Lord Tennyson - Titono



Los bosques perecen, los bosques perecen y caen;
las nubes lloran su carga sobre la superficie terrestre;
el hombre llega, labra la tierra y luego yace bajo ella;
tras un largo número de veranos, el cisne muere.
Sólo yo soy por la cruel inmortalidad consumido:
lentamente entre tus brazos me marchito,
aquí, en los silenciosos confines del mundo,
una canosa sombra que vaga, como un sueño,
por los siempre tranquilos páramos del Este,
entre brillantes salones matinales y nieblas extendidas a lo lejos.

¡Ay de esta gris sombra, una vez un hombre!,
tan glorioso en su belleza y en tu decisión,
cuando me hiciste tu elegido, que parecía
a su gran corazón que no era sino un dios.
Te solicité que me otorgases la inmortalidad,
y con una sonrisa a mi deseo accediste,
como alguien rico que de nada se preocupa al dar.
Pero las poderosas e indignadas Horas obraron su voluntad
y me abatieron, me desfiguraron, me arrasaron,
y, aunque no pudieron ponerme fin, me dejaron
estropeado para morar en presencia de juventud inmortal,
una edad inmmortal junto a una inmortal juventud,
y todo lo que yo fui, en cenizas. ¿Puede tu amor,
tu belleza, enmendarlo, aunque incluso ahora,
próxima sobre nosotros, tu estrella plateada, tu guía,
brilla en esos trémulos ojos que se llenan de lágrimas
al oírme? Déjame ir; toma tu don de vuelta;
¿por qué habría de desear un hombre variar
en algún modo de la benigna raza humana,
o trascender esos confines de lo ordinario
donde todos deberían detenerse, como es lo conveniente?

Una leve brisa aleja a las nubes: allí puedo
vislumbrar algo de ese oscuro mundo en el cual nací.
Una vez más me cautiva el viejo destello misterioso
de tu pura frente, de tus puros hombros,
y de ese pecho que palpita con un corazón renovado.
Tus mejillas comienzan a enrojecerse en la penumbra
y tus dulces ojos a brillar de a poco, cercanos a los míos,
antes de cegar a las estrellas y de que el tiro
que te ama, anhelando tu yugo, despunte,
sacudiendo la oscuridad de sus sueltos cabellos
y golpeando al crepúsculo con copos de fuego.

¡Ay! Siempre te vuelves más hermosa
así, en el silencio, y antes de dar tu respuesta
partes, dejando tus lágrimas en mis mejillas.

¿Por qué me asustarás para siempre con tus lágrimas,
haciéndome temblar ante la idea de que sea cierto
ese dicho aprendido hace mucho en la oscura tierra:
«Los dioses no pueden tomar sus dones de vuelta»?

¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Con qué corazón distinto,
en días lejanos, y con qué distintos ojos
solía contemplar –si es que soy yo aquel que contemplaba–
la luminosa silueta que se formaba a tu alrededor;
y mirar tus oscuros rizos encendiéndose a anillos soleados;
y cambiar con tu místico cambio; y sentir mi sangre
resplandecer con el resplandor que lentamente enrojecía
toda tu presencia y tus portales, mientras yo yacía,
boca, frente y párpados templándose con el rocío
de besos más balsámicos que brotes de abril
a medio florecer, y oyendo a los labios que me besaban
susurrar no sé qué cosas dulces y salvajes,
similares a esa extraña canción que oí a Apolo cantar
cuando las torres de Ilión como neblina se elevaban.

Mas no me retengas para siempre en tu Oriente;
¿cómo puede mi naturaleza seguir mezclándose con la tuya?
Fríamente me bañan tus rosadas sombras, frías
son todas tus luces, y fríos mis arrugados pasos
sobre tus tenuemente iluminados umbrales, cuando la niebla flota
proveniente de esos lóbregos valles extendidos entre los hogares
de felices hombres que tienen la posibilidad de morir
y los musgosos escondrijos de los aún más felices muertos.
¡Libérame, libérame, y devuélveme a la tierra!;
tú ves todas las cosas, y podrás ver mi sepulcro;
renovarás tu belleza de mañana en mañana;
y yo, polvo en el polvo, olvidaré estas vacías cortes
y a ti retornando en tu carro de plata.


Traducción de E. Ehrendost.


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