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Maurice Rollinat - Las neurosis



                 La muerta embalsamada

Para arrebatar esa muerta tan bella como un ángel
              a los atroces besos del gusano,
decidí hacerla embalsamar en una caja extraña.
              Era una noche de invierno.

Se extrajeron, de ese cuerpo rígido, lívido y helado,
              los pobres órganos difuntos,
y, en ese abierto vientre tan sangriento como vacío,
              se vertieron perfumes untuosos,

además de cloro, alquitrán y algo de cal en polvo.
              Cuando todo quedó lleno,
con una aguja de plata se procedió a coserlo
              sin dejar ni un pliegue en la piel.

Se reemplazaron sus ojos, en los que la naturaleza
              había puesto el azul de los cielos
y que la infecta podredumbre habría devorado,
              por azules ojos artificiales.

El boticario, mediante el uso de cierta resina,
              consiguió petrificarla,
y, al hacerlo, gritó exultante, apestando a la sustancia:
              «¡Ya no puede pudrirse!

»Respondo por ello. Serás horadado como vieja madera
              por los reptiles del sepulcro
antes de que la embalsamada, dura como el mármol,
              el menor fragmento haya perdido».

Estando ya en soledad, pinté sus labios violáceos
              con la esencia del carmín
y cubrí con numerosas joyas, anillos y amuletos
              su esbelto cuello y su frágil mano.

Entreabrí sus párpados y cerré su muda boca,
              lleno de asombro y de horror;
y, con aire grave, até sus pequeñas babuchas
              a sus pobres pies helados.

Envolví su cuerpo en un blanco sudario de gasa,
              desenredé sus largos cabellos
y, cayendo sobre mis rodillas, pasé del éxtasis
              al delirio atroz y nervioso.

Luego, en un intenso paroxismo de neurosis
              pesado como un plomo fatal,
ojeroso, la tendí sobre un gran montón de rosas
              en un ataúd de cristal.

El olor cadavérico había abandonado la estancia,
              y, sobre el oro y el terciopelo,
soplos de benjuí, vetiver y ámbar se difundían,
              cálidos, enervantes y densos.

Contemplé a la muerta, a mi tan amada momia,
              y, resucitando su belleza,
me atreví a imaginar que sólo estaba dormida
              en los brazos del placer.

Y en una fresca cripta a la que se llega por rampas
              de negro mármol y oro macizo,
para siempre a la luz sepulcral de las lámparas,
              debajo de un cráneo pensativo,

la muerta en su ataúd transparente y espléndido,
              burlándose de la putrefacción,
duerme, intacta y serena, cándida y amorosa,
              ante mi eterna estupefacción.


                                La lluvia

Cuando la lluvia, como una inmensa madeja
que embrolla sus interminables hilos de agua helada,
cae de un cielo negro y fúnebre como una cripta
sobre París, esa Babel escandalosa y convulsa,

yo abandono mi refugio y, sobre los puentes de hierro,
sobre el pavimento, sobre los adoquines, sobre el asfalto,
dejando mojar mi cráneo, en el que crepita un infierno,
camino con febriles pasos sin detenerme jamás.

La lluvia introduce en mi mente sueños obsesivos
que me hacen chapotear lentamente por el fango,
mientras, sombrío vagabundo, pipa entre los dientes,
sin cesar por millares de ruedas soy salpicado.

La lluvia es para mí el spleen de lo desconocido:
es por eso que tengo tanta sed de esas lágrimas delgadas
que sobre París, el monstruo del llanto continuo,
caen oblicuamente, lúgubres y calladas.

El eterno codazo de los peatones asustados
deja de enfurecerme, tanto se fermentan mis pensamientos;
y apenas si escucho a los amigos que me cruzo
balbucear con aires de verdad sus mentirosas palabras.

Mis ojos están tan perdidos, tan muertos y tan helados,
que, en el ir y venir de las sombras libertinas,
ni siquiera miro, bajo las enaguas arremangadas,
los alegres brincos de las botas elegantes.

Rumiando en voz alta poemas de hiel,
atravieso los amplios charcos y cunetas sin mirar;
y, mezclando mi tristeza con el dolor del cielo,
camino por París como si lo hiciera por un cementerio.

Entre las impuras multitudes de demonios,
me hundo en el gran laberinto, al azar y sin guía,
y aspiro entonces a pleno pulmón
la espantosa humedad de esa neblina líquida.

¡Me empapo bajo la lluvia! A su encanto asesino,
los gusanos fluyen por mi cerebro como una ola;
pues para mí, explorador de lo triste y lo malsano,
se trata de una poesía atroz que me inunda.


Traducciones de E. Ehrendost.