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Poemas sobre la leyenda de Lorelei



Clemens Brentano - Lorelei


En Bacharach, junto al Rin,
moraba antaño una hechicera.
Era muy hermosa, y había roto
muchos corazones su belleza.

Arrastraba a todo caballero
a la vergüenza y al dolor:
no había rescate para quien caía
en las garras de su amor.

El obispo la llamó para poner
fin a esa espiritual violencia,
mas terminó perdonándola
al descubrir que era tan bella.

Con piadosos acentos le dijo:
«¡Pobre Lorelei! Dime, hija mía,
¿quién te ha obligado a realizar
esas malignas hechicerías?».

«Señor obispo, déjeme morir,
de la vida estoy ya cansada,
pues perece todo aquel
que contempla mi mirada.

»Mis ojos son dos llamas,
mi brazo es una vara mágica.
¡Oh, arrójeme a las llamas!
¡Oh, quiebre esa vara mágica!».

«No puedo al fuego condenarte
en tanto no me digas la razón
de por qué entre esas llamas
arde ya mi pobre corazón.

»Ni puedo romper tu vara,
¡oh, hermosa Lorelei!,
pues al hacerlo rompería
mi pobre corazón también».

«Señor obispo, no se burle
de mí de manera tan malvada,
y pida a Dios que tenga
misericordia de mi alma.

»Ya no quiero vivir más;
del amor me he despedido.
Deme por fin la muerte,
pues para eso he venido.

»Mi amado me abandonó,
traicionando mi confianza,
y se marchó lejos de aquí,
a vivir en tierras extrañas.

»Ojos tiernos y salvajes,
mejillas rojas y blancas,
palabras dulces y suaves:
en ello consiste toda mi magia.

»Yo misma soy mi víctima:
en dos mi corazón se parte,
y deseo perecer de dolor,
cuando veo mi propia imagen.

»Deje que se haga justicia
y deme una muerte cristiana,
pues ya nada tiene sentido
desde que he sido abandonada».

A tres caballeros llamó él:
«Llévenla a su convento.
¡Ve, Lorelei! Consagra a Dios
tu alma sin consuelo.

»Toma los hábitos de monja,
vístete de blanco y negro,
y prepárate en la tierra
para tu destino eterno».

Al convento cabalgaron
entonces los tres caballeros
con la hermosa Lorelei
cabizbaja en medio de ellos.

«Oh, caballeros, permítanme
subir a esa roca elevada:
quiero al castillo de mi amado
echar una última mirada.

»Quiero ver por última vez
el Rin y sus hermosas ondas,
y luego iré al convento
para de Dios ser virgen novia».

Muy empinada era la roca,
su pared era muy escarpada,
sin embargo ella la escaló
hasta su cumbre más alta.

Los tres caballeros ataron
sus caballos en el valle debajo
y comenzaron a escalar
también hasta lo más elevado.

Dijo entonces la doncella:
«Allí en el Rin veo un barco:
quien viene a bordo de él
tiene que ser mi amado.

»Mi corazón estalla de alegría:
¡allí viene sin duda mi amor!».
Entonces se inclinó en la roca
y a las aguas del Rin se precipitó.

Incapaces de descender,
los caballeros también murieron,
sin sacerdote para sus almas
y sin tumba para sus cuerpos.

¿Quién cantaba esta canción?
Un piloto del Rin, un barquero
cuyo canto resonaba siempre
en la Roca de los Tres Caballeros:

«¡Lorelei!
¡Lorelei!
¡Lorelei!»,
como si lo repitiesen ellos tres.



Joseph von Eichendorff - Diálogo en el bosque


«Cae la noche, se está poniendo fresco,
¿por qué cabalgas por el bosque así sola?
El camino es largo y no tienes compañía,
¡yo te llevaré a tu casa, hermosa novia!».

«Grande es la malicia de los hombres,
el dolor ha roto mi ultrajado corazón,
el cuerno de caza resuena aquí y allí,
¡oh, huye!, pues no sabes quién soy yo».

«Tan ricos adornos hay en ti y tu corcel,
tan increíblemente bella es tu joven figura,
que ahora te reconozco: ¡Dios me proteja!
¡Tú no eres sino Lorelei, la infame bruja!».

«Bien me conoces: desde su alta roca,
mi castillo mira silencioso al río Rin.
Cae la noche, se está poniendo fresco,
¡y de este bosque no volverás a salir!».



Heinrich Heine - Lorelei


No sé cuál es la razón, si una hay,
por la que tan triste me encuentro,
pero no puedo sacar de mi mente
una leyenda de los viejos tiempos.

El aire está fresco mientras anochece,
el Rin fluye con aguas tranquilas,
y el pico de la montaña resplandece
bajo las últimas luces del día.

Una doncella se sienta allí en lo alto,
una criatura de maravillosa belleza;
sus doradas alhajas fulguran
mientras sus dorados cabellos peina.

Se peina con un peine dorado
y una canción empieza a cantar;
mas existe un diabólico poder
en esa melodía tan singular.

El barquero que cruza el río
escucha la canción hechizado;
no mira ya los rocosos arrecifes,
sino que mira hacia lo alto.

Las profundas aguas pronto devoran
la nave de ese pobre barquero;
la canción de Lorelei ha hecho
de las espumosas olas su féretro.


Traducciones de E. Ehrendost.

Gottfried Bürger - El cazador salvaje



El gran señor del Rin sopló su cuerno de caza:
«¡Vamos, vamos, unos a pie, otros a caballo!».
Su feroz corcel se lanzó al galope, relinchando;
sus sirvientes salieron tras él, traqueteando;
y libres de ataduras, por entre espino y maíz,
rastrojo y matorral, ruidosamente avanzaron.

Los claros rayos de la mañana del domingo
brillaban sobre la alta cúpula de la iglesia
mientras, con un sonido hueco y poderoso,
las severas campanas convocaban a la misa:
de lejos podían oírse los hermosos cantos
de la multitudinaria y devota feligresía.

Velozmente siguió cabalgando el conde
a través de los caminos y las encrucijadas,
cuando, ¡ved!, por izquierda y por derecha
se unieron a su partida dos caballeros.
El caballo de la derecha tenía un brillo plateado;
el de la izquierda mostraba un tinte de fuego.

¿Quiénes eran estos dos jinetes extraños?
Puedo sospecharlo, pero no me atrevo a decirlo.
Afable se veía el caballero de la derecha,
de rostro suave y delicado como la primavera;
mientras que el rubio caballero de la izquierda
parecía lanzar por sus ojos rayos de tormenta.
 
«¡Bienvenido, llegas en el momento justo!
¡Bienvenido al noble ejercicio de la caza!
No existe en todo el Cielo y toda la Tierra
una actividad más placentera que esta»,
gritó golpeándose la cadera y arrojando
con júbilo su sombrero al aire el de la izquierda.

«Tu cuerno de caza no tiene hoy buen sonido
—dijo el de la derecha con dulces acentos—.
A las campanas de celebración y los coros
deberías regresar: nada bueno hoy te espera.
Escucha la advertencia del ángel bueno
y no dejes que el mal haga de ti su presa».

«¡A la caza, a la caza, mi noble señor!
—intervino de inmediato el de la izquierda—.
¿Qué campanas de celebración? ¿Qué coros?
¡Que el placer de la caza infle tu pecho!
Déjame enseñarte lo que es digno de señores
y no dejes que te engañen para privarte de ello».

«¡Ja! ¡Muy bien dicho, hombre de la izquierda!
Has defendido como un héroe mis propias ideas.
¡Que aquel que no esté hecho para esto
vaya sumisamente a rezar sus padrenuestros!
¡Que ningún mojigato religioso me moleste,
pues hoy quiero dar rienda suelta a mis deseos!».

Y con un aire ufano siguió cabalgando,
ora por las colinas, ora por los campos,
mientras, a su izquierda y a su derecha,
aún seguían su marcha ambos caballeros,
hasta que por fin a lo lejos vio aparecer
un hermoso ciervo blanco de enormes cuernos.

Con más fuerza sopló su cuerno el conde
y con más velocidad todos le siguieron.
¡Mas ved!, bajo los cascos de los caballos
uno de su séquito de sirvientes cayó muerto.
«¡Vamos a caer! ¡Vamos a caer en el Infierno!
¡No hay que consentir a los señores sus deseos!».

La presa se internó en un campo de maíz,
esperando encontrar allí un seguro refugio.
¡Mas ved!, un pobre campesino entonces salió
con lamentable aspecto al encuentro del conde.
«¡Ten piedad, querido señor, ten piedad!
¡No pisotees el amargo sudor de los pobres!».

El jinete de la derecha se adelantó de un salto
y advirtió al conde con dulzura y prudencia,
pero el jinete de la izquierda lo apremió
a seguir adelante con su salvaje carrera.
El conde despreció los consejos de la derecha
y se dejó atrapar por los ardides de la izquierda.
 
«¡Fuera del camino, perro! —gritó terriblemente
el airado conde a aquel pobre labriego—,
¡o por el diablo que verás lo que es bueno!
¡Eh, aquí, sirvientes, dejen todo y vengan!
¡Como muestra de que he dicho la verdad,
háganle restallar sus látigos en las orejas!».

¡Dicho y hecho! El noble señor se lanzó
a toda velocidad sobre las plantaciones,
y tras él, con estruendoso traqueteo,
siguieron sus sabuesos, hombres y caballos;
y sabuesos, hombres y caballos pisotearon
los tallos que todo aquel campo había dado.

La presa, acuciada por el ruido cercano,
ora por las colinas, ora por los campos,
atormentada, perseguida pero no alcanzada,
se dirigió velozmente a unos verdes prados
y allí se mezcló, para pasar desapercibida,
inteligentemente entre los mansos rebaños.

Pero de acá para allá, por campos y bosques,
y de allá para acá, por bosques y campos,
seguían su rastro los veloces sabuesos
olfateando el suelo en busca de su olor;
entonces el pastor, temeroso por su rebaño,
a los pies del conde de rodillas se hincó.

«¡Ten piedad, querido señor, ten piedad!
¡Deja al pobre ganado tranquilo y en paz!
¡Considera que pacen aquí numerosas vacas,
pertenecientes a viudas y huérfanos por igual,
que el único alivio para su pobreza son!
¡Ten piedad, querido señor, ten piedad!».

El jinete de la derecha se adelantó de un salto
y advirtió al conde con dulzura y prudencia,
pero el jinete de la izquierda lo apremió
a seguir adelante con su salvaje carrera.
El conde despreció los consejos de la derecha
y se dejó atrapar por los ardides de la izquierda.

«¡Perro atrevido, no te me interpongas!
¡Ja!, si hasta haces una mejor vaca tú
que todas las que pacen a tu alrededor
y que las brujas a las que pertenecen.
Nada complacería más a mi corazón ahora
que enviarte al otro mundo, como mereces.

»¡Eh, aquí, sirvientes, dejen todo y vengan!
¡Vamos! ¡Adelante! ¡Atrapen a esas presas!».
Y cada sabueso se arrojó de inmediato
sobre lo primero que ante sus ojos se cruzó;
chorreando sangre cayó el pastor al suelo,
y cabeza tras cabeza su rebaño le siguió.
 
Escapando a duras penas de esa furia asesina,
el ciervo siguió huyendo con paso más débil.
Salpicado de sangre y cubierto de espuma,
en la noche del bosque entonces se adentró
y encontró escondite en medio de la foresta,
en la choza de un eremita consagrado a Dios.

Y sin descanso entre el restallar de los látigos,
las voces del conde y el sonido de su cuerno,
siguió avanzando aquel salvaje enjambre
y se internó en el bosque en pos de su presa.
Entonces se les acercó con dulces acentos
el piadoso eremita frente a su humilde vivienda.

«¡Abandonad, hijos, abandonad este rastro!
¡No profanéis el santuario de nuestro Señor!
Al Cielo gime la desesperada criatura
exigiendo a Dios el castigo de su justicia divina.
¡Por última vez, escuchad mi advertencia,
o de lo contrario labraréis vuestra propia ruina!».

El jinete de la derecha se adelantó de un salto
y advirtió al conde con dulzura y prudencia,
pero el jinete de la izquierda lo apremió
a seguir adelante con su salvaje carrera.
Mas, ¡ay!, él despreció los consejos de la derecha
y se dejó atrapar por los ardides de la izquierda.

«¡Fatalidades por acá, fatalidades por allá!
—exclamó el conde—. Nada de eso me asusta.
Y, aun si estuviese ahora en el mismo Infierno,
todo ello seguiría sin importarme un bledo.
¡Por mí pueden enojarse tú y tu Dios, necio,
pues hoy quiero dar rienda suelta a mis deseos!».

Hizo restallar su látigo y sopló su cuerno:
«¡Eh, aquí, sirvientes, dejen todo y vengan!».
Mas entonces desaparecieron eremita y choza,
y hombres y caballos se desvanecieron detrás;
los sonidos de sabuesos y cascos huyeron
y todo quedó sumido en un silencio sepulcral.

Atónito miró el conde a su alrededor;
sopló su cuerno, pero este no produjo sonido;
sacudió su látigo en el aire, pero este no restalló;
llamó, pero no logró escuchar su propia voz;
espoleó a su feroz corcel en ambos flancos,
pero este ni para atrás ni para adelante se movió.

De pronto, todo se oscureció a su alrededor
y se puso tan negro como una tumba,
y un rugido como de un torrente lejano
se escuchó muy por encima de su cabeza
mientras un juez con una voz de trueno
lo llamaba con la furia de la tormenta:

«¡Tú, desvergonzado, diabólica criatura,
osado contra Dios, los animales y el hombre!
Las súplicas y los lamentos de tu presa,
junto con tu aviesa maldad y tu saña,
han llegado clamando a la alta corte
donde arde la antorcha de la venganza.

»¡Huye, monstruo, huye, pues serás ahora,
y por todo el resto de la larga eternidad,
perseguido por el Infierno y sus demonios
como ejemplo para los futuros señores
que, para satisfacer sus perversas inclinaciones,
ni al Creador ni a sus criaturas perdonen!».

Un súbito resplandor amarillo sulfuroso
tiñó entonces las oscuras hojas del bosque.
El miedo congeló los nervios del conde
y petrificó cada uno de sus miembros,
un gélido horror sopló contra su rostro
y frías gotas de sudor resbalaron por su cuello.

El gélido horror sopló, el clima se precipitó,
y de las entrañas de la tierra ante él surgió
un negro puño de gigantes proporciones;
la garra se estiró hacia él a fin de atraparlo,
intentó envolverlo como en un torbellino,
y el conde atinó a huir mirando atrás aterrado.

Llamas parpadeaban y brillaban a su paso
con fulgores rojos, amarillos y azules,
un océano de fuego lo rodeó por completo,
y pronto un enjambre de negros sabuesos
y de espantosos demonios se lanzó tras él,
vomitado desde las fauces mismas del Infierno.

Y desde entonces huye por bosques y campos,
huye sin parar aullando súplicas y lamentos,
pero sin descanso a través de todo el mundo
entre ladridos lo persigue el Infierno entero,
de día por las hondas hendiduras de la tierra,
de noche por las altas planicies del cielo.

Con el rostro siempre vuelto hacia atrás,
tan velozmente como el viento lo empuja,
él debe ver a los demonios que lo persiguen,
ferozmente azuzados por un espíritu maligno
de centelleantes ojos y caballo color fuego,
mientras los sabuesos muerden sus tobillos.

Este es el ejército de la cacería salvaje,
que durará hasta el día del juicio final
y que a menudo el viajero rezagado escucha
en medio de la noche mientras lo invade el terror,
como bien, si no prefiriesen guardar silencio,
podría atestiguarlo la boca de más de un cazador.


Traducción de E. Ehrendost.

Maurice Rollinat - Las neurosis



                 La muerta embalsamada

Para arrebatar esa muerta tan bella como un ángel
              a los atroces besos del gusano,
decidí hacerla embalsamar en una caja extraña.
              Era una noche de invierno.

Se extrajeron, de ese cuerpo rígido, lívido y helado,
              los pobres órganos difuntos,
y, en ese abierto vientre tan sangriento como vacío,
              se vertieron perfumes untuosos,

además de cloro, alquitrán y algo de cal en polvo.
              Cuando todo quedó lleno,
con una aguja de plata se procedió a coserlo
              sin dejar ni un pliegue en la piel.

Se reemplazaron sus ojos, en los que la naturaleza
              había puesto el azul de los cielos
y que la infecta podredumbre habría devorado,
              por azules ojos artificiales.

El boticario, mediante el uso de cierta resina,
              consiguió petrificarla,
y, al hacerlo, gritó exultante, apestando a la sustancia:
              «¡Ya no puede pudrirse!

»Respondo por ello. Serás horadado como vieja madera
              por los reptiles del sepulcro
antes de que la embalsamada, dura como el mármol,
              el menor fragmento haya perdido».

Estando ya en soledad, pinté sus labios violáceos
              con la esencia del carmín
y cubrí con numerosas joyas, anillos y amuletos
              su esbelto cuello y su frágil mano.

Entreabrí sus párpados y cerré su muda boca,
              lleno de asombro y de horror;
y, con aire grave, até sus pequeñas babuchas
              a sus pobres pies helados.

Envolví su cuerpo en un blanco sudario de gasa,
              desenredé sus largos cabellos
y, cayendo sobre mis rodillas, pasé del éxtasis
              al delirio atroz y nervioso.

Luego, en un intenso paroxismo de neurosis
              pesado como un plomo fatal,
ojeroso, la tendí sobre un gran montón de rosas
              en un ataúd de cristal.

El olor cadavérico había abandonado la estancia,
              y, sobre el oro y el terciopelo,
soplos de benjuí, vetiver y ámbar se difundían,
              cálidos, enervantes y densos.

Contemplé a la muerta, a mi tan amada momia,
              y, resucitando su belleza,
me atreví a imaginar que sólo estaba dormida
              en los brazos del placer.

Y en una fresca cripta a la que se llega por rampas
              de negro mármol y oro macizo,
para siempre a la luz sepulcral de las lámparas,
              debajo de un cráneo pensativo,

la muerta en su ataúd transparente y espléndido,
              burlándose de la putrefacción,
duerme, intacta y serena, cándida y amorosa,
              ante mi eterna estupefacción.


                                La lluvia

Cuando la lluvia, como una inmensa madeja
que embrolla sus interminables hilos de agua helada,
cae de un cielo negro y fúnebre como una cripta
sobre París, esa Babel escandalosa y convulsa,

yo abandono mi refugio y, sobre los puentes de hierro,
sobre el pavimento, sobre los adoquines, sobre el asfalto,
dejando mojar mi cráneo, en el que crepita un infierno,
camino con febriles pasos sin detenerme jamás.

La lluvia introduce en mi mente sueños obsesivos
que me hacen chapotear lentamente por el fango,
mientras, sombrío vagabundo, pipa entre los dientes,
sin cesar por millares de ruedas soy salpicado.

La lluvia es para mí el spleen de lo desconocido:
es por eso que tengo tanta sed de esas lágrimas delgadas
que sobre París, el monstruo del llanto continuo,
caen oblicuamente, lúgubres y calladas.

El eterno codazo de los peatones asustados
deja de enfurecerme, tanto se fermentan mis pensamientos;
y apenas si escucho a los amigos que me cruzo
balbucear con aires de verdad sus mentirosas palabras.

Mis ojos están tan perdidos, tan muertos y tan helados,
que, en el ir y venir de las sombras libertinas,
ni siquiera miro, bajo las enaguas arremangadas,
los alegres brincos de las botas elegantes.

Rumiando en voz alta poemas de hiel,
atravieso los amplios charcos y cunetas sin mirar;
y, mezclando mi tristeza con el dolor del cielo,
camino por París como si lo hiciera por un cementerio.

Entre las impuras multitudes de demonios,
me hundo en el gran laberinto, al azar y sin guía,
y aspiro entonces a pleno pulmón
la espantosa humedad de esa neblina líquida.

¡Me empapo bajo la lluvia! A su encanto asesino,
los gusanos fluyen por mi cerebro como una ola;
pues para mí, explorador de lo triste y lo malsano,
se trata de una poesía atroz que me inunda.


Traducciones de E. Ehrendost.

Samuel Taylor Coleridge - La balada del viejo marinero



                                 I
Es un viejo Marinero
y detiene a uno de entre tres presentes.
«Por tu larga barba gris y tus brillantes ojos,
¿por qué motivo me detienes?

Las puertas del Novio están abiertas
y soy pariente cercano suyo;
los invitados llegaron, el banquete comenzará:
ya se puede oír el alegre barullo.»

Lo retiene con su huesuda mano.
«Hubo un barco...», comienza.
«¡Suéltame!, saca tu mano, tonto de gris barba.»
Y en seguida su mano lo suelta.

Lo retiene con sus brillantes ojos;
el Convidado se queda totalmente quieto
y como un niño de tres años escucha:
su voluntad ha quedado en poder del Marinero.

El Convidado se sienta sobre una piedra:
salvo escuchar nada elegir puede;
y así siguió hablando aquel hombre viejo,
el Marinero de ojos resplandecientes.

«Saludado fue el barco, despejado el puerto,
alegremente fuimos dejando
detrás la iglesia, detrás la colina,
detrás la alta torre del faro.

El sol ascendía por la izquierda,
¡del propio mar emergía!,
y brillaba luminoso; y por la derecha
en el mismo mar luego se hundía.

Subía más y más alto cada día,
hasta que por sobre el mástil al mediodía pasó...»
Aquí el Convidado sacude su pecho
pues escucha de pronto el sonido del fagot.

La Novia había entrado al salón;
roja como una rosa estaba ella;
y balanceando sus cabezas delante marchaba
la alegre compañía trovadoresca.

El Convidado sacude su pecho;
sin embargo salvo escuchar nada elegir puede;
y así siguió hablando aquel hombre viejo,
el Marinero de ojos resplandecientes.

«Y entonces sobrevino la Tormenta,
y era tiránica y recia;
nos empujó con sus poderosas alas
y nos persiguió hacia el sur sin tregua.

Con mástiles inclinados y casi sumergida proa,
como quien, perseguido por grito y golpe,
aún pisa la sombra de su enemigo
e inclina hacia adelante su cabeza,
el barco navegaba veloz, siempre hacia el sur,
mientras feroz rugía la tormenta.

Y entonces sobrevinieron la niebla y la nieve,
y se puso todo horriblemente frío;
y el hielo, alto como el mástil,
llegó flotando en un verde esmeraldino.

Y, entre las ventiscas, los nevados acantilados
emitían un lúgubre destello;
ni bestia ni hombre alguno podíamos distinguir:
todo en medio estaba el hielo.

El hielo estaba aquí, el hielo estaba allí,
por todo alrededor estaba el hielo;
crujía y gruñía, rugía y aullaba,
como los ruidos que se oyen en negros sueños.

Y tras un tiempo se nos cruzó un Albatros;
a través de la neblina llegó,
y, como si hubiese sido un alma cristiana,
lo acogimos en el nombre de Dios.

Comió la comida que nunca había comido,
y alrededor y alrededor de la nave voló.
Entonces el hielo se abrió con un sonido atronador,
¡y el timonel al través nos sacó!

Y un benigno viento sur brotó detrás;
y el Albatros nos seguía sereno,
y todos los días, para comer o jugar,
se acercaba al saludo de los marineros.

Entre nieblas o nubes, sobre mástil o vela
se posó durante nueve veladas,
mientras que, toda la noche, entre neblinas blancas,
tenuemente, la blanca luna brillaba.»

«¡Dios te proteja, viejo Marinero,
de los demonios que tanto te atormentan!
¿Por qué miras así?» «Yo al Albatros
disparé con mi ballesta.


                                 II
El sol ahora se elevaba por la derecha,
del propio mar emergía,
aún envuelto en nieblas; y por la izquierda
en el mismo mar luego se hundía.

Y el benigno viento sur aún soplaba detrás;
pero ya no nos seguía el pájaro sereno,
ni en día alguno, para comer o jugar,
se acercaba al saludo de los marineros.

Y yo había hecho algo infernal,
y a todos les traería desdicha,
pues todos afirmaron que yo había matado al ave
que había hecho soplar la brisa.
“¡Ah, miserable! –dijeron–, asesinar al ave
que había hecho soplar la brisa.”

Ni apagado ni rojo, como la misma cabeza de Dios,
el glorioso sol se levantó por la derecha;
entonces todos afirmaron que yo había matado al ave
que traía los vapores y la niebla.
“Estuvo bien –dijeron– asesinar a tales aves,
que traen los vapores y la niebla.”

La favorable brisa soplaba, la blanca espuma volaba,
seguíamos surcando las aguas en libertad,
y éramos los primeros que jamás irrumpían
en aquel silencioso mar.

Decayó entonces la brisa, las velas decayeron,
era todo tan triste como triste podía ser,
y hablábamos únicamente para romper
el terrible silencio del mar aquel.

En un cálido y cobrizo cielo
el sangriento sol, al mediodía,
justo sobre el mástil se detenía;
y mucho más grande que la luna no se veía.

Día tras día, día tras día,
continuamos, inmóviles y sin aliento,
tan ociosos como un pintado barco
sobre un pintado océano.

Agua, agua, por todas partes,
y se estrecharon todas las bordas;
agua, agua, por todas partes,
y, para beber, ni una gota.

Y las profundidades entonces se pudrieron.
¡Oh, que alguna vez a ser esto pueda llegar!
Sí, cosas viscosas se arrastraban con piernas
sobre el viscoso mar.

Cerca, cerca, tambaleantes y en desorden
los fuegos fatuos durante la noche danzaban;
y el agua, como la poción de una bruja,
ardía verde, azul y blanca.

Y algunos por sueños supieron
del espíritu que así nos atormentaba, inclemente:
a nueve brazas de profundidad nos había seguido
desde la tierra de la niebla y de la nieve.

Y cada lengua, por la completa sequía,
se marchitó hasta la raíz;
no podíamos hablar, no tanto como si
hubiésemos sido asfixiados con hollín.

¡Ah, maldito día! ¡Qué malignas miradas
recibí de jóvenes y viejos!
En lugar de la cruz, el Albatros
fue colgado de mi cuello.


                                 III
Fue un tiempo agotador; cada garganta
estaba ardiente, y vidrioso cada ojo.
¡Un tiempo agotador, un tiempo agotador!
¡Cómo se ponía vidrioso cada ojo agotado!,
cuando, mirando hacia el oeste,
descubrí en el cielo la presencia de algo.

Al principio parecía una pequeña mancha,
y luego pareció una niebla;
se movía y se movía, y tomó al final
una forma más cierta.

Una mancha, una niebla, una forma, eso creía,
y aún se acercaba y se acercaba;
y, como si evitara a algún espíritu del agua,
se sumergía y giraba y viraba.

Con las gargantas resecas, con los labios quemados,
no podíamos reír ni gemir siquiera;
en la completa sequía todos mudos habíamos quedado;
mordí mi brazo, chupé mi sangre
y grité: “¡Una vela, una vela!”.

Con las gargantas resecas, con los labios quemados,
boquiabiertos mi grito oyeron;
¡misericordia divina!, de alegría sonrieron,
y al punto todos tomaron aliento
como si ya hubiesen estado bebiendo.

“¡Mirad, mirad! –grité–, ¡ya no vira,
hacia aquí a salvarnos se acerca!
¡Mas ved!, ¡sin brisa, sin marea,
avanza con la quilla recta!”

Las olas del oeste estaban todas en llamas;
el día había casi terminado:
casi sobre las olas del oeste
descansaba el sol brillante y amplio,
cuando esa extraña forma súbitamente
se interpuso entre nosotros y el astro.

Y en seguida el sol quedó rayado
–¡Madre del Cielo, envíanos gracia!–
como si mirara a través de las rejas de un calabozo
con amplia y ardiente cara.

“¡Ay! –pensé yo, y mi corazón latía fuerte–,
¡cuán velozmente se acerca y se acerca!
¿Son aquellas sus velas, que ante el sol chispean
como telarañas tenues e inquietas?

¿Son aquellas sus costillas, a través de las cuales
el sol mira como a través de una reja?
¿Y es esa Mujer toda su tripulación?
¿Es aquella la Muerte? ¿Son dos?
¿Es de esa Mujer la Muerte la compañera?”

Sus labios eran rojos, su mirada era osada,
amarillos como el oro eran sus rizos,
su piel era tan blanca como la de un leproso;
la pesadillesca Vida en la Muerte era ella,
que congela la sangre del hombre con frío.

El desnudo casco a nuestro lado llegó,
mientras ambas estaban jugando a los dados;
“¡Acabó el juego! ¡He ganado, he ganado!”,
gritó ella, y silbó tres veces a nuestro lado.

El borde del sol se hundió; las estrellas llegaron de prisa;
de pronto ya todo era oscuridad;
y con un lejano susurro, por sobre el vasto mar,
se alejó la barca espectral.

Escuchamos, y hacia arriba miramos;
el miedo, de mi corazón como de un vaso,
mi sangre vital sorber pareció.
Las estrellas eran tenues; la noche, sombría;
la cara del timonel junto al farol blanca resplandecía;
de las velas el rocío a gotear comenzó,
hasta que por el este escaló serena
la cornuda luna, con una brillante estrella
junto a su extremo inferior.

Uno tras uno, bajo la luna perseguida por estrellas,
demasiado rápido para emitir gemido o suspiro,
cada tripulante giró su cabeza en espantosa agonía
y con sus ojos me maldijo.

Cuatro veces cincuenta hombres vivos
–y suspiro o gemido no escuché ninguno–,
con un pesado golpe, como un bulto sin vida,
fueron cayendo, uno por uno.

Las almas volaron de sus cuerpos,
huyendo hacia la dicha o la pena.
Y cada alma, al pasarme a un lado,
lo hizo silbando como mi ballesta.»


                                 IV
«¡Te temo, viejo Marinero,
tu huesuda mano temo!
Y eres alto, y descarnado, y oscuro
como las costilludas arenas del océano.

Te temo a ti y a tus brillantes ojos;
y a tu huesuda mano, tan oscura, también temo.»
«No temas, no temas, tú, Convidado:
este cuerpo no cayó entre los muertos.

Solo, solo, absolutamente solo,
solo en el ancho, ancho mar seguía;
y ningún santo se apiadó
de mi alma en agonía.

Tantos hombres, tan bellos,
y todos muertos yacían tendidos;
y mil millares de cosas viscosas
aún vivían, y yo lo mismo.

Contemplé el mar podrido,
y aparté mis ojos lejos;
contemplé la cubierta podrida,
y allí yacían los hombres muertos.

Miré al cielo e intenté rezar,
pero, antes de que plegaria alguna brotase,
un maligno susurro se oyó e hizo
que seco como el polvo mi corazón quedase.

Cerré mis párpados y los mantuve apretados,
y los globos como pulsos me latían;
pues el cielo y el mar, y el mar y el cielo,
eran como una carga sobre mis cansados ojos,
y los muertos a mis pies yacían.

El frío sudor se desvaneció de sus miembros;
no comenzaron a pudrirse ni a heder;
y la mirada con la que me miraban
nunca había dejado de ser.

La maldición de un huérfano arrastraría al Infierno
a un espíritu del Cielo arriba;
pero, ¡oh!, más horrible que eso
es una maldición en los ojos de un muerto.
Siete días, siete noches, vi yo esa maldición,
y, sin embargo, no pude perder la vida.

La errabunda luna subió por el cielo,
y en ningún lugar se detuvo ni un rato;
suavemente subía ella,
con una estrella o dos a su lado.

Sus rayos se mofaban del sofocante piélago
como escarcha de abril esparcida;
pero allí donde la enorme sombra del barco caía
siempre las encantadas aguas
en un quieto y horrible rojo ardían.

Más allá de la sombra del barco
contemplé a las serpientes marinas;
se movían en estelas de brillante blanco
y, cuando se alzaban, la mágica luz
en blancos copos caía.

En la sombra del barco
contemplé sus ricos atavíos:
en azul, en luminoso verde y en negro aterciopelado
serpenteaban y nadaban, y cada estela
era como un resplandor de fuego dorado.

¡Oh, felices criaturas vivas! Ninguna lengua
su belleza podría expresar;
un manantial de amor de mi corazón brotó
y sin darme cuenta las bendije;
seguro que mi santo de mí se apiadó
y sin darme cuenta las bendije.

En ese mismo momento pude rezar,
y de mi cuello en libertad
el Albatros cayó, hundiéndose
como plomo en las aguas del mar.


                                 V
¡Oh, sueño!, ¡qué cosa tan benévola,
de polo a polo amada!
¡Alabada sea la Reina de los Cielos!
Pues ella envió de lo alto al benévolo sueño
que se deslizó en mi alma.

Las inútiles cubas sobre cubierta,
que desde hacía tiempo abandonadas permanecían,
en mi sueño se llenaban con rocío;
y cuando desperté, llovía.

Mis labios estaban mojados, mi garganta estaba fresca,
mis ropas estaban todas humedecidas;
seguramente había bebido en mis sueños,
y aún mi cuerpo bebía.

Me moví y no pude sentir mis miembros;
me sentía tan liviano que casi habría dicho
que había muerto mientras soñaba
y que era ya un fantasma bendito.

Y entonces oí un rugiente viento;
aparentemente no se acercaba,
pero con su sonido sacudió las velas,
que se encontraban marchitas y delgadas.

El aire superior cobró vida
y cientos de fuegos en él brillaron;
para aquí y para allí se apresuraron,
y para aquí y para allí, y para adentro y afuera,
las pálidas estrellas en el medio danzaron.

Y el viento rugió aún más fuerte,
y las velas suspiraron como juncias;
y la lluvia se precipitó desde una nube negra
al borde de la cual se hallaba la luna.

La densa nube negra se rasgó,
y aún la luna se hallaba a su lado;
y, como aguas brotando de un alto peñasco,
varios relámpagos cayeron sin interrupción,
un río profundo y ancho.

El fuerte viento nunca alcanzó al barco,
sin embargo ahora el barco se estaba moviendo;
y bajo los relámpagos y la luna
los muertos un gemido profirieron.

Gimieron, se agitaron y uno tras otro se levantaron;
ni hablaron ni sus ojos movieron;
habría sido extraño, aun en un sueño,
haber visto levantarse a aquellos muertos.

Guiado por el timonel, el barco se movió
sin que nunca una brisa sobre él llegase a soplar;
todos los marineros comenzaron a maniobrar las cuerdas
allí donde acostumbraban hacerlo;
levantaban sus miembros como herramientas muertas:
éramos una tripulación espectral.

El cuerpo del hijo de mi hermano
se paraba junto a mí, rodilla con rodilla;
y el muerto y yo tirábamos de una cuerda,
pero él nada me decía.»

«¡Te temo, viejo Marinero!»
«Cálmate ya, tú, Convidado;
no fueron aquellas almas que en pena huyeron
las que a los cadáveres regresaron,
sino una tropa de espíritus santificados.

Pues en cuanto amaneció dejaron caer sus brazos
y alrededor del mástil se agruparon;
y dulces sonidos brotaron lentamente de sus bocas
y en sus cuerpos resonaron.

Alrededor, alrededor voló cada dulce sonido,
y hacia el sol luego todos se lanzaron;
entonces lentos los sonidos retornaron,
ya uno por uno, ya todos mezclados.

A veces descendiendo del cielo
el canto de una alondra yo oía,
y a veces el de todas las pequeñas aves que son;
¡ah, cómo parecían llenar el mar y el aire
con su dulce algarabía!

Y era ya como todos los instrumentos,
ya como una flauta en soledad,
o ya como el canto de un ángel
que a los cielos hace callar.

Y cesó; sin embargo las velas siguieron produciendo
un agradable sonido hasta el mediodía,
un sonido similar al de un arroyo oculto
durante el frondoso mes de junio,
que a los durmientes bosques todo la noche
canta una melodía en un suave murmullo.

Hasta el mediodía navegamos tranquilamente
sin que nunca una brisa hubiese soplado;
lenta y mansamente seguía navegando el barco
movido hacia delante desde abajo.

A nueve brazas de profundidad bajo la quilla,
desde la tierra de la niebla y de la nieve,
el espíritu se deslizaba; y era él
el que hacía al barco moverse.
Mas abandonaron su melodía las velas al mediodía,
y el barco se quedó quieto también.

El sol, justo sobre el mástil,
había fijado el barco al océano;
pero en un minuto este comenzó a agitarse
con un brusco e inquieto movimiento;
hacia atrás y adelante la mitad de su largo recorría
con un brusco e inquieto movimiento.

Entonces, como un piafante caballo puesto en libertad,
el barco dio un súbito salto;
esto arrojó la sangre a mi cabeza
y caí víctima de un desmayo.

No sabría decir por cuánto tiempo
permanecí en ese estado;
pero, antes de que mi vida retornase,
oí, y con mi alma discerní,
dos voces hablando en el aire.

“¿Es él? –dijo una–, ¿es este el hombre?
¡Por aquel que en la cruz murió!,
¡es él quien con su cruel ballesta
al indefenso Albatros abatió!

El espíritu que habita solitario
en la tierra de la niebla y de la nieve
amaba al ave que amó a este hombre
que con su ballesta le disparó adrede.”

La otra era una voz más dulce,
tan dulce como rocío de miel,
y dijo: “El hombre ha hecho penitencia,
y más penitencia habrá de hacer”.


                                 VI
                       Primera Voz
“Pero dime, dime, habla de nuevo,
renovando tu dulce acento:
¿qué impulsa al barco con tanta velocidad?
¿Qué está haciendo el Océano?”

                      Segunda Voz
“Quieto como un esclavo ante su señor,
el Océano no tiene olas;
su gran ojo brillante, muy silenciosamente,
hacia la luna se asoma
a fin de saber qué rumbo tomar,
pues es ella quien lo guía, calmo o agitado.
¡Mira, hermano, mira cuán graciosamente
ella lo contempla a él mirando abajo!”

                       Primera Voz
“Pero ¿cómo impulsa al barco con tanta velocidad
sin ni ola ni viento siquiera?”

                      Segunda Voz
“El aire se separa por delante,
y por detrás de él luego se cierra.

¡Vuela, hermano, vuela!, ¡más alto, más alto!,
o retrasados quedaremos;
pues más y más lento este barco avanzará
en cuanto cese el trance del Marinero.”

Desperté, y seguíamos navegando
como en el más propicio clima;
era de noche, una calma noche, la luna estaba alta,
y todos juntos los muertos de pie se mantenían.

Todos juntos de pie se mantenían en la cubierta,
más apropiada para ser una cripta;
y todos fijaron en mí sus ojos de piedra,
que bajo la blanca luna resplandecían.

La agonía, la maldición con la que habían muerto
nunca del todo había pasado;
no pude apartar mis ojos de los de ellos
ni para rezar elevarlos a lo alto.

Y entonces el hechizo cesó; una vez más
vi a mi alrededor el océano verdecido,
y seguí mirando, aunque poco vi
de lo que antes había visto.

Me sentía como aquel que, en un solitario camino,
avanza con miedo y temor,
y, habiendo una vez volteado, sigue adelante
y no gira más su cabeza
pues sabe que un espantoso demonio
veloz por detrás se le acerca.

Pero pronto sopló un viento sobre mí
sin producir sonido ni movimiento;
su camino no iba por sobre el mar,
ni en las olas ni en las sombras del piélago.

Sacudió mi pelo y abanicó mis mejillas
como el céfiro en primavera;
y se mezcló con mis temores,
sin embargo bienvenido era.

Veloz, veloz avanzaba el barco,
aunque también suavemente navegaba;
veloz, veloz soplaba la brisa,
y sobre mí solo soplaba.

¡Oh, feliz sueño!, ¿era realmente
la torre del faro lo que veía allí?,
¿era aquella la colina?, ¿era aquella la iglesia?,
¿era aquel mi amado país?

Nos deslizamos hasta el puerto
y entre sollozos me puse a implorar:
“¡Oh, déjame despertar, Dios mío,
o deja que para siempre duerma ya!”.

La bahía portuaria estaba clara como el cristal,
tan suavemente se extendía;
y sobre la bahía caía la luz lunar
y la sombra de la luna misma.

La colina resplandecía con brillo, y no menos
la iglesia que se elevaba sobre ella
mientras la luz lunar empapaba en silencio
su firme y quieta veleta.

Y la bahía estaba blanca con luz silenciosa,
hasta que, de aquella ascendiendo,
miles de formas, que espectros eran,
en colores escarlata surgieron.

A poca distancia de la proa
se hallaban aquellas sombras carmesí;
dirigí mis ojos a la cubierta,
y, ¡oh, Cristo!, ¡lo que entonces vi allí!

Cada cadáver yacía inerte, muerto e inerte,
y, ¡por la cruz sagrada!,
un hombre todo luz, un ser seráfico,
sobre cada cadáver se paraba.

Todos los serafines agitaron sus manos:
era una visión gloriosa;
se erguían como señales para la tierra,
cada uno una luz hermosa.

Todos los serafines agitaron sus manos;
no profirieron ninguna voz,
ninguna voz; pero este silencio se hundió
como música en mi corazón.

Mas de pronto oí un ruido de remos;
el saludo de un Piloto oía;
mi cabeza giró a la fuerza
y vi cómo un bote aparecía.

Al Piloto y a su Grumete
pude oír acercándose con velocidad.
¡Dios del Cielo!, era una alegría
que ni los muertos podían arruinar.

Y también vi a un tercero, y pude oír su voz;
era el buen Eremita,
que en voz alta cantaba los himnos divinos
que en el bosque componía.
Él confesaría mi alma, y toda la sangre
del Albatros lavaría.


                                 VII
Este buen Eremita vive en aquel bosque
que desciende hasta el mar.
¡Cuán poderosamente su dulce voz eleva!
Ama hablar con los marineros
que de lejanos países llegan.

Se arrodilla al amanecer, atardecer y anochecer,
y tiene una mullida almohada para ello:
es el musgo que por completo cubre
el viejo tronco de un roble seco.

El bote se acercaba; yo los oía hablar:
“Vaya que es extraño, en verdad.
¿Dónde están aquellas luces numerosas y bellas
con las que hasta hace poco nos hacían señal?”.

“Extraño, por mi fe –dijo el Eremita–,
y no respondieron a nuestro saludo.
Las tablas se ven combadas, y mira aquellas velas,
¡se ven tan delgadas y marchitas!
Jamás he visto cosa similar a ellas,
a no ser por esas ramillas,

los parduscos esqueletos de las hojas que se rezagan
a lo largo del arroyo de mi bosque,
cuando con nieve está cubierta la hiedra toda
y el búho chilla al lobo que debajo
devora a las crías de su loba.”

“¡Santo Dios!, tiene un aspecto muy diabólico
–respondió el Piloto–, es aterrador.”
“¡Sigue remando, sigue remando!”,
el Eremita alegremente entonces le ordenó.

El bote se acercó más al barco,
pero yo no hablé ni me moví;
el bote se puso junto al barco
y en seguida un sonido pude oír.

Bajo el agua retumbó,
cada vez más fuerte y más aterrador;
alcanzó al barco, conmovió la bahía,
y el barco como plomo se hundió.

Aturdido por aquel fuerte y aterrador sonido
que a cielo y océano castigó,
como alguien ahogado hace siete días
mi cuerpo yacía a flote;
y, como en un sueño, pronto me encontré
descansando junto al Piloto en su bote.

En el remolino, allí donde el barco se hundió,
el bote daba giros y giros;
todo estaba en silencio, a no ser por la colina
que aún hablaba del sonido.

Moví mis labios; el Piloto gritó
y presa de un ataque cayó;
el santo Eremita elevó sus ojos
y desde donde se hallaba rezó.

Tomé los remos; el Grumete,
que de pronto había enloquecido,
reía fuerte y largo, y todo el tiempo
sus ojos iban de acá para allá.
“¡Ja, ja! –reía–, muy claramente veo
que el Diablo sabe cómo remar.”

Y entonces, en mi propio país,
tierra firme pisé.
El Eremita bajó del bote
y apenas pudo mantenerse de pie.

“¡Oh, confiéseme, confiéseme, hombre santo!”
El Eremita se santiguó en la frente.
“Dime rápido –dijo–, te conmino a que me digas
qué clase de hombre eres.”

Inmediatamente este cuerpo mío se retorció
con una agonía horrible
que me obligó a comenzar mi historia
y que luego me dejó libre.

Desde entonces, a incierta hora,
aquella agonía regresa,
y, hasta que mi terrible relato es contado,
este corazón en mi interior me quema.

Voy, como la noche, de comarca en comarca;
tengo un extraño poder de la palabra;
en el momento en el que su rostro veo,
reconozco al hombre que escucharme debe,
y a él mi historia le cuento.

¡Qué gran alboroto sale de aquella puerta!
Los convidados de la boda están allí;
pero en la glorieta del jardín, la Novia
y sus doncellas cantando están;
y oigo la pequeña campana de vísperas
que me empuja ya a rezar.

¡Oh, Convidado!, esta alma ha estado
sola en un ancho, ancho mar;
tan solitaria estaba, que Dios mismo
apenas parecía hasta allí llegar.

¡Oh!, mucho más dulce que una fiesta de bodas,
muchísimo más dulce para mí sería
caminar hacia la iglesia
junto a una buena compañía.

Caminar hacia la iglesia juntos,
y todos juntos comenzar a rezar,
mientras cada uno se inclina ante su gran Padre,
ancianos, niños, amables amigos,
y muchachos y doncellas agradables.

¡Adiós, adiós! Pero esto te digo,
a ti, a ti, tú, Convidado:
que reza bien quien ama bien
a hombres, bestias y pájaros.

Y que reza mejor quien mejor ama
a todas las cosas, grandes y pequeñas;
pues el Dios que nos ama
las hizo y las ama a todas ellas.»

El Marinero, cuyos ojos son brillantes,
cuyos pelos y barba con la edad están canosos,
se ha ido; y también el Convidado
se aleja de la puerta del Novio.

Se fue como alguien que ha sido aturdido
y cuyas sensaciones han quedado desamparadas;
y siendo un hombre más triste y más sabio
se levantó a la siguiente mañana.


Traducción de E. Ehrendost.
Ilustraciones de Gustave Doré.

Lord Tennyson - Titono



Los bosques perecen, los bosques perecen y caen;
las nubes lloran su carga sobre la superficie terrestre;
el hombre llega, labra la tierra, y luego yace bajo ella;
tras un largo número de veranos, el cisne muere.
Sólo yo soy por la cruel inmortalidad consumido:
lentamente entre tus brazos me marchito,
aquí, en los silenciosos confines del mundo,
una canosa sombra que vaga como un sueño
por los siempre tranquilos páramos del Este,
los campos de neblina y los dorados salones del alba.

¡Ay de esta gris sombra, una vez un hombre!,
tan glorioso en su belleza y en tu decisión,
cuando me hiciste tu elegido, que le parecía
a su gran corazón que no era sino un dios.
Te solicité que me otorgases la inmortalidad,
y con una sonrisa a mi deseo accediste,
como alguien rico que de nada se preocupa al dar.
Pero las poderosas Horas obraron su voluntad
y me abatieron, me desfiguraron, me arrasaron,
y, aunque no pudieron ponerme fin, me estropearon
para morar en presencia de juventud inmortal,
una edad inmortal junto a una inmortal juventud;
y todo lo que fui, en cenizas. ¿Puede tu amor,
tu belleza, enmendarlo, aunque incluso ahora,
próxima sobre nosotros, tu estrella plateada,
tu guía, brilla en esos trémulos ojos que se llenan
de lágrimas al oírme? Déjame ir; retira tu don.
¿Por qué habría de desear un hombre variar
en algún modo de la amable raza humana
o trascender esos confines de lo ordinario
donde todos, como conviene, deberían detenerse?

Una leve brisa aleja las nubes: allí puedo
vislumbrar ese oscuro mundo en el cual nací.
Una vez más surge ese viejo fulgor misterioso
en tu pura frente, en tus puros hombros
y en ese pecho que palpita con un corazón renovado.
Tus mejillas se ruborizan en la penumbra
y tus dulces ojos se encienden lentamente
antes de cegar a las estrellas y de que el tiro
que te ama, anhelando tu yugo, despunte,
sacuda la oscuridad de sus sueltas crines
y arranque chispas de fuego al crepúsculo.

¡Ay! Siempre te vuelves más hermosa así,
en el silencio, y, antes de darme una respuesta,
partes, dejando tus lágrimas sobre mis mejillas.

¿Por qué me asustarás siempre con tus lágrimas,
haciéndome temblar ante la idea de que sea cierto
ese dicho aprendido hace mucho en la oscura tierra:
«Los dioses no pueden retirar sus dones»?.

¡Ay de mí, ay de mí! Con qué corazón distinto,
y con qué distintos ojos, solía antaño contemplar
—si es que aún soy yo aquel que contemplaba—
la luminosa silueta que se formaba a tu alrededor
cuando tus oscuros rizos se volvían anillos soleados;
y cambiar con tu místico cambio; y sentir mi sangre
resplandecer con el resplandor que teñía de escarlata
toda tu presencia y tus portales, mientras yo yacía
con mi boca, mi frente y mis párpados templándose
con el rocío de besos más balsámicos que brotes de abril
a medio florecer, y oyendo a los labios que me besaban
susurrar no sé qué cosas dulces y salvajes,
similares a esa extraña canción que oí a Apolo cantar
cuando las torres de Ilión como neblina se elevaban.

Mas no me retengas para siempre en tu Este;
¿cómo puede ya mi naturaleza mezclarse con la tuya?
Fríamente me bañan tus rosadas sombras, frías
son todas tus luces, y fríos son mis arrugados pasos
sobre tus luminosos umbrales cuando la niebla flota
desde esos lóbregos valles que albergan los hogares
de dichosos hombres que tienen la posibilidad de morir
y los musgosos túmulos de aún más dichosos muertos.
¡Oh, libérame de una vez y devuélveme a la tierra!
Tú ves todas las cosas, y podrás ver mi sepulcro;
renovarás tu belleza de mañana en mañana;
y yo, polvo en el polvo, olvidaré estas vacías cortes
y a ti retornando en tu brillante carro de plata.


Traducción de E. Ehrendost.

Edgar Allan Poe - Solo



Desde la hora de mi niñez nunca fui
como los otros eran, nunca vi
como los otros veían, jamás pude extraer
mis pasiones de un manantial común
ni obtener de sus mismas fuentes
mi tristeza, nunca pude despertar
mi corazón a la alegría en su mismo tono,
y todo lo que amé lo amé solo.
Entonces, en mi niñez, en el amanecer
de una tormentosa vida, surgió,
del fondo de cada dicha y pesar,
el misterio que aún me tiene atado:
del torrente y el manantial,
del rojo acantilado de la montaña,
del sol que sobre mí rodó
en su otoñal tinte de oro,
del relámpago en el cielo
al pasarme volando a un lado,
del trueno y la tormenta,
y de la nube que tomó la forma,
cuando el resto del cielo estaba azul,
de un demonio en mi visión.



Traducción de E. Ehrendost.

Edgar Allan Poe - La durmiente



A la medianoche, en el mes de junio,
camino bajo una luna mística.
Un narcótico vapor, tenue como rocío,
se derrama de su dorado borde
y, cayendo suavemente, gota a gota,
sobre la silenciosa cima de la montaña,
de manera musical y somnolienta
se introduce en el valle universal.
El romero se inclina sobre el sepulcro;
recuéstase el lirio sobre la ola;
mientras la niebla envuelve su seno,
la ruina se deteriora en el reposo;
y el lago, viéndose como el Leteo,
parece dormitar conscientemente,
y no va, por el mundo, a despertar.
¡Toda la Belleza duerme!, ¡y ved allí,
donde Irene yace con sus Destinos!

¡Oh, hermosa dama!, ¿puede estar bien
esta ventana abierta a la noche?
Desde los árboles, impúdicas brisas
a través del enrejado se filtran riendo;
incorpóreas como alborotadas hechicerías,
revolotean por tu cámara entrando y saliendo,
y hacen ondear el cortinado dosel
tan caprichosa y espeluznantemente
sobre esos cerrados y orlados párpados
bajo los cuales se oculta tu durmiente alma,
que, sobre el suelo y por las paredes,
como espectros las sombras se desplazan.

¡Oh, querida dama!, ¿no tienes miedo?
¿Por qué y qué cosa estás allí soñando?
De seguro has venido de mares lejanos,
una maravilla para estos árboles de jardín.
¡Cuán extraños son tu vestido, tu palidez
y, sobre todo, el largo de tus cabellos,
así como este solemne silencio!

La dama duerme. ¡Oh, que su sueño,
que es duradero, sea también profundo!
¡Que el cielo la tenga en su sagrado seno,
en una cámara mucho más pura que esta
y en un lecho aún más melancólico!
¡A Dios ruego que pueda ella descansar
con sus ojos por siempre cerrados
mientras los pálidos fantasmas a su lado pasan!

¡Mi amor, ella duerme! ¡Oh, que su sueño,
así como es eterno, sea también profundo!
¡Que suaves los gusanos sobre ella se arrastren!
Puede que lejos, en el bosque sombrío y añoso,
para ella alguna elevada cripta se abra,
alguna cripta cuyos negros y alados paneles
a menudo se hayan levantado y desplegado,
triunfantes, sobre los suntuosos ataúdes
de los funerales de su distinguido linaje;
algún viejo sepulcro, remoto y solitario,
contra cuyo portal ella haya arrojado
en su infancia varias piedras ociosas;
alguna tumba de cuya resonante puerta
ya no volverá a forzar un eco para creer
con emoción, ¡pobre hija del pecado!,
que eran los muertos gimiendo del otro lado.



Traducción de E. Ehrendost.

Edgar Allan Poe - Ulalume



Los cielos estaban cenicientos y sobrios,
las hojas estaban secas y marchitas,
las hojas estaban mustias y marchitas;
era una noche del solitario octubre
de mi año más difícil de recordar;
era muy cerca del sombrío lago de Auber,
en la neblinosa región central de Weir;
era cerca de la húmeda marisma de Auber,
en el bosque asediado por vampiros de Weir.

Allí una vez, a través de un titánico paseo
de cipreses, vagué con mi Alma;
entre cipreses, con Psique, mi Alma.
Eran los tiempos en que mi corazón era volcánico
como los ríos de escoria que ruedan,
como las lavas que sin descanso hacen rodar
sus sulfurosas corrientes por el monte Yaanek
en los más extremos climas del polo;
que gimen mientras ruedan por el monte Yaanek
en los gélidos reinos del polo boreal.

Nuestro diálogo había sido serio y sobrio,
pero nuestras decrépitas mentes estaban marchitas,
nuestras traicioneras memorias estaban marchitas,
pues no sabíamos que el mes era octubre,
y no advertimos la noche del año
(¡ah, la noche entre todas las noches del año!),
ni reconocimos el sombrío lago de Auber
(aunque ya una vez habíamos ido hasta allí),
ni recordamos la húmeda marisma de Auber,
ni el bosque asediado por vampiros de Weir.

Y entonces, mientras la noche estaba senescente
y los cuadrantes estelares indicaban la mañana,
y los cuadrantes estelares insinuaban la mañana,
sobre el final de nuestro camino surgió
un licuescente y nebuloso resplandor
del cual un milagroso cuarto creciente
con cuerno duplicado se levantó;
el cuarto creciente de diamantes de Astarte,
distintivo por su cuerno duplicado.

Y dije: «Es más cálida que Diana:
rueda a través de un éter de suspiros,
se recrea en una región de suspiros;
ha visto que las lágrimas no están secas
en estas mejillas, donde el gusano nunca muere,
y ha dejado atrás las estrellas del León
para indicarnos el camino a los cielos,
a la paz letea de los cielos;
asciende, a pesar del León, para brillar
sobre nosotros con sus centelleantes ojos;
asciende, a través de la guarida del León,
con amor en sus luminosos ojos».

Pero Psique, levantando un dedo, dijo:
«Lamentablemente, de esa estrella desconfío;
extrañamente, de su palidez desconfío.
¡Oh, apresúrate! ¡Oh, no nos demoremos!
¡Oh, huye, huyamos, pues debemos hacerlo!».
Habló aterrorizada, dejando caer
sus alas hasta arrastrarlas por el polvo;
en agonía sollozó, dejando caer
sus plumas hasta arrastrarlas por el polvo,
hasta arrastrarlas dolorosamente por el polvo.

Le respondí: «Esto no es más que sueño:
¡continuemos bajo esta trémula luz!
¡Bañémonos en esta cristalina luz!
Su esplendor sibilino está brillando
con esperanza y belleza esta noche.
¡Mira: asciende por los cielos en la noche!
¡Ah, podemos confiar sin peligro en su fulgor
y estar seguros de que nos guiará bien;
podemos confiar sin peligro en su fulgor
que no puede sino guiarnos bien,
puesto que asciende al Cielo en la noche!».

Así calmé a Psique, tras lo cual la besé,
intentando sacarla de su melancolía,
venciendo sus temores y melancolía,
y llegamos al final de todo aquel paisaje,
pero nos detuvo la puerta de un sepulcro,
la puerta de un sepulcro con una inscripción,
y dije: «¿Qué hay escrito, dulce hermana,
en la puerta de este sepulcro con una inscripción?».
Y ella respondió: «¡Ulalume! ¡Ulalume!
¡Es la cripta de tu perdida Ulalume!».

Entonces mi corazón se puso ceniciento y sobrio,
como las hojas que estaban secas y marchitas,
como las hojas que estaban mustias y marchitas,
y grité: «¡Fue sin duda en octubre,
en esta misma noche del año pasado,
que vine... que vine hasta aquí,
que traje una espantosa carga hasta aquí,
en esta noche entre todas las noches del año!
¡Ah!, ¿qué demonio me atrajo hasta aquí?
Bien reconozco, ahora, este sombrío lago de Auber,
esta neblinosa región central de Weir;
bien reconozco, ahora, esta húmeda marisma de Auber,
este bosque asediado por vampiros de Weir».

Y entonces dijimos, ambos: «¡Ah!, ¿puede ser
que los vampiros necrófagos del bosque,
los piadosos y misericordiosos vampiros,
para detener y prohibir nuestro camino
al secreto que yace en estos sitios,
a aquello que yace escondido en estos sitios,
hayan sacado el espectro de un planeta
fuera del limbo de las almas lunares,
ese pecaminoso planeta centelleante
fuera del infierno de las almas planetarias?».


Traducción de E. Ehrendost.

John Keats - Oda a un ruiseñor



                                               I
El corazón me duele y un pesado sopor aturde
    mis sentidos, como si hubiese bebido cicuta
o apurado algún fuerte narcótico hasta el fondo
    un minuto atrás y me hubiese sumergido en el Leteo;
y no por envidia de tu feliz destino,
    sino estando feliz a causa de tu felicidad,
        de que tú, dríade de alas ligeras de los árboles,
                    en algún melodioso lugar
    de verdes hayas y sombras incontables
        cantas del verano con ruidosa soltura.

                                               II
¡Oh, lo que daría por un trago de vino que hubiese sido
    enfriado mucho tiempo en la tierra profundamente cavada,
que supiese a Flora y al verde de los campos,
    a danza, a cantos provenzales y a soleado gozo!
¡Oh, lo que daría por un jarro del tibio Sur,
    lleno del verdadero, del rojo Hipocrene,
        con cuentas burbujeantes pestañeando en sus bordes
                    y la boca de púrpura manchada,
    de modo que pudiese beber y dejar el mundo sin ser visto
        para contigo desvanecerme en los bosques sombríos!

                                               III
Desvanecerme lejos, disolverme y olvidar
    lo que tú entre las hojas nunca has conocido:
el cansancio, la fiebre y las angustias propias de este lugar,
    donde los hombres se sientan y se escuchan gemir;
donde el temblor sacude unos pocos, tristes, últimos cabellos grises;
    donde la juventud palidece, se vuelve un espectro y muere;
        donde sólo pensar significa llenarse de tristeza
                    y de una desesperación de lóbrega mirada;
    donde la Belleza no puede en sus ojos mantener el brillo
        y el nuevo Amor se cansa de ellos después de mañana.

                                               IV
¡Lejos, lejos!, pues volaré hacia ti,
    no en el carro de Baco y sus leopardos,
sino en las invisibles alas de la Poesía,
    aunque la torpe mente quede perpleja y se retrase.
¡Ya mismo contigo! Tierna es la noche,
    y quizás la reina Luna se encuentre ya en su trono,
        rodeada por todas sus hadas estelares,
                    pero aquí no hay luz,
    salvo la que desde el cielo es por las brisas empujada
        a través de frondosas sombras y serpenteantes caminos musgosos.

                                               V
No puedo ver qué flores hay a mis pies
    ni qué suave incienso cuelga de las ramas,
pero, en la fragante oscuridad, adivino
    cada dulce encanto con que el propicio mes dota
a la hierba, el matorral y el monte de árboles frutales,
    al blanco espino y la pastoral eglantina,
        a siempre moribundas violetas cubiertas de hojas
                    y a la hija primogénita de mediados de mayo,
    la rosa almizcleña que pronto nacerá, llena de embriagante rocío,
        y que atraerá el murmullo de los insectos en las noches de verano.

                                               VI
Entre las sombras escucho; y, aunque ya muchas veces
    me he enamorado un poco de la apacible Muerte
y le he dado dulces nombres en varias rimas inspiradas
    para llevar al aire mi tranquilo aliento,
ahora más que nunca parece hermoso morir,
    dejar de ser a la medianoche sin dolor,
        mientras tú estás derramando tu alma lejos
                    en semejante éxtasis.
    Aún seguirías cantando, y yo tendría oídos en vano,
        vuelto tierra para tu sublime réquiem.

                                               VII
¡No has nacido para la muerte, ave inmortal!
    No te han derribado las generaciones hambrientas;
la voz que escucho en esta noche fugaz fue oída
    en tiempos antiguos por emperador y bufón;
quizás es el mismo canto que encontró un camino
    por el abatido corazón de Rut cuando, nostálgica de su tierra,
        derramó sus lágrimas en medio del maizal extranjero;
                    el mismo que con frecuencia
    ha hechizado mágicas ventanas que se abrían a la espuma
        de peligrosos mares en tierras de hadas ya olvidadas.

                                               VIII
¡Olvidadas!, la misma palabra es como una campana
    que tañendo me aleja de ti hacia mi soledad.
¡Adiós!, la fantasía no puede engañar tan bien
    como su fama cuenta, elfo embustero.
¡Adiós, adiós!, tu himno lastimero se desvanece
    más allá de estos prados, sobre el tranquilo arroyo,
        ladera arriba, y ahora se hunde profundamente
                    en los cercanos claros del valle:
    ¿fue una visión o un sueño de vigilia?
        Ha huido la música... ¿despierto o estoy dormido?.


Traducción de E. Ehrendost.

William Blake - Al Invierno



¡Oh, Invierno!, traba tus adamantinas puertas,
el Norte es tuyo: allí has construido tu oscura morada
de profundos cimientos. No sacudas sus techos
ni inclines sus pilares con tu carro de hierro.

No me oye, sino que por sobre el vasto abismo
pasa recio; sus tormentas están desencadenadas,
enfundadas en acero; a levantar mis ojos no me atrevo
pues sobre el mundo ha levantado ya su cetro.

¡Ved!, ahora el hórrido monstruo, cuya piel se pega
a sus gigantescos huesos, pisa las gimientes rocas:
lo marchita todo en silencio mientras con su mano
desnuda la tierra y la frágil vida congela.

Toma su asiento sobre los acantilados. El marinero
grita en vano. ¡Pobre miserable!, que trata con tormentas
hasta que el cielo sonríe y el monstruo, aullando,
es expulsado a sus cavernas bajo el monte Hekla.


Traducción de E. Ehrendost.

Alfred de Vigny - La Desdicha



Seguida por el impío Suicidio
a través de las pálidas ciudades,
la Desdicha, acechándonos, merodea
por nuestros aterrados umbrales.
Entonces reclama a su presa:
la juventud, en el seno del gozo,
la escucha, suspira y se marchita;
y, como en la época en que las hojas caen,
la vejez se precipita a la tumba,
privada del fuego que la nutría.

¿A dónde huir? En el umbral de mi puerta
la Desdicha cierta vez tomó asiento,
y, desde ese día, nunca dejó de seguirme
a través de todos mis oscurecidos días.
Bajo el sol, en las profundas tinieblas
y en cualquier sitio sus fúnebres alas
me cubren como una negra capa;
en mis dolores, sus ávidos brazos
me rodean, y sus lívidas manos
sobre mi corazón un firme puñal sujetan.

Dedico mi vida a los placeres,
le sonrío a la voluptuosidad,
y los insensatos, mis cómplices,
admiran mi felicidad.
Yo mismo, crédulo de mi alegría,
embriago mi corazón y me entrego
a los torrentes de un orgullo risueño;
pero la Desdicha ante mis ojos
entonces pasa: la sonrisa desaparece
y mi frente reasume su duelo.

En vano pido otra vez a las fiestas
sus viejos deslumbramientos,
las suaves derrotas de mi corazón
y los vagos encantamientos:
el Espectro se une a la danza;
moviéndose con las cadencias,
mancha el suelo con sus lágrimas
y, burlando la atención de mis ojos,
pasea su repulsiva calavera
entre las frentes tocadas con guirnaldas.

Me habla en el silencio
y mis noches escuchan su voz;
en los árboles se balancea
cuando busco la paz de los bosques;
junto a mi oído a menudo suspira:
siento entonces que un mortal expira
y mi corazón se encoge horrorizado.
Hacia las estrellas levanto la vista,
pero en ellas veo pender la espada
de la antigua fatalidad.

Apoyada sobre mis manos, mi cabeza
cree poder encontrar el inocente sueño,
pero, ¡ay!, de mí ha sido escondida
su flor de cáliz bermejo.
Pues siempre me es arrebatada
la dulce ausencia de la vida,
ese baño que refresca los días,
esa muerte del alma afligida
que cada noche a todos acude...
¡el sueño me ha dejado para siempre!

«¡Ay!, ya que el insomnio eterno
quema mis ojos siempre abiertos,
¡ven, oh, Gloria —dije—, despierta
mi oscura vida al rumor de los versos!
¡Haz al menos que mi pie mortal
deje una huella en la arena!».
Mas la Gloria respondió: «Hijo del dolor,
¿a dónde pretendes llegar?
Tiembla: si yo te inmortalizo,
inmortalizo a la Desdicha contigo».

¡Desdicha!, ¡oh!, ¿qué favorable día
será de tu rabia el vencedor?
¿Qué mano poderosa y caritativa
podrá algún día arrancarte de mi corazón
y luego, con noble audacia,
no vacilando en hundirse
en esa ardiente hoguera,
osará buscar entre las llamas
para con fuerza de ellas sacar mi alma
y lejos de todo peligro así llevarla?


Traducción de E. Ehrendost.

C. M. Leconte de Lisle - Poemas bárbaros



                              El frío viento de la noche

El frío viento de la noche sopla a través de los árboles
y quiebra de vez en cuando las ramas secas de estos;
la nieve, sobre la llanura en la que yacen los muertos,
como un sudario extiende su blanco manto a lo lejos.

En negra hilera, al borde del estrecho horizonte,
un largo séquito de cuervos pasa rasante sobre la tierra,
y algunos perros, excavando una colina solitaria,
entrechocan sus huesos sobre la áspera hierba.

Bajo los pastos helados oigo gemir a los muertos.
¡Oh, pálidos habitantes de la noche privados de despertar!,
¿qué amargo recuerdo turba así vuestro reposo
y escapa de vuestros gélidos labios en hondos sollozos?

¡Olvidad, olvidad! Vuestros corazones están consumidos
y vuestras arterias están vacías de sangre y de calor.
¡Oh, muertos, benditos muertos, víctimas de ávidos gusanos,
recordad poco de la vida y procurad descansar!

¡Ah!, cuando a vuestros profundos lechos yo descienda,
como un esclavo anciano que al fin ve sus cadenas caer,
¡cómo amaré sentir, libre de todos los males sufridos,
mi tan esperada entrada a la ceniza común!

Mas, ¡oh, sueño!, los muertos callan en la noche.
Es el viento; es el esfuerzo de los perros en el pasto;
es tu triste suspiro, ¡implacable Naturaleza!;
es el llanto y el gemir de mi corazón ulcerado.

¡Cállate ya! El cielo es sordo y la tierra te desdeña.
¿Para qué tantas lágrimas, si no podrás curarte?
Sé mejor como el lobo herido, que calla al morir
y que muerde el puñal con sus fauces sangrantes.

Un latido más aún, una tortura más... aún. Luego, nada.
La tierra se abre, un poco de carne cae en esa cavidad,
y la hierba del olvido, cubriendo pronto la sepultura,
crece eternamente sobre ese pasado montón de vanidad.



                          El último recuerdo

Viví y he muerto. Con los ojos abiertos me hundo
en el inconmensurable abismo, sin ver nada,
lento como una agonía, pesado como una multitud.

Inerte, pálido, hacia el fondo de una lúgubre sima
voy cayendo hora tras hora, año tras año,
a través del silencio, la quietud y la negrura.

Pienso y no siento ya nada. La prueba ha terminado.
¿Qué es, pues, la vida? ¿Era yo joven o anciano?
¡Sol!, ¡amor!... Nada, nada. ¡Adiós, carne abandonada,

gira, húndete, desaparece! El vacío está ante tus ojos
y el olvido te oscurece y absorbe cada vez más.
¡Pero yo soñaba! No, no: estoy bien muerto. Mejor así.

Pero ¿y ese espectro, ese grito, esa horrible herida?
Eso debió de sucederme en tiempos muy lejanos.
¡Oh, noche de la nada, llévame! Una cosa es segura:

alguien me devoró el corazón. Yo me acuerdo.



                          Paisaje polar

Un mundo muerto, inmensa espuma de mar,
vorágine de sombra estéril y de luces espectrales,
chorros de picos convulsos lanzados en espiral
que se extravían locamente en la amarga niebla.

Un áspero cielo que rueda en bloques, duro infierno
por donde pasan volando los gritos sepulcrales,
las risas, los gemidos, los alaridos y los estertores
que un viento siniestro arranca a su clarín de hierro.

Sobre los altos cabos rocosos, roídos por olas voraces,
se endurecen los brumosos dioses de antiguas razas,
congelados en sus sueños y en su lividez;

y los grandes osos, blanqueados por las nieves antiguas,
balancean aquí y allí sus cuellos epilépticos,
ebrios y monstruosos, y babean de placer.



Traducciones de E. Ehrendost.

Pétrus Borel - Aislamiento



Bajo el sol abrasador de la hermosa tierra criolla,
donde el africano se inclina al bambú del inglés,
la marchita palmera, en medio del huracán,
con los brazos de una liana se une a la espesa selva.

En nuestros antiguos bosques, el muérdago, santo parásito,
sobre el regazo de la encina se recuesta y adormece,
entremezclando su frágil hierba y compartiendo la suerte
del tronco religioso que de los elementos lo protege.

¡Muérdago, liana, palmera, mi alma os envidia!
Mi corazón querría estar enlazado a una hiedra también:
para atravesar suavemente el vado de esta vida
necesito yo una mujer, una amiga, un sostén.

«¿Un ángel de aquí abajo, una muchacha, una flor?
Ven, bardo, y elige alguna de este enjambre retozón
que da vueltas con el rondó del ágil clavecín». No:
un corazón que me comprenda es lo que busca mi corazón.

No es ni en el teatro ni en las fiestas donde se hallará
la muchacha que podría traer a mi vida dicha y amor:
es en los campos, al atardecer, recogida en su mantilla
con un Werther en la mano bajo el sauce llorón.

No es una morocha de negras pestañas y aire morisco;
es un cisne indolente, una ondina de azules ojos
grandes como almendras, lánguidos, ansiosos,
capaces de reflejar en ellos los tudescos arroyos.

¿Cuándo vendrá a mí esta hada? ¡En vano mi voz la llama!
¿Cuándo traerá su primavera a mi corazón desolado?
Sin embargo, le seré fiel hasta descansar bajo el ciprés:
por siempre permaneceré en estas costas así solitario.

Sobre mi tejado, el gorrión duerme con su compañera;
mi yegua al corcel sus amores ha concedido;
mas yo, solo en esta barca que nadie acompaña,
sobre el torrente fogoso veo pasar mis días vacíos.


Traducción de E. Ehrendost.

P. B. Shelley - Oda al Viento Oeste



                                        I
Oh, salvaje Viento Oeste, aliento del Otoño,
tú, de cuya invisible presencia las hojas muertas
se alejan, como espectros que de un hechicero huyeran,

en pestilentes multitudes, amarillas, negras,
pálidas y de enfermizos rojos; oh, tú,
que conduces a su oscuro lecho invernal

a las aladas semillas, en donde quedarán frías y abatidas,
cada una como un cadáver en su tumba,
hasta que tu azul hermana de Primavera sople

su clarín sobre la tierra que sueña y llene
(llevando suaves brotes cual rebaños que en el aire pacieran)
con vivos matices y fragancias llanura y colina;

salvaje Espíritu, que por todos lados te mueves,
destructor y protector, ¡escucha, oh, escucha!

                                        II
Tú, en cuya corriente, en medio de la alta conmoción del cielo,
solitarias nubes como las hojas marchitas de la tierra caen,
sacudidas de las enmarañadas ramas del Cielo y el Océano,

heraldos de lluvia y relámpago; dispersas están
por la azul superficie de tu aéreo oleaje,
como brillante cabello alborotado en la cabeza

de una furiosa ménade, desde el oscuro extremo
del horizonte hasta lo alto del cénit,
los rizos de la inminente tormenta; tú, canto fúnebre

del año en agonía, para quien esta noche que se cierra
será la cúpula de un vasto sepulcro,
abovedado por toda tu congregada fuerza

de vapores, de cuya densa atmósfera estallarán
lluvia negra, fuego y granizo, ¡oh, escucha!

                                       III
Tú, que de sus sueños estivos has despertado
al azul Mediterráneo, allí donde yacía,
arrullado por el serpenteo de sus cristalinas corrientes,

junto a una isla volcánica en la bahía de Baia,
y que dormido has visto antiguos palacios y torres
temblando bajo la intensa claridad de las olas,

todos cubiertos de musgo azul y de flores
tan puras que los sentidos desfallecen al describirlas;
tú, por cuyo paso los nivelados poderes del Atlántico

se hienden en abismos, mientras que, muy por debajo,
las flores marinas y las algas que conforman
el marchito follaje del océano reconocen

tu voz y súbitamente se ponen grises de pavor
y tiemblan y se desnudan, ¡oh, escucha!

                                       IV
Si yo fuese una hoja muerta que tú arrastraras,
si fuese una veloz nube para volar contigo,
una ola para palpitar bajo tu poder y compartir

el impulso de tu fuerza, aunque con menos libertad
que tú, ¡oh, incontrolable!; o si incluso
fuese yo como en mi juventud y pudiese

el compañero de tus vagabundeos por los cielos ser,
como entonces, cuando sobrepasar tu aérea rapidez
apenas parecía una ilusión, nunca me habría esforzado

en así rezarte desde mi dolorosa miseria.
¡Oh, elévame como a una ola, una hoja, una nube!
¡Caigo sobre las espinas de la vida! ¡Estoy sangrando!

Un importante peso de horas ha encadenado e inclinado
a uno muy parecido a ti: indómito, veloz y orgulloso.

                                        V
Hazme tu lira, aun tal como el bosque lo es:
¡si mis hojas están cayendo como las suyas!
El tumulto de tus poderosas armonías

de ambos un profundo tono otoñal tomaría,
melodioso aunque lleno de tristeza. ¡Sé tú, Espíritu feroz,
mi propio espíritu! ¡Seamos uno, impetuoso!

¡Conduce a mis pensamientos muertos sobre el universo
como a hojas marchitas para acelerar una nueva vida!
¡Y, por el hechizo de estos versos, esparce,

como de un fuego no extinto cenizas y chispas,
mis palabras entre los pueblos y los hombres!
¡Sé, a través de mis labios, para la tierra aún dormida,

como la trompeta de una profecía! ¡Oh, Viento!,
si el Invierno viene, ¿puede la Primavera hallarse lejos?


Traducción de E. Ehrendost.

Alfred de Musset - Las noches



                 La noche de mayo
 
                         LA MUSA
Poeta, toma tu laúd y ven a besarme:
la flor de la eglantina siente que sus pétalos se abren.
La primavera nace esta noche; los vientos se encienden;
y el aguzanieves, aguardando la aurora,
en los primeros arbustos verdes comienza a posarse;
poeta, toma tu laúd y ven a besarme.

                        EL POETA
¡Qué oscuro está el valle!
Me pareció ver una forma velada
flotando allá lejos en el bosque;
creí verla deslizarse por el prado,
apenas rozando con sus pies la hierba.
Fue una extraña ensoñación,
pero ya se disipó y desapareció.

                         LA MUSA
Peta, toma tu laúd; la noche, sobre el césped,
mece a los céfiros en su velo fragante.
La rosa, virgen aún, se cierra celosamente
sobre el nacarado abejorro al que, muriendo, embriaga.
¡Escucha! Todo calla, todo piensa en su bienamada.
Esta noche, bajo los tilos, en la sombría enramada,
el último rayo del ocaso un más dulce adiós ha dejado.
Esta noche todo va a florecer: la inmortal naturaleza
se llena de perfumes, de murmullos y de amor,
como el feliz lecho de dos jóvenes esposos.

                        EL POETA
¿Por qué mi corazón late tan rápido?
¿Qué hay en mí que se agita
y que me hace sentir aterrado?
¿No han golpeado a mi puerta?
¿Por qué mi vela casi extinguida
me enceguece con su claridad?
¡Oh, Dios!, todo mi cuerpo tiembla.
¿Quién se acerca? ¿Quién me llama?
Nadie. Estoy solo; es la hora, que suena.
¡Oh, soledad!, ¡oh, pobreza!

                         LA MUSA
Poeta, toma tu laúd; el vino de la juventud
fermenta esta noche en las venas de Dios.
Mi pecho está inquieto, la voluptuosidad lo oprime,
y los vientos alterados llenan de fuego mis labios.
¡Oh, perezoso niño!, mírame, soy bella.
¿No recuerdas acaso nuestro primer beso,
cuando estabas tan pálido al contacto de mis alas
y, con ojos llenos de lágrimas, te arrojaste a mis brazos?
¡Ah!, yo te consolé entonces de un amargo sufrimiento.
¡Ay!, demasiado joven aún, tú te morías de amor.
Consuélame tú a mí esta noche: yo me muero de esperanza,
tengo que rezar para vivir hasta mañana.

                        EL POETA
¿Es, pues, tu voz la que me implora,
oh, mi pobre musa? ¿Eres tú?
¡Oh, mi flor! ¡Oh, mi siempreviva!
¡La única alma púdica y fiel
en la que aún queda amor por mí!
¡Sí, eres tú, mi blonda amada,
eres tú, mi señora y hermana!
Ya siento, en la noche profunda,
atravesar mi pecho los destellos
de tu dorada túnica que me inunda.

                         LA MUSA
Poeta, toma tu laúd; soy yo, tu siempreviva,
que esta noche te he visto triste y silencioso,
y que, como un ave al ser llamada por sus crías,
a llorar contigo de lo alto de los cielos he descendido.
Vamos, tú sufres, amigo. Alguna aflicción solitaria
te consume; algún dolor gime en tu corazón;
algún amor te ha nacido, tal como se lo ve en la tierra:
una sombra de placer, un espejismo de felicidad.
Vamos, cantemos ante Dios de tus pensamientos,
de tus penas pasadas, de tus placeres perdidos;
partamos, con un beso, hacia un mundo desconocido;
despertemos al azar los ecos de tu vida;
hablémonos de alegría, de gloria y de locura,
y que todo sea un sueño, el primero que nos acuda;
inventemos alguno de esos lugares donde uno olvida;
partamos, estamos solos: el universo es nuestro.
He aquí la verde Escocia y la morena Italia,
y Grecia, mi madre, donde la miel es tan dulce;
también Argos, y Pteleón, aldea de las hecatombes,
y Mesa la divina, agradable a las palomas,
y el frondoso ceño del cambiante Pelión,
y el azul Titareso, y el golfo de plata que muestra
en sus límpidas aguas, en las que el cisne mira
su reflejo, la blanca Cámiros y la blanca Olosón.
Dime, ¿a qué sueño de oro nos arrullarán nuestros cantos?
¿De dónde vendrán las lágrimas que vamos a derramar?
Esta mañana, cuando el día había herido tus párpados,
¿qué serafín pensativo, inclinado sobre tu cabecera,
agitaba lilas en sus ligeras vestimentas
y te hablaba en voz baja de amorosos ensueños?
¿Cantaremos la esperanza, la alegría o la tristeza?
¿Empaparemos de sangre a los batallones de acero?
¿Suspenderemos al amante de una cuerda de seda?
¿Arrojaremos la espuma del corcel a los vientos?
¿Diremos qué mano, en las innumerables lámparas
de la mansión celeste, enciende noche y día
el santo aceite del amor eterno y de la vida?
¿Gritaremos a Tarquinio: «¡Es hora, he aquí la sombra!»?
¿Descenderemos a buscar la perla al fondo de los mares?
¿Conduciremos a la cabra hacia los amargos ébanos?
¿Mostraremos el cielo a la Melancolía?
¿Seguiremos al cazador por los montes escarpados
mientras la corza lo observa, llora y suplica?
Sólo los brezos la oyen; sus cervatos son recién nacidos;
él se inclina, la degüella y la arroja a la encarna,
exprimiendo sobre los perros su corazón aún vivo.
¿Pintaremos a una doncella de encendidas mejillas
que, llegando a misa mientras un paje la sigue,
con una mirada distraída, al lado de su madre,
sobre sus labios entreabiertos su plegaria olvida
pues temblando escucha, en el eco de las columnas,
el resonar de las espuelas de un audaz caballero?
¿Pediremos a los antiguos héroes de Francia
que suban armados a las almenas de sus torres
y que resuciten el siempre ingenuo romance
que su olvidada gloria enseñó a los trovadores?
¿Vestiremos de blanco una suave elegía?
¿Nos narrará el hombre de Waterloo su vida
y el modo en que abatió a multitudes de humanos
hasta que el negro enviado de la noche eterna vino
a derribarlo con un golpe de ala sobre una verde colina
y a sobre su corazón de hierro hacerle cruzar las manos?
¿Clavaremos al paredón de una sátira altiva
el nombre siete veces vendido de un pálido panfletista
que, empujado por el hambre, del fondo de su olvido
se levanta, tiritando de impotencia y de envidia,
para sobre la frente del genio insultar la esperanza
y morder el laurel que con su aliento mancha?
¡Toma tu laúd, toma tu laúd, ya no puedo callarme!
¡Mis alas me elevan al soplo de la primavera,
el viento me va a llevar, voy a dejar la tierra!
¡Una lágrima tuya! Dios me escucha; ya es tiempo.

                        EL POETA
Si no necesitas más, querida hermana,
que un beso de labios amigos
y una lágrima de mis pestañas,
te los daré a ambos sin dificultad;
que te recuerden nuestro amor
cuando regreses a los cielos.
Mas yo no cantaré ni la esperanza,
ni la gloria, ni la alegría,
¡ay!, ni aun el sufrimiento.
Mi boca guarda silencio
para escuchar hablar al corazón.

                         LA MUSA
¿Crees, pues, que soy como el viento de otoño,
que se nutre de lágrimas sobre los sepulcros
y para quien el dolor no es sino una gota de agua?
¡Oh, poeta!, toma un beso: soy yo quien te lo da.
La hierba que yo quiero arrancar de este lugar
es la de tu lánguido ocio; tu dolor pertenece a Dios.
Cualquiera sea el mal que tu juventud soporta,
deja crecer esa sagrada herida que los ángeles
de las tinieblas te han abierto en el corazón:
nada nos engrandece tanto como un enorme dolor.
Mas no creas que por estar así herido, oh, poeta,
tu voz deba permanecer acá abajo en silencio:
los cantos desesperados son los cantos más bellos,
y yo conozco algunos inmortales que puros lamentos son.
Cuando el pelícano, fatigado por un largo viaje,
en las brumas de la noche retorna a su cañaveral,
sus crías hambrientas se dirigen a la costa
al verlo, desde lejos, abatirse sobre las aguas.
Así, ansiosos por recibir y compartir la presa,
corren en pos de su padre con gritos de alegría,
sacudiendo sus picos sobre sus enormes bocios.
Él, ganando a lentos pasos una roca elevada,
resguarda a sus crías con una de sus alas
y, melancólico pescador, echa una mirada a los cielos.
La sangre mana abundantemente de su pecho abierto;
en vano ha registrado las profundidades del mar:
el océano estaba vacío; y la playa, desierta;
de modo que por todo alimento les ofrece su corazón.
Sombrío y silencioso, tendido sobre la piedra,
dividiendo entre sus hijos sus vísceras paternas,
en su amor sublime arrulla su dolor
y, mientras observa a su pecho sangrar,
en ese festín de muerte vacila y se desploma,
ebrio de voluptuosidad, ternura y horror.
Pero a veces, en medio del divino sacrificio,
cansado de agonizar en un tan largo suplicio,
siente que sus hijos lo dejarán con vida;
entonces se yergue, abre sus alas a los vientos,
hiere entre gritos salvajes su débil corazón
y lanza, en medio de la noche, un tan fúnebre adiós
que las aves del mar abandonan la costa
y el viajero rezagado en la playa, sintiendo
pasar la muerte, encomienda su alma a Dios.
Poeta, es así como hacen los grandes de la pluma:
ellos entretienen a quienes viven un tiempo,
mas los banquetes humanos que sirven en sus festines
casi siempre a los de los pelícanos recuerdan.
Cuando hablan de esperanzas frustradas,
de tristeza, de olvido, de desdicha y de amor,
no se trata de un concierto para ensanchar el corazón;
sus declamaciones tal como las espadas son:
trazan en el aire un círculo deslumbrante,
pero siempre puede verse allí pender una gota de sangre.

                        EL POETA
¡Oh, musa, espectro insaciable,
no me lo sigas pidiendo más!
Nadie escribe palabras en la arena
a la hora en que pasa el aquilón.
Hubo tiempos en los que mi juventud
estuvo siempre sobre mis labios
presta a como un ave cantar;
mas he sufrido un duro martirio
y lo menos que de él puedo decir
es que, si intentara cantarlo con mi lira,
como a una frágil caña la quebraría.



              La noche de diciembre

                        EL POETA
En los tiempos en que era yo un escolar,
permanecía una noche en vela
en la solitaria sala de mi casa.
A mi mesa vino a sentarse
un pobre niño vestido de negro
que se me parecía como un hermano.

Su semblante era triste y bello;
a la luz del candelabro,
mi libro abierto se acercó a leer.
Inclinó su frente sobre mi mano
y, pensativo, con una dulce sonrisa,
se quedó allí hasta el amanecer.

Cuando estaba por cumplir quince años,
caminaba un día por el bosque,
entre brezales, con lentos pasos.
Al pie de un árbol vino a sentarse
un joven vestido de negro
que se me parecía como un hermano.

Le pregunté por mi camino;
sostenía él un laúd en una mano
y en la otra un ramo de eglantinas.
Dirigiome un saludo amistoso
y, volviéndose un poco,
me señaló una lejana colina.

A la edad en la que uno cree en el amor,
hallábame un día solo en mi cámara
llorando mi primer desengaño.
Al lado del fuego vino a sentarse
un extraño vestido de negro
que se me parecía como un hermano.

Veíase triste e inquieto;
en una mano sostenía una espada
y con la otra señalaba a los cielos.
Por mi dolor parecía sufrir,
pero sólo lanzó un leve suspiro
y se desvaneció como un sueño.

A la edad en la que uno es libertino,
para beber un brindis en un festín
un día elevé mi vaso.
Frente a mí vino a sentarse
un invitado vestido de negro
que se me parecía como un hermano.

Debajo de su capa se agitaban
andrajos de una púrpura hechos jirones;
sobre su cabeza, un mirto estéril.
Su delgado brazo buscó el mío,
y mi copa, al chocar con la suya,
se rompió en mi mano débil.

Un año después, en medio de la noche,
junto al lecho en el que mi padre
acababa de morir me hallaba arrodillado.
Junto a la cabecera vino a sentarse
un huérfano vestido de negro
que se me parecía como un hermano.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas;
como los ángeles del dolor,
llevaba puesta una corona de espinas;
su laúd yacía en el suelo,
su púrpura era del color de la sangre,
y una espada contra su pecho sostenía.

Muy bien recuerdo yo que siempre
he reconocido a ese extraño
en todos los instantes de mi vida.
Es una visión muy singular,
y, sin embargo, ángel o demonio,
he visto por doquier a esa sombra amiga.

Cuando más tarde, cansado de sufrir,
para renacer o para al fin morir,
quise exiliarme de Francia;
cuando, impaciente por marcharme,
quise partir para buscar
los vestigios de una esperanza;

en Pisa, al pie de los Apeninos;
en Colonia, frente al Rin;
en Niza, en las cuestas de los valles;
en Florencia, en el fondo de los palacios;
en Brig, en los viejos chalets;
en el desolado seno de los Alpes;

en Génova, bajo los limoneros;
en Vevey, bajo los verdes manzanos;
en El Havre, ante el Atlántico;
en Venecia, en el inmenso Lido,
allí donde, sobre la hierba de una tumba,
encuentra su muerte el pálido Adriático;

por donde quiera que, bajo los vastos cielos,
haya cansado yo mi corazón y mis ojos
mientras sangraba por una herida eterna;
por donde quiera que el rengo Tedio,
acarreando mi fatiga detrás de sí,
me haya arrastrado sobre una cerca;

por donde quiera que, alterado sin cesar
por la sed de un mundo desconocido,
haya yo seguido la sombra de mis fantasías;
por donde quiera que, sin haber vivido,
haya vuelto a ver aquello que mil veces vi,
el rostro humano y sus viles mentiras;

por donde quiera que, en los caminos,
haya yo apoyado mi frente en mis manos
y como una débil mujer sollozado;
por donde quiera que, como un cordero
que deja a los zarzales su lana, haya
sentido que mi espíritu se veía despojado;

por donde quiera que haya querido dormir,
por donde quiera que haya querido morir,
por donde quiera que haya pisado,
en mi camino ha venido a sentarse
un desdichado vestido de negro
que se me parecía como un hermano.

¿Quién eres, tú que durante toda mi vida
siempre has aparecido en mi camino?
No puedo creer, al ver tu melancolía,
que eres mi malvado destino.
Tu dulce sonrisa encierra una gran paciencia;
tus lágrimas, una gran piedad.
Al verte, no puedo sino amar a la Providencia;
tu dolor mismo es hermano de mi sufrimiento:
recuerda mucho a la amistad.

¿Quién eres? No eres mi ángel guardián,
pues jamás me vienes a advertir.
Tú observas mis males (¡es algo tan extraño!)
y sólo me contemplas sufrir.
Por veinte años has compartido mi camino
y aún no sé cómo llamarte.
¿Quién eres, si es Dios quien te envía?
Tú me sonríes sin compartir mi alegría,
tú me lloras sin jamás consolarme.

Incluso esta misma noche te he visto aparecer.
Era una muy triste velada;
las alas del viento golpeaban mi ventana,
y yo estaba solo, inclinado sobre mi cama.
Contemplaba un lugar amado en ella,
tibio aún por un beso ardiente,
y pensaba en cómo la mujer olvida
sintiendo que de mí lentamente
era arrancado otro jirón de mi vida.

Estaba juntando algunas cartas de la víspera,
algunos cabellos, algunos vestigios de amor,
y todo ese pasado me gritaba
sus eternos juramentos de un solo día.
Contemplaba esas sagradas reliquias
que hacían a mis manos temblar,
esas devoradas lágrimas del corazón
que los ojos que las han derramado
mañana ya no las reconocerán.

Mientras envolvía en un trozo de paño buriel
esas ruinas de días más felices,
me decía que, lo que en este mundo dura,
mucho más que un mechón de cabellos no es.
Como quien se sumerge en un mar profundo,
así entre tanto olvido yo me perdía.
Por todos lados hacía girar la sonda,
y lloraba solo, lejos de los ojos del mundo,
por mi desdichado amor ya sin vida.

Iba a poner un sello de cera negra
sobre ese frágil y caro tesoro;
iba a devolverlo y, sin poder aún creerlo,
seguía todavía dudando entre sollozos.
¡Ah, débil mujer, orgullosa e insensata:
aun a tu pesar no podrás olvidar!
¿Por qué, oh, Dios, faltar así a la verdad?
¿Por qué esas lágrimas, esa garganta oprimida,
esos lamentos, si ya no amabas más?

Sí, tú languideces, tú sufres y lloras,
mas tu mentira entre nosotros está.
Pues bien, ¡adiós! Contarás todas las horas
que de ti me separarán.
¡Vete, vete, y en tu corazón de hielo
llévate tu orgullo satisfecho!
Yo aún joven y vivaz el mío siento,
y muchos males aún podrán encontrar lugar
sobre el mal que tú me has hecho.

¡Vete, vete! La inmortal naturaleza
no te lo ha querido todo dar.
¡Ah, pobre niña, que quieres ser bella
y no sabes perdonar!
Vamos, vamos, sigue tu destino;
quien te pierde no todo lo ha perdido.
Arroja al viento nuestro amor consumado.
¡Y tú, eterno Dios, tú a quien tanto amé!:
si tú te vas, ¿para qué me has querido?

Mas súbitamente he visto en la negra noche
a una forma silenciosa deslizarse.
Por mi cortina he visto pasar una sombra;
ha venido a sobre mi lecho sentarse.
¿Quién eres, melancólica y pálida figura,
sombrío retrato mío vestido de negro?
¿Qué quieres de mí, triste ave de paso?
¿Eres un fútil sueño? ¿Eres mi reflejo
que percibo en un espejo?

¿Quién eres, espectro de mi juventud,
peregrino al que nada ha cansado?
Dime por qué te encuentro sin cesar
sentado en las sombras por donde paso.
¿Quién eres, visitante solitario,
asiduo espectador de mi dolor?
¿Qué has hecho para seguirme por la tierra?
¿Quién eres, quién eres, hermano mío,
que sólo apareces en mis días de aflicción?

                        LA VISIÓN
Amigo, nuestro padre es el mismo.
Yo no soy ni el ángel guardián
ni el malvado destino de los hombres.
De aquellos que amo, nunca puedo
saber hacia dónde dirigen sus pasos
sobre este poco de fango que pisamos.

Yo no soy ni dios ni demonio,
y tú me has apelado por mi nombre
cuando me has llamado tu hermano;
a donde vayas yo siempre estaré,
hasta el último de tus días,
cuando a sentarme en tu lápida iré.

El cielo me ha confiado tu corazón.
Cuando te halles sumido en el dolor,
acércate a mí sin inquietud;
por todos los caminos te seguiré,
aunque nunca podré tu mano tocar.
Amigo, yo no soy sino la Soledad.


Traducciones de E. Ehrendost.