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Alfred de Vigny - La Desdicha



Seguida por el impío Suicidio
a través de las pálidas ciudades,
la Desdicha, acechándonos, merodea
por nuestros aterrados umbrales.
Entonces reclama a su presa:
la juventud, en el seno del gozo,
la escucha, suspira y se marchita;
y, como en la época en que las hojas caen,
la vejez se precipita a la tumba,
privada del fuego que la nutría.

¿A dónde huir? En el umbral de mi puerta
la Desdicha cierta vez tomó asiento,
y, desde ese día, nunca dejó de seguirme
a través de todos mis oscurecidos días.
Bajo el sol, en las profundas tinieblas
y en cualquier sitio sus fúnebres alas
me cubren como una negra capa;
en mis dolores, sus ávidos brazos
me rodean, y sus lívidas manos
sobre mi corazón un firme puñal sujetan.

Dedico mi vida a los placeres,
le sonrío a la voluptuosidad,
y los insensatos, mis cómplices,
admiran mi felicidad.
Yo mismo, crédulo de mi alegría,
embriago mi corazón y me entrego
a los torrentes de un orgullo risueño;
pero la Desdicha ante mis ojos
entonces pasa: la sonrisa desaparece
y mi frente reasume su duelo.

En vano pido otra vez a las fiestas
sus viejos deslumbramientos,
las suaves derrotas de mi corazón
y los vagos encantamientos:
el Espectro se une a la danza;
moviéndose con las cadencias,
mancha el suelo con sus lágrimas
y, burlando la atención de mis ojos,
pasea su repulsiva calavera
entre las frentes tocadas con guirnaldas.

Me habla en el silencio
y mis noches escuchan su voz;
en los árboles se balancea
cuando busco la paz de los bosques;
junto a mi oído a menudo suspira:
siento entonces que un mortal expira
y mi corazón se encoge horrorizado.
Hacia las estrellas levanto la vista,
pero en ellas veo pender la espada
de la antigua fatalidad.

Apoyada sobre mis manos, mi cabeza
cree poder encontrar el inocente sueño,
pero, ¡ay!, de mí ha sido escondida
su flor de cáliz bermejo.
Pues siempre me es arrebatada
la dulce ausencia de la vida,
ese baño que refresca los días,
esa muerte del alma afligida
que cada noche a todos acude...
¡el sueño me ha dejado para siempre!

«¡Ay!, ya que el insomnio eterno
quema mis ojos siempre abiertos,
¡ven, oh, Gloria —dije—, despierta
mi oscura vida al rumor de los versos!
¡Haz al menos que mi pie mortal
deje una huella en la arena!».
Mas la Gloria respondió: «Hijo del dolor,
¿a dónde pretendes llegar?
Tiembla: si yo te inmortalizo,
inmortalizo a la Desdicha contigo».

¡Desdicha!, ¡oh!, ¿qué favorable día
será de tu rabia el vencedor?
¿Qué mano poderosa y caritativa
podrá algún día arrancarte de mi corazón
y luego, con noble audacia,
no vacilando en hundirse
en esa ardiente hoguera,
osará buscar entre las llamas
para con fuerza de ellas sacar mi alma
y lejos de todo peligro así llevarla?


Traducción de E. Ehrendost.