Así, en todos los Supremos hay una grotesquerie; y uno de los hijos de la Noche es... Buffo.

En una plaza de Londres que está desierta, imagino, hasta de día, me percaté del argénteo golpeteo y la metálica aproximación de unos pequeños zapatos. Eran las tres de una mañana de invierno, precisamente el día siguiente al de mi redescubrimiento de Cosmo. Me había detenido junto a una barandilla, observando a las nubes navegar como bajo la conducción de una luna envuelta en mantos de inclemencia. Volviéndome, vi a una pequeña dama, vestida muy encantadoramente, que venía caminando directo hacia mí. Llevaba su cabeza descubierta, y sus ondulados rizos giraban hacia un globo, enriquecido con joyas, sobre su nuca. En la redundancia de su escotado desarrollo recordaba a Parvati, diosa del amor de la voluptuosa fantasía de los brahmanes.

Me dirigió la pregunta:

–¿Qué estás haciendo ahí, cariño?

Su belleza me agitó, y la Noche es bon camarade. Respondí:

–Asoleándome por medio de la luna.

–Todo eso es lustre prestado –contestó ella–: lo sacaste de las Flores de Sión, del viejo Drummond.

Mirando atrás, no puedo recordar que aquella respuesta me haya sorprendido, aunque tendría, naturalmente, que haberlo hecho. Dije:

–Por mi alma, no; pero ¿qué haces tú?

–Puedes adivinar de donde vengo yo.

–Eres deslumbrante: vienes de La Paz.

–¡Oh, de más lejos aún, hijo mío! Digamos que de un baile de suscripción en el Soho.

–¿Sí?... ¿y sola?, ¿con este frío?, ¿a pie?

–¿Qué hay con ello? Soy ya vieja, y una filósofa. Puedo llevarte, montando sobre Andrómeda, mucho más allá del Carnero que ella cabalga. Están en un error, monsieur, quienes suponen que hay una atmósfera en el lado ancho de la luna. Tengo razones para creer que en Marte vive una raza cuyos párpados son transparentes como el vidrio, de modo que sus ojos son visibles mientras duermen, y cada sueño se mueve en imágenes ante el espectador en diminuto panorama sobre el iris. ¡No puedes creerme una mera fille! Andar escoltada es admitirse mujer, y eso es impropio en Ninguna Parte. La joven Eos conduce un équipage à quatre, pero Ártemis “camina” sola. ¡Sal de mi luz prestada, en el nombre de Diógenes! Voy a casa.

–¿Lejos?

–Cerca de Picadilly.

–Pero un taxi...

–Nada de coches para mí, gracias. La distancia es una simple nada. Ven.

Comenzamos a caminar. Mi compañera en seguida puso un intervalo entre ambos citando del Cura español que lo abierto es un enemigo para el amor. Los talmudistas, insistió dos veces, acertadamente sostenían que la mano es la parte más sagrada de la persona, y también en ese punto el contacto estaba por el momento prohibido. Su andar era extremadamente veloz. Yo la seguía. No se veía siquiera un gato por parte alguna. Llegamos finalmente a la puerta de una mansión en St. James; sin luz, parecía desocupada, con ventanas sin cortinas, encarteladas, algunas de ellas, con el anuncio de “Se alquila”. Mi compañera, no obstante, subió rápidamente los escalones y, haciéndome señas para que la siguiese, entró. Yo, haciéndolo, cerré la puerta y quedé rodeado de tinieblas. La oí ascender, y poco después una región de tenue luz en lo alto reveló una gran escalera de mármol, curvándose ampliamente hacia arriba. En ese piso en el que me hallaba no había alfombra ni mobiliario; sólo un denso polvo cubriéndolo todo. Había comenzado a subir cuando, para mi sorpresa, ella se detuvo a mi lado, habiendo regresado, y susurró:

–Hasta lo más alto, cariño.

Subió ágilmente, anticipándome. Más arriba, ya no pude seguir dudando de que en la casa no había nadie excepto por nosotros. Todo era un vacío lleno de polvo y ecos. Pero en lo alto una luz se derramaba desde una puerta, y entré a una sala oval de buen tamaño. Quedé deslumbrado por el súbito esplendor de la habitación, en medio de la cual se extendía una mesa servida, cuadrada, opulenta de vajilla de oro, fruta, platos; había tres enormes arañas de luz eléctrica arriba; y noté también, lo cual era muy bizarre, un pequeño candelabro de vulgar latón, que contenía un viejo montón de sebo, sobre la mesa. Pero la impresión del conjunto era la de una suntuosidad no menos que asiria: un sofá de marfil, a un extremo de la mesa, tenía una cabecera de calcedonia que formaba un mar para el recreo de ictiosaurios de esmeralda, y colgaduras de color cobrizo, ornadas con espejos de cristal jaspeado, se correspondían con una cúpula de cobre y de llama. Sin embargo esta última, ahora lo recuerdo, produjo sobre mi vista una impresión de verdadero tizne. Mi compañera se reclinó sobre un sigmoideo sofá, elevado al nivel de la mesa en el estilo semita, visible hasta sus azafranadas chinelas de satén. Me señaló un asiento en el lado opuesto, la incongruencia de cuya presencia en medio de esa pompa me divirtió tanto que ningún poder podría haber evitado que sonriese: era una silla vulgar, toda de madera, y no tardé tampoco en descubrir que una de sus patas era más corta que las otras.

Me ofreció un vino en una botella negra y un vaso, pero ella no mostró pretensión alguna de comer o de beber, echada sobre codo y cadera, petite, esplendorosa, mirando gravemente hacia arriba. Yo, no obstante, bebí.

–Estás cansada –comenté–, se nota.

–Es poco, preciosamente poco lo que tú notas –contestó soñadora, apenas mirándome.

–¡Vaya! ¿Cambió tu humor? Pareces triste.

–Supongo que nunca has visto una tumba de pasaje noruega.

–Y violenta.

–¿Nunca?

–¿Una tumba de pasaje? No.

–Resultan dignas de un viaje. Son cámaras circulares de piedra, cubiertas por grandes montículos de tierra, con un “pasaje” de losas que las conecta con el aire exterior. Todo en derredor de la cámara los muertos se hallan sentados, con sus cabezas descansando sobre sus rodillas dobladas, y consultan juntos en silencio.

–Bebe conmigo, y sé menos tartárea.

–Ciertamente, resultas ser un necio –respondió ella, con sardónica frialdad–. ¿No te parece, entonces, algo sumamente romántico? Ellos pertenecen al período neolítico. A medida que sus dientes van cayendo, uno por uno, de sus bocas sin labios, son atrapados por sus regazos. Y cuando sus regazos comienzan a consumirse, los dientes ruedan hasta el suelo de piedra. De allí en adelante, cada uno que cae rompe cortantemente el silencio en toda la cámara.

–¡Ja, ja, ja!

–Sí, suena como una gotera de un siglo de lentitud en alguna caverna de las profundidades subterráneas.

–¡Ja, ja! ¡Este vino parece ser bastante fuerte! Se expresan en un dialecto principalmente dental.

–El mono, en cambio, lo hace en un lenguaje completamente gutural.

Un reloj de la ciudad dio las cuatro. Nuestra conversación se mezclaba con silencios, y era de marcha densa. Las exhalaciones del vino alcanzaron mi cerebro: la veía ahora como tras una niebla, dilatándose mucho, incierta, encogiéndose nuevamente a su delicada pequeñez. Pero la idea de voluptuosidad había muerto en mí.

–¿Sabes –preguntó– qué cosa fue descubierta en uno de los kjökkenmöddings daneses por un niño? Es espantoso. El esqueleto de un enorme pez con rostro humano...

–Eres muy desdichada.

–Cállate.

–Estás llena de preocupaciones.

–Empiezo a considerarte un completo idiota.

–Eres una mujer atormentada por la miseria.

–Y tú eres un chiquillo. No tienes siquiera una idea instintiva del sentido de las palabras.

–¡Qué! ¿Acaso no soy también un hombre, yo, miserable y sufriente?

–No eres, en realidad, nada... hasta que puedes crear.

–¿Crear qué?

–Materia.

–Eso es presunción. La materia no puede ser creada, ni destruida.

–Verdaderamente, entonces, debes de ser una criatura de intelecto inusualmente débil, lo veo claro ahora. La materia no existe, no hay tal cosa en realidad, es una apariencia, un espectro... Todos los escritores no imbéciles desde Platón hasta Fichte han, ya voluntaria o involuntariamente, demostrado eso para siempre. Crearla es producir una impresión de su realidad sobre los sentidos; destruirla es pasar un trapo húmedo sobre una pizarra garabateada.

–Tal vez; en todo caso, no importa, puesto que nadie puede hacerlo.

–¿Nadie? No eres más que un embrión...

–¿Quién, entonces?

Cualquiera cuyo poder de Voluntad sea equivalente a la fuerza gravitatoria de una estrella de primera magnitud.

–¡Ja, ja, ja! Por el cielo, eliges ser graciosa. ¿Existen, entonces, voluntades de tal equivalencia?

–Han existido tres: las de los fundadores de las religiones. Y hubo una cuarta: un sastre de Herculano, cuya voluntad indujo el cataclismo del Vesubio en el año 79, en directa oposición a la gravedad de Sirio. Hay muchas más famas que las que tú jamás hayas cantado. Y la mayor parte de los espíritus que han partido también, creo cierto...

–¡Por el cielo, no puedo más que imaginarte llena de tristeza! ¡Pobre criatura! Vamos, bebe conmigo. El vino es espeso y alegre. ¿Es de Setia? Te hace oscilar y crecer ante mí, te lo aseguro, como una nube púrpura del anochecer.

–¡Eres puro fastidio! No me lo esperaba... no sirves como compañía. Tus insignificantes intereses giran en torno a los puntos más bajos.

–Vamos, olvida tus angustias...

–¿Cuál crees tú que es la parte del cuerpo enterrado que primero buscan los gusanos?

–¡Los ojos, los ojos!

–¡Estás atrozmente equivocado!... ¡Estás tan completamente bajo el mar!...

–¡Dios mío!

Se había inclinado hacia delante con tal rabia de contradicción que había quedado muy cerca de mí. Un suelto vestido de seda color ámbar, de mangas anchas, había reemplazado a su atuendo de baile, aunque no podía imaginar en qué momento; atónito, reparé en él mientras ella apoyaba las palmas de sus manos muy adelante sobre la mesa. Un súbito soplo como de flores de naranjo, mezclándose con el tenue aroma de mortalidad demasiado lista para la tumba, se presentó a mi olfato. Un escalofrío se arrastró por mi piel.

–¡Estás tan desesperadamente errado!...

–Por el amor de Dios...

–¡Estás tan miserablemente engañado! ¡No son los ojos para nada!

–¡Entonces qué, en el nombre del cielo!

Un reloj dio las cinco.

–¡La úvula!, esa gota de carne mucosa suspendida en el paladar, sobre la glotis. Penetran devorando la piel del rostro y la mejilla, o se arrastran a través de los labios por entre dientes defectuosos, llenando la boca. Y de allí, se lanzan directo hacia ella: es la deliciæ de la cripta.

Ante el horror de su interés comencé a sentir náuseas, así como ante su fragancia y sus palabras. Un indecible sentido de insignificancia, de debilidad, me mantuvo mudo.

–Dices que estoy llena de tristeza. Dices que me atormenta la aflicción, que sufro de angustia. Pues bien, tú eres un niño en intelecto. Empleas palabras sin comprender su verdadero significado, como aquellas mentes en lo que Leibniz llama “conciencia simbólica”. Pero supongamos que fuese así...

–Es así.

–No sabes nada.

–Te veo retorcerte y sufrir. Tus ojos están muy pálidos. Creí que eran castaños, pero son del azul de resplandores fosfóricos vistos en la oscuridad.

–Eso no prueba nada.

–Pero el “blanco” de la esclerótica está teñido de amarillo. Y sólo miras hacia tu interior. ¿Por qué miras tan pálidamente hacia tu interior, tan consumida por la aflicción, hacia tu alma? ¿Por qué no puedes hablar de nada más que del sepulcro y de su podredumbre? Tus ojos parecen debilitados por siglos de vigilia, por misterios y milenios de dolor.

–¿Dolor? ¡Pero sabes tan poco de él! Sólo eres viento y palabras; de su filosofía y rationale, nada.

–¿Quién sabe?

–Te daré una pista. El dolor es la subconsciencia, en seres conscientes, de Eternidad, y de pérdida eterna. El menor pinchazo de un alfiler no lo pueden curar por completo ni Peán, ni Esculapio, ni los poderes del cielo y el infierno. De una pérdida sempiterna de totalidad, el cuerpo consciente es subconsciente, y el “dolor” es su suspiro ante la tragedia. Y así con todo dolor: más grande cuanto mayor es la pérdida. La más enorme de las pérdidas es, por supuesto, la pérdida del Tiempo. Si pierdes eso, algo de él, te hundes en seguida en los trascendentalismos, en las infinitudes de la pérdida; si lo pierdes todo...

–¡Pero exageras tan demencialmente! ¡Ja, ja! Desvarías, te digo, fuera de los terrenos usuales con la aflicción...

–¡El infierno es donde un espíritu libre y claro es subconsciente del Tiempo perdido; donde se retuerce envidiando al mundo viviente, odiándolo para siempre a éste y a todos los hijos de la Vida!

–¡Pero contente! Bebe, te lo imploro... te lo imploro, por el amor de Dios, bebe aunque sea una vez...

–Apresurarse a la trampa... ¡eso es aflicción! Conducir tu nave contra la roca del faro... ¡eso es Maráh! Despertar, y sentir irrevocablemente cierto el que fuiste tras ella, y que los muertos estaban allí, y que sus invitados se encontraban en las profundidades del infierno, ¡y que tú no lo supiste!, aunque podrías haberlo hecho. Contempla las casas de la ciudad en este día que despunta: en ninguna, te digo, salvo en ésta, vaga un alma, recorriendo hacia arriba y abajo el viejo teatro de su pequeño Día... aguijoneando a la imaginación con mil trucos pueriles, verosimilitudes... engañándose elaboradamente a sí misma en la fantasía de que aún vive, de que la oportunidad de la vida no está para siempre y por siempre perdida... aunque sufriendo desengaños todo el tiempo con recuerdos latentes del consumido Verano, la caduca breve luz que hay entre dos oscuridades eternas... ¡sufriendo desengaños, te digo y te grito!... ¡sufriendo desengaños, Mérimée, tú, destructivo demonio!

Se había levantado de un salto (ahora me parecía alta) entre el sofá y la mesa.

–¿Mérimée? –grité–, ¿mi nombre, ramera, en tu maniática boca? ¡Por Dios, mujer, me estás matando de espanto!

Yo también me levanté, con los pelos de mi cabeza capturando un rígido horror de mis crecientes fantasías.

–¿Tu nombre? ¿Puedes creerme ignorante de tu nombre o de cualquier cosa que concierna a tu persona? ¡Mérimée! ¿Qué, acaso no te sentaste ayer y leíste de mí en una carta de Cosmo?

–Ahhh... –la histeria irrumpió en sollozo y risa de mis áridos labios–. ¡Ah, ja, ja, ja! ¡Xélucha! ¡Mi memoria está paralizándose y poniéndose gris, Xélucha! ¡Apiádate de mí... mi camino se halla en el mismo valle de la sombra! ¡Estoy senil y marchito! ¡Observa mi cabello, Xélucha, su canoso crecer! ¡Mírame tembloroso, Xélucha, obnubilado! ¡Ya no soy el hombre que conociste, Xélucha, en los palacios... de Cosmo! ¡Eres Xélucha!

–¡Desvarías, pobre gusano! –gritó ella, con su rostro contorsionado por una especie de malicioso desprecio–. Xélucha murió de cólera hace diez años en Antioquía. Yo limpié la espuma de sus labios. Su nariz experimentó una verde descomposición antes del entierro. Tan hundido en su cerebro se hallaba el ojo izquierdo...

–¡Eres... eres Xélucha! –grité–; voces de trueno lo aúllan ahora en mi conciencia. Y, por el santísimo Dios, Xélucha, aunque me destruyas con el aliento del infierno que eres, te abrazaré... viva o condenada.

Me precipité hacia ella. Oí, siseada como por las lenguas de diez mil serpientes a través de la habitación, la palabra «¡Loco!»; por un instante, ante mis enfebrecidos ojos, pareció levantarse, elevándose hasta el techo, una torre de andrajosa nube; y, mientras mis brazos se cerraban sobre el vacío, fui arrojado hacia atrás, por la operación de una potencia de behemoth, contra una pared de la sala, donde, golpeándome la cabeza, caí sumido en la insensibilidad.


Cuando el sol estaba poniéndose, hacia la noche, desperté y observé distraídamente el tiznado techo, la sórdida silla, el candelabro de latón y la botella de la que había bebido. La mesa de madera estaba descubierta y llena de polvo. Todo tenía el aspecto de haber permanecido así por años. Excepto por esas cosas, la habitación se hallaba completamente vacía, la visión de lujo desvanecida en el aire. El súbito recuerdo centelleó en mí. Me incorporé de un salto y, atravesando las penumbras, corrí tambaleándome y gritando hacia las calles.


Traducción de E. Ehrendost.

H. P. Lovecraft - El extraño



Aquella noche soñó el barón muchos horrores,
y todos sus guerreros huéspedes, con sombras y formas
de brujas, de demonios y de grandes gusanos de ataúd,
fueron largo tiempo acosados en pesadillas.

- John Keats.


Desgraciado aquel a quien los recuerdos de la infancia traen sólo temor y tristeza. Desdichado aquel que mira atrás hacia solitarias horas en vastas y lúgubres cámaras cubiertas de marrones cortinajes y exasperantes hileras de libros antiguos, o hacia espantosas vigilias en sombríos bosques de inmensos y grotescos árboles que, cubiertos de enredaderas, silenciosamente agitan sus retorcidas ramas en lo alto. Tal es lo que los dioses me concedieron a mí... a mí, el consternado, el decepcionado; el infecundo, el destrozado. Y, sin embargo, me siento extrañamente contento, y me aferro desesperadamente a esos marchitos recuerdos, cuando mi mente momentáneamente amenaza con alcanzar el otro.

Ignoro dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente viejo e infinitamente horrible, lleno de oscuros pasillos y rematado por altos techos en los que el ojo sólo podía encontrar telarañas y sombras. Las piedras de los desmoronados corredores veíanse siempre hórridamente húmedas, y por todas partes flotaba un maldito hedor, como si se apilaran allí los cadáveres de generaciones enteras. Jamás había luz, de modo que a veces solía encender velas a las cuales poníame a contemplar fijamente en busca de alivio; y nunca llegaba claridad alguna del sol, puesto que los terribles árboles se erguían muy por encima de la más alta torre accesible. Existía una torre negra que alcanzaba a superar a los árboles y llegaba al desconocido cielo exterior, pero se encontraba parcialmente en ruinas y no se podía ascender a ella sino practicando una casi imposible escalada por la escarpada pared, piedra a piedra.

Debo de haber vivido durante años en aquel lugar, pero no sabría decir cuánto tiempo. Alguien tuvo que cuidar de mis necesidades, y, sin embargo, no puedo recordar a ninguna persona excepto a mí mismo, ni a nada vivo salvo las silenciosas ratas, murciélagos y arañas. Supongo que quien me crió debió de ser aterradoramente anciano, puesto que mi primer idea de un ser humano fue la de alguien supuestamente como yo, aunque deforme, marchito y decrépito como el castillo. No había para mí nada de grotesco en los huesos y esqueletos que poblaban algunas de las criptas de piedra que se abrían en lo profundo, entre los cimientos. Increíblemente, asociaba aquellas cosas con los eventos cotidianos, y las creía más naturales que los coloridos grabados de seres vivos que encontraba en muchos de los enmohecidos libros que allí había. De aquellos libros aprendí todo cuanto sé. Ningún maestro me estimuló o guió, y no recuerdo haber oído voz humana alguna en todos aquellos años, ni siquiera la mía; pues, aunque había leído sobre el habla, nunca había pensado en intentar hacerlo. Mi aspecto me era algo igualmente desconocido, pues no había espejos en el castillo, y yo únicamente me consideraba por instinto como semejante a las juveniles figuras que veía dibujadas y pintadas en los libros. Estaba seguro de que era joven porque era poco lo que recordaba.

Fuera, al otro lado del pútrido foso, bajo los mudos y oscuros árboles, a menudo me acostaba y soñaba, durante horas, sobre aquello que leía en los libros; y entonces, anhelantemente, me imaginaba en medio de alegres multitudes, en el soleado mundo de más allá de los interminables bosques. Una vez intenté dejar el bosque atrás, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se volvían más densas y el aire más cargado de funestos horrores, de modo que decidí regresar en frenética carrera antes de que perdiese mi camino en un laberinto de nocturnal silencio.

Así fue que a través de inacabables crepúsculos esperé y soñé, aunque no sabía qué era lo que esperaba. Entonces, en aquella sombría soledad, mi anhelo por la luz se volvió tan vehemente que ya no pude descansar, y con frecuencia elevaba manos suplicantes hacia la negra torre en ruinas que se levantaba única por sobre el bosque y alcanzaba el desconocido cielo exterior. Finalmente resolví escalar dicha torre, aunque caer pudiese, puesto que sería mejor vislumbrar el cielo y perecer que vivir sin jamás haber contemplado el día.

En un húmedo crepúsculo ascendí por los desgastados y añosos peldaños de piedra hasta que llegué al nivel en donde terminaban, y de allí en adelante me aferré peligrosamente a pequeños puntos de apoyo y continué subiendo. Espantoso y terrible era aquel muerto cilindro de roca carente de escaleras; negro, ruinoso, abandonado y siniestro, poblado por sobrecogedores murciélagos cuyas batientes alas no emitían sonido alguno. Pero más espantosa y terrible aún era la lentitud de mi progreso; pues, por más que subía, la oscuridad arriba no se atenuaba, y un nuevo escalofrío, de índole venerable y maldita, me asaltó. Me estremecí al preguntarme por qué no alcanzaba la luz, y habría mirado hacia abajo si me hubiese atrevido. Imaginé que la noche habíase cerrado súbitamente sobre mí, y vanamente busqué a tientas, con una mano libre, el alféizar de alguna ventana por la cual pudiese escudriñar afuera y hacia arriba e intentar juzgar la altura que había alcanzado.

De repente, tras una eternidad de horrorosa y ciega ascensión por ese cóncavo y desesperado precipicio, sentí que mi cabeza daba con algo sólido, y supe que había llegado al techo o, al menos, a algún tipo de plataforma. En las tinieblas elevé mi mano libre y tanteé la barrera, encontrando que era de piedra e inamovible. Entonces realicé un mortal rodeo de la torre, aferrándome a cualquier asidero que el viscoso muro pudiese ofrecer; hasta que finalmente mi mano exploradora descubrió que una parte de la barrera cedía, y comencé a subir nuevamente, empujando la losa o puerta con mi cabeza mientras empleaba ambas manos en mi espantosa ascensión. No se revelaba ninguna luz allí arriba, y a medida que mis manos llegaban más alto supe que mi escalada había por el momento terminado, puesto que la losa era la trampa de una abertura que conducía a una superficie de piedra plana de mayor circunferencia que la torre inferior, indudablemente el suelo de alguna alta y espaciosa cámara de observación. Me arrastré por la abertura cuidadosamente, tratando de evitar que la pesada losa volviese a caer en su sitio, pero fallé en este último propósito. Mientras yacía exhausto sobre el suelo de piedra oí los lúgubres ecos de su golpe, pero confiaba en que podría forzarla nuevamente hacia arriba cuando fuese necesario.

Creyendo que me hallaba ahora a una altura prodigiosa, muy por encima de las malditas ramas del bosque, me levanté del suelo con dificultad y avancé a tientas en busca de ventanas desde las cuales pudiese ver por primera vez el cielo y la luna y las estrellas de las que había leído. Pero quedé totalmente decepcionado, ya que todo lo que encontré fueron vastas estanterías de mármol, que contenían odiosas cajas oblongas de perturbadoras dimensiones. Cada vez reflexionaba más, y me preguntaba qué ancestrales secretos podrían aún permanecer en esa alta estancia por tantos eones aislada del castillo debajo. Entonces mis manos tropezaron inesperadamente con un umbral, en el cual se fijaba un portal de piedra labrado con extraños relieves. Al probarlo lo encontré acerrojado; pero con un supremo esfuerzo vencí todos los obstáculos y logré abrirlo. Al hacerlo, me alcanzó el más puro éxtasis que jamás hubiese conocido, pues, brillando tranquilamente tras una ornada verja de hierro, y al final de una corta escalinata de piedra que ascendía desde el recientemente hallado umbral, distinguíase la radiante luna llena, a la cual jamás había contemplado salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevería a llamar recuerdos.

Imaginando que había ahora alcanzado el mismísimo pináculo del castillo, comencé a subir precipitadamente por los pocos peldaños que había al otro lado del portal; pero el súbito ocultamiento de la luna tras una nube me llevó a tropezar, y proseguí mi camino más lentamente en medio de la oscuridad. Aún estaba muy oscuro cuando llegué a la verja, a la que probé cuidadosamente y encontré sin cerrar, pero que no abrí por miedo a caer desde la asombrosa altura que había escalado. Entonces reapareció la luna.

El más demoníaco de todos los horrores es aquel que proviene de lo abismalmente inesperado y lo grotescamente increíble. Nada de lo que hubiese experimentado hasta entonces podía compararse en terror con lo que veía ahora, con las extravagantes maravillas que aquella visión implicaba. La visión en sí era tan simple como pasmosa, pues se trataba tan sólo de lo siguiente: en lugar de una vertiginosa perspectiva de copas de árboles vistas desde una alta eminencia, extendíase a mi alrededor, al nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, adornada y diversificada por losas y columnas de mármol, y ensombrecida por una antigua iglesia de piedra, cuyo ruinoso chapitel brillaba espectralmente bajo la luz lunar.

Medio inconsciente, abrí la verja y salí tambaleándome por un sendero de grava blanca que se alejaba en dos direcciones. Mi mente, en el aturdimiento y el caos en que se encontraba, aún mantenía el frenético anhelo por la luz, y ni siquiera el fantástico portento que me había acontecido podía detenerme en mi camino. Ni sabía ni me importaba si mi experiencia era locura, sueño o magia; sólo estaba determinado a contemplar brillo y alegría a toda costa. Ignoraba quién o qué era yo, o qué podía ser lo que me rodeaba; sin embargo, mientras continuaba avanzando a traspiés, me volví consciente de una especie de memoria latente que hacía que mi progreso no fuese del todo fortuito. Pasando por debajo de una gran arcada salí al exterior de esa región de losas y columnas, y vagué entonces por el campo abierto, algunas veces siguiendo el camino visible, pero abandonándolo curiosamente en otras para atravesar prados donde sólo ocasionales ruinas señalaban la antigua presencia de una senda olvidada. En un momento determinado crucé a nado un veloz riacho por el sitio donde una desmoronada y musgosa albañilería hablaba de un puente hacía tiempo desaparecido.

Más de dos horas debían de haber transcurrido cuando llegué a lo que parecía ser mi meta, un venerable castillo cubierto de hiedra en un parque espesamente arbolado, exasperantemente familiar, aunque de una extrañeza que me resultaba consternante. Vi que el foso estaba lleno, y que algunas de las bien conocidas torres habían sido demolidas; en cambio, existían nuevas alas que me confundían. Pero lo que contemplé con mayor interés y deleite fueron las abiertas ventanas, que resplandecían magníficamente con luz y difundían sonidos del más alegre bullicio. Acercándome a una de ellas miré hacia dentro y vi un grupo de personas extrañamente vestidas; estaban divirtiéndose, y hablaban animadamente entre sí. Yo no había nunca, aparentemente, oído el habla humana antes, y sólo vagamente podía conjeturar lo que decían. Algunos de los rostros parecían asumir expresiones que me evocaban recuerdos increíblemente remotos; otros éranme completamente extraños.

Entonces pasé, a través de la baja ventana, al interior de la estancia brillantemente iluminada, pasando también, mientras lo hacía, de mi único luminoso momento de esperanza a la más negra convulsión de desesperación y repentina comprensión. La pesadilla estaba lista para llegar, pues, en cuanto entré, se suscitó en forma inmediata una de las más aterradoras manifestaciones de pánico que yo jamás hubiese concebido. Apenas hube cruzado el antepecho, descendió sobre el grupo entero un súbito e inesperado horror de atroz intensidad, deformando todos los rostros y evocando los más horribles gritos de casi todas las gargantas. La huida fue general, y, en medio del clamor y el pánico, varios cayeron en un desmayo y fueron arrastrados hacia fuera por sus compañeros, que huían demencialmente. Muchos cubriéronse los ojos con las manos y tropezaron así ciega y torpemente en su afán por escapar, derribando el mobiliario y dándose de bruces contra las paredes antes de arreglárselas para alcanzar alguna de las numerosas puertas.

Los gritos eran aterradores; y mientras yo seguía de pie en la brillante habitación, solo y confundido, escuchando sus evanescentes ecos, temblé ante el pensamiento de lo que podría estar acechando cerca de mí sin que yo lo viese. A simple vista el cuarto parecía desierto, pero al dirigirme a uno de los rincones creí detectar una presencia: una insinuación de movimiento tras una puerta de arco dorado que conducía a otro cuarto similar. Mientras me aproximaba a dicho arco, comencé a percibir la presencia más claramente; y entonces, con el primer y último sonido que alguna vez proferí –un espantoso lamento que me repugnó casi tan intensamente como su nociva causa–, contemplé, con total y horrible claridad, la inconcebible, indescriptible e inmencionable monstruosidad que había con su sola aparición transformado una alegre compañía en una manada de delirantes fugitivos.

No puedo ni aun insinuar a qué se parecía, pues era una combinación de todo lo que es sucio, siniestro, indeseable, anormal y detestable. Era la demoníaca sombra de la podredumbre, la antigüedad y la descomposición; la pútrida y goteante imagen de una malsana revelación, la atroz desnudez de lo que la misericordiosa tierra debería por siempre esconder. Dios sabe que no era de este mundo –o que ya había dejado de ser de este mundo–, y sin embargo, para horror mío, descubrí en sus consumidos y esqueléticos contornos una fatal y aborrecible parodia del cuerpo humano, y en su mohoso y desintegrado atavío una indecible cualidad que me estremeció aún más.

Me encontraba casi paralizado, pero no tanto como para no realizar un débil esfuerzo por huir: un único traspié hacia atrás, que no logró romper el hechizo en el que el mudo monstruo sin nombre me retenía. Mis ojos, fascinados por las vidriosas órbitas que miraban abominablemente en ellos, se negaban a cerrarse, aunque habían sido misericordiosamente velados y veían al terrible ser muy indistintamente tras la primer impresión. Intenté levantar mi mano para tapar la visión, pero tan aturdidos se hallaban mis nervios que mi brazo no pudo obedecer completamente mi voluntad. El intento, no obstante, fue suficiente para perturbar mi equilibrio, de modo que tuve que tambalearme varios pasos hacia adelante para evitar una caída. En cuanto lo hube hecho me di cuenta, súbita y angustiosamente, de la proximidad de la carroña, cuya horrible y profunda respiración me pareció a medias que podía oír. Casi en garras de la locura, me encontré aún capaz de alzar una mano para mantener alejada a la fétida aparición que me abrumaba tan de cerca, cuando, en un cataclísmico segundo de cósmica pesadilla e infernal accidente, mis dedos tocaron la putrescente zarpa extendida del monstruo bajo el arco dorado.

No grité, pero todos los demoníacos seres necrófagos que cabalgan sobre el viento nocturno lo hicieron por mí, al tiempo en que estallaba sobre mi mente una única y fugaz avalancha de recuerdos aniquiladores del alma. En ese segundo recordé todo lo que había sido; recordé aun más allá del espantoso castillo y los árboles, y reconocí el alterado edificio en el que me hallaba; y, más terrible que todo, reconocí la impía abominación que se erguía frente a mí, contemplándome mientras yo apartaba mis manchados dedos de los suyos.

Pero en el cosmos hay bálsamo así como amargura, y ese bálsamo es la nepente. En el supremo horror de ese segundo olvidé aquello que me había horrorizado, y el estallido de negros recuerdos se desvaneció en un caos de imágenes reverberantes. Como en un sueño, huí de ese hechizado y maldito lugar, y corrí rápida y silenciosamente bajo la luz de la luna. Cuando retorné a la cripta de mármol y descendí los peldaños, encontré que la trampa habíase vuelto inamovible, pero no lo lamenté, pues odiaba al viejo castillo y a los árboles. Ahora cabalgo con los blasfemantes demonios nocturnos sobre los vientos de la noche, y me entretengo durante el día entre las catacumbas de Nefren-Ka, en el oculto y desconocido valle de Hadoth junto al Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la de la luna sobre los rocosos sepulcros de Neb, ni tampoco diversión alguna, salvo los inefables festines de Nitokris bajo la Gran Pirámide; sin embargo, en mi nuevo estado de salvajismo y libertad, casi agradezco la amargura de ser un extraño.

Pues aunque la nepente me ha calmado sé que siempre seré un extraño; un extraño en este siglo y entre aquellos que aún son hombres. Esto es lo que he comprendido desde que extendí mis dedos hacia la abominación bajo aquel gran marco dorado, desde que extendí mis dedos y toqué una fría y firme superficie de cristal pulido.


Traducción de E. Ehrendost.